RENÉE DE FRANCIA.

21.03.2013 22:34

Renée, la segunda hija del rey Luis XII y de Ana, duquesa de Bretaña, conoció desde muy temprano en la vida el dolor por la muerte prematura de su padre y de su madre, con sólo un año de diferencia, quedando huérfana con sólo 4 años. Fue enviada a vivir con su tío y su educación estuvo a cargo de una dama de compañía muy cercana a su madre, llamada Michelle de Saubonne, que instruyó fielmente a la inteligente muchacha en todas las áreas del conocimiento, incluida la fe reformada que ella misma practicaba. Se dice de Michelle que "Su religión era de una clase más pura que la que era corriente en aquellos tiempos". Renée y su hermana mayor, Claudia, la futura reina, amaban profundamente a aquella dama por la gran bendición que supuso para sus vidas. La joven princesa era conocida por su sencillez y su generosidad. Su caridad fluía hacia los necesitados, los abandonados y los oprimidos. Amaba verdaderamente "el lujo de hacer el bien". Su querida prima y amiga Margarita de Angulema, la futura reina de Navarra, influyó mucho en Renée. Aún siendo una chiquilla, el dolor volvió a visitarla con la pérdida de su querida hermana Claudia, que murió en sus brazos el 26 de julio de 1524 a la tierna edad de 25 años. La mano de la providencia había infligido un fuerte golpe sobre su rostro, habitualmente alegre. "Por la noche durará el lloro, y a la mañana vendrá la alegría" (Salmo 30:5).


El 28 de junio de 1528 la princesa Renée se casó con Hércules d´Este, heredero del ducado de Ferrara. Recibió una gran dote y una renta anual de su tío el rey Francisco I de Francia, y así pudo rodearse de una corte de intelectuales, teólogos reformados y poetas. Su corte estaba abierta a los fugitivos de la persecución religiosa en Francia e Italia. Le gustaba rodearse de algunas de las mentes más preclaras de la época como el reformador y predicador italiano Bernardo Ochino y Juan Calvino, bajo el nombre secreto de Charles d´Espeville. Durante su estancia con Renée, Calvino le explicó la doctrina de la salvación por la fe sola, y el profundo apetito de Renée por conocer más, junto con su celo espiritual, hicieron que siguiera manteniendo correspondencia con Calvino durante los siguientes treinta años de su vida. En una de aquellas cartas, Calvino expresaba su preocupación por su salvación: "Observo en usted tal temor de Dios, y tal deseo verdadero de obedecerle, que me consideraría un desgraciado si descuidara la oportunidad de serle útil". Bajo el cuidado pastoral de Juan Calvino, su corazón se abrió al Evangelio y dejó de asistir a misa con el resto de la familia real.

 

 

El marido de Renée, Hércules d´Este, muy influenciado por intereses políticos, dejó claro a su esposa y a su corte que los protestantes y todos sus simpatizantes ya no serían bienvenidos en adelante. Tenemos cartas en las que la princesa intercede ante su esposo para que permitiera a los protestantes la huida de la persecución religiosa, pero no obtuvo ningún éxito. Enseñar la doctrina reformada en Italia era un crimen castigado con la pena de muerte, y a Roma no le hacían ninguna gracia las continuas intercesiones de Renée, por lo que se ordenó que fuera sancionada. Sus invitados franceses recibieron orden de su marido de abandonar la corte, incluida su querida maestra de la infancia y amiga, Michelle de Saubonne. Hércules, además, la acusó de cargos de herejía y cuando ella confesó, le arrebataron a sus hijos y metieron a sus hijas en un convento. Una vez más, la pesada mano de la providencia empujó a Renée a caer de rodillas. En medio de tanta desgracia, envió a buscar a un cura y firmó una retractación. Había fracasado miserablemente, y su vida se convirtió en una simple sombra de lo que había sido. Públicamente fingía ser una devota católica, mientras que en secreto seguía profesando la doctrina reformada. Fue durante este periodo que Renée volvía a la cruz una y otra vez para encontrar fuerza, sabiduría y perdón. "Si fuéremos infieles, Él permanece fiel. Él no puede negarse a Sí mismo" (2ª Tim. 2:13).

 

Fue en la última parte de su vida en la que sus obras brillaron más y superaron a las primeras. Tras la muerte de su esposo, Renée recobró un vigor renovado por la lucha cristiana, y se mudó a Montargis, donde abrió su gran casa a las familias de hugonotes franceses que estaban huyendo de las masacres. Daba ayuda médica a los heridos, alivio y refugio a los protestantes. Montargis era conocido como "el hotel del Señor" por el trabajo de Renée. Murió el 15 de junio de 1575. Se le denegó una tumba con el resto de la familia real en la basílica de Denis. En Montargis hay un sencillo monumento con una inscripción: "Que muchas hijas de Francia se levanten aún para emular el ejemplo de su fe, paciencia y caridad".

 

 

"Se dice que en algunos países los árboles crecen pero no dan fruto, porque allí no hay invierno" (John Bunyan).

 

Barbara Ann Wyatt.

 

 

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