Historia de los pactantes escoseses

(J. C. McFeeters)

 

La Tierra de los Pactos

 


Toda historia es interesante y mucho de ella es inspirador. Escocia provee una medida amplia de éste tipo de historia, que despierta el alma y que apela a las facultades por las cuales la vida se transfigura con cierto decoro imponente.

La historia produce sus mejores resultados cuando usamos nuestras mejores capacidades en seguir sus senderos. Que el genio creativo, que la imaginación sana, se empleen en restaurar los panoramas de tiempos pasados, mezclándose con la gente y participando en sus esfuerzos sublimes; entonces será cuando la página silenciosa de la historia se volverá en un mundo de actividad emocionante. De esta manera procuremos aquí seguir la cadena de eventos que dieron a Escocia dos Reformas y una Revolución. Mantengamos nuestra perspectiva amplia reviviendo generaciones pasadas y asociándonos con los padres Pactantes, quienes, en su fidelidad a Dios y lealtad a Jesucristo, fueron como la zarza ardiendo, envuelta en fuego pero que no se consumía.

Escocia – el nombre mismo despierta los recuerdos más agradables, revive los panoramas más sagrados, impulsa con vigor y vida las conexiones mas tiernas. Escocia – encantadora en sus romances de amor, poderosa en sus luchas por la libertad, conmovedora en sus padecimientos por Cristo y gloriosa en su constante renovación de su Pacto con Dios – Escocia en muchos aspectos es incomparable entre las naciones. La Iglesia Pactante de Escocia, resurgiendo del desierto recostada sobre su Amado en una dependencia sacrosanta y con una fe indomable, entre tanto que cielo contempla con asombro – ¡Qué cuadro tan hermoso, tan instructivo, tan inspirador!

Extendiéndose desde las fronteras del norte de Inglaterra, Escocia empuja sin ningún orden sus orillas rocosas en el profundo mar por sus tres lados. Sus precipios duros, resistiendo las olas interminables, enseñan a su pueblo la lección de vigilancia constante y de valor invencible.

En este país los días de verano son largos y placenteros, los ecos de la noche perduran hasta que despunta la voz del amanecer. Los días casi se entrelazan los unos con los otros, a duras penas el alba abandona el cielo azul. El invierno revoca este orden, recortando el curso del sol y apresurándolo a ocultarse en las cumbres de los montes. Las tormentas aman la larga noche; los vientos se elevan y ciernen los tesoros del granizo y de la nieve sobre montes y praderas.

Escocia contiene aproximadamente 30.000 millas cuadradas y 4. 000.000 de seres humanos. Sus orillas, en especial las del occidente y del norte, se encuentran bellamente rodeadas con lagos y pliegues embravecidos del mar, haciendo la costa vívida e indescriptible. La superficie es mayormente montañosa y áspera, presentando a la vista natural un panorama, que por su hermosura y magnificencia es incomparable. Por las montañas, neblinas se forman de repente, espesas como nubes de aguaceros. En cierto día se nos señalo cierto monte donde, se dice, que Alexander Peden era perseguido por los 'dragoons' [soldados], pero encontró refugio en el corazón de una gran neblina, que él mismo le llamó «el regazo del manto de Dios.»En respuesta a sus oraciones encontró así seguridad en lo oculto del Altísimo; el cielo pareció tocar la tierra donde se arrodilló sobre el césped remojado.

Estos campos montañosos proveen pasto abundante para rebaños numerosos de ovejas. He aquí el paraíso de un pastor, quien, con su perro y con su bordón, guarda vela con cuidado. Mientras que el ceño del monte está emblanquecido con neblina, comúnmente sus mejías están coloradas con arbustos y su pecho reverdeciente con sus pastos. Estos colores correspondientes son muy placenteros a la vista, mientras que lo sublime de todo esto ennoblece el corazón.

Muchos lagos panorámicos se acurrucan entre los montes, en cuyas aguas plácidas se refleja el cielo en los cambios brillantes del día y de la noche. Poetas y novelistas se han servido de estas aguas con sus islas y hondas ensenadas para relatar las historias de amor y las tragedias de la guerra. Castillos, algunos en ruinas, otros preseverados excelentemente, se esparcen en el país de mar a mar, invistiendo las cumbres prominentes, y relatando sobriamente la época de luchas salvajes y vidas corriendo riesgos. Ciudades esplendidas, pueblos frugales y casas campestres modestas catalogan las condiciones presentes prosperas y pacíficas. La industria, inteligencia y dicha de la gente por doquiera se notan. Iglesias, escuelas y colegios numerosos testifican del alto nivel de civilización cristiana, que a través de las labores y fidelidad de los padres han llevado la generación presente a una prominencia envidiable.

El clima es placentero y saludable. La aspereza del invierno es mitigada por los arroyos del océano que vienen del sur; el calor del verano es reducido por las altas elevaciones y por las montañas. Con todo el Señor ha bendecido el país célebre con ventajas excepcionales de recursos naturales para producir una raza indomable y productiva. Parece que hay algo en el ambiente que ha impartido a la gente cualidades de mente y de corazón más allá de lo común. A través de los siglos han escuchado al sonoro profundo del mar, contemplado la majestad de las montañas, meditado en la soledad de las llanuras, guardado vigilias sobre sus rebaños en los campos, labrado con sudor la tierra áspera; y así crecieron solemnes, vigores, nobles e invencibles; llegaron a ser un pueblo distinguido.

Pero por encima de todo esto, Dios en las épocas tempranas les dio las Sagradas Escrituras, y la Verdad los hizo libre. Desde el amanecer de la evangelización de Escocia siempre ha habido un grupo y a veces un ejército, cuyo corazón Dios tocó, cuyas vidas envolvió con fuego del celo por Cristo y por sus derechos como Rey. Comprendieron el significado de la Palabra de Dios, escucharon Su voz llamándolos a su luz admirable, y vivieron en el resplandor de Su presencia aterradora. Se sostuvieron sobre el fundamento sólido del Libro infalible, y se volvieron fuertes como el duro pedernal en sus convicciones de la verdad y de lo recto. ¿Cuánto de este duro pedernal escocés se manifiesta en la fe y en la firmeza de la generación presente?

La herencia incomparable que hemos recibido de nuestros padres Pactantes, una herencia de verdad, de libertad y de ejemplos sublimes, debería inspirarnos más que los panoramas más majestuosos de la naturaleza. Nuestros ojos deberían estar abiertos a la importancia moral de las condiciones presentes. Deberíamos estar despiertos a las obligaciones importantísimas que nos han sido transmitidas por los padres a sus hijos. Llenos con el espíritu y con el poder del Evangelio de Jesucristo, y entusiasmados en nuestra obra para Dios, deberíamos emplear nuestras fuerzas en el servicio de nuestro Señor Jesucristo, luchando para traer a todo pueblo a un Pacto con Dios. Una relación a través de Pactos es el estado normal de una sociedad humana.

 

El Campo de Batalla del Presbiterianismo

– 200 d. C.


El comienzo de la evangelización de Escocia precede la historia. Los registros fallan en dar satisfacción en cuanto a la introducción del Evangelio en esa hermosa tierra. Las ruinas de numerosos altares de piedra dan un testimonio sombrío de la adoración idólatra practicada por sus primeros habitantes. Estos son conocidos en la historia como los Druídas. Sus reuniones las llevaban a cabo en bosques, y hay evidencias que ofrecían sacrificios humanos a sus dioses. El roble era tenido por ellos como un árbol sagrado, y el muérdago 1 cuando crecía sobre el era adorado. Así la tierra de nuestros antepasados, épocas lejanas, se hallaba sin ningún rayo de la luz del Evangelio. El pueblo se hallaba asentado en tinieblas, en la región y sombra de muerte.

En los primeros tres siglos de la era cristiana, las persecuciones sucesivas en Roma expulsó muchos cristianos de ese centro del Evangelio, para peregrinar por todas las direcciones del mundo. Sufrieron destierro por la causa de Cristo. En sus peregrinaciones se volvieron grandes misioneros. Amaban a Jesucristo más que sus propias vidas, y su religión más que sus propias casas. Por ellos, el Evangelio fue llevado hasta los confines de la tierra. Parece ser que algunos de ellos inmigraron a Escocia trayendo a esa tierra la luz de un nuevo amanecer que acarreaba tormentas en su seno, y después de las tormentas, paz, quietud, prosperidad, civilización cristiana – una herencia de luz y de libertad que no tiene comparación alguna en la historia. Entre tanto que estos testigos de Jesucristo declaraban la historia redentora del amor de Dios y de la muerte de Cristo, el Espíritu Santo descendía con poder obrando maravillosamente sobre la gente. De buena gana creían la palabra fiel, «Cristo Jesús vino al mundo a salvar los pecadores.»

En siglos más tarde las comunidades evangelizadas se desarrollaron en una Iglesia organizada, con doctrina, adoración y gobierno basados en la Palabra de Dios. Estos cristianos primitivos fueron cuidadosos en preservar la sencillez apostólica, pureza, costumbre, y sustancia de la adoración a Dios. La Infalibilidad de las Escrituras, la Deidad de Cristo, los Salmos inspirados para ser cantados, y la forma presbiteriana de gobierno, fueron fundamentales en la fe de la Iglesia de Escocia desde su juventud. En su primer amor se presenta sumamente hermosa, saliendo del desierto con su mano asida firmemente en el Señor Jesucristo, su misericordioso Redentor y poderoso Protector.

La Iglesia de Escocia en ese entonces era conocida como la Iglesia de los Culdeos. En la isla de Iona tuvieron un seminario floreciente. Todavía permanecen sus ruinas.

Sin embargo la Roma papal pronto rastreó esta viña, con sus racimos ricos y maduros de uvas. Embajadas fueron enviadas a estos hijos de luz para ganarlos al papado. Pero rehusaron, ellos habían gustado de la libertad y dicha en Cristo. De esto se siguió un combate largo y sanguinario, terminando en la represión aparente de la fe Protestante en el siglo doce. Los ministros en general, bajo la severidad de una persecución prolongada, rindieron su libertad y se volvieron siervos del pontífice de Roma.

Sin embargo siempre hubo algunos que resistieron el cruel conquistador. Siempre se hallarán los excelentes de la tierra en su valor inegociable, cuando el resto de los hombres se estén ofreciendo baratos en el mercado. Estos excelentes de la tierra tenían el valor para retar papas y reyes, quienes se atrevían arrebatar el poder de los derechos de Cristo como Rey. Ellos creían que Cristo era la Cabeza de la Iglesia, y estaban dispuestos a poner sus vidas antes que sus convicciones. La doctrina de la Supremacía de Cristo estaba encarnada en estos nobles, y llegaron a ser indomables en su defensa. Así como las piedras de granito (bajo cuyo refugio adoraban) que resistían las sacudidas del invierno, así también estos hombres indómitos resistieron las tormentas de persecución. Para ellos, la soberanía de Cristo sobre la Iglesia y sobre la nación les era de mayor valor que la misma vida. Ellos vieron la gloria de Dios investida en está verdad fundamental, como también el honor de Jesucristo, y la libertad, pureza, y conservación de la Iglesia. Ellos consideraron la preeminencia del Señor Jesucristo digna de cualquier sacrificio. Padecieron cadenas, prisiones, destierros y esclavitud, torturas y muerte por esta causa. Su sangre humedeció el musgo de las praderas y la floresta de las montañas. Miles y diez miles de los hijos más nobles y de las hijas más castas de Escocia dieron sus vidas de buena gana a favor de la doctrina contendida de los derechos de la corona y supremacía de Cristo como Rey. Entre tanto que esto soldados valientes de la cruz caían, sus hijos se levantaban, y, arrebatando la bandera del Pacto enrojecida con la sangre de sus padres, la cargaban desafiantemente a través de la línea de ataque de la batalla feroz.

Finalmente la victoria coronaba la causa de los mártires, extendiendo sus alas inmaculadas sobre los campos enrojecidos, los cuales en nuestros días rinden una cosecha rica de dicha y prosperidad. De esa gran lucha hemos heredado la libertad civil y religiosa, que hoy día es la gloria máxima de la Gran Bretaña y de América.

Pero las victorias de nuestros antepasados no han terminado: sólo nos han situado en una posición para continuar la lucha, hasta que todo el mundo sea redimido de todo sistema de falsa religión y autoridad déspota. Aún queda mucho terreno para conquistar. Alentados por su noble ejemplo y animados por su éxito, deberíamos avanzar hacia adelante en la misma causa, para la gloria de Cristo y salvación de las almas. ¿Cómo podemos titubear? Grandes obligaciones y responsabilidad han descendido de los padres sobre nosotros como sus sucesores; generaciones futuras dependen en nuestra fidelidad.

1 muérdago,- un arbusto parásito que crece en árboles.

 

Algunos de los Primeros Mártires. – 1200 d. C.


La jerarquía de Roma, habiendo conseguido apoyo en las orillas de Escocia, avanzo despiadadamente para alcanzar supremacía. Finalmente la religión del papado prevaleció. Las alas negras de la apostasía, como de un ave siniestra, se extendieron de mar a mar. Tinieblas espesas cayeron sobre Escocia. El siglo trece fue la medianoche espantosa, durante la cual el pueblo dormía inútilmente en las garras de una pesadilla aterradorizadora. Reyes se unían con sacerdotes para aplastar todo aquél que imponía su derecho adorar a Dios con una conciencia libre. La Biblia fue condenada oficialmente y quemada públicamente; cualquiera que la leía se le consideraba como crimen digno de muerte. ¡Pobre Escocia! ¡Lastimerosamente abrumada por las aguas acongojadoras de la adversidad!

La providencia de Dios es incomprensible. Nos asombramos y nos abatimos cuando buscamos razones. Los círculos de Dios son amplios; no podemos captar Su distancia. Sin embargo sabemos que todas Sus obras son hechas en verdad y en justicia. Las ruedas del carruaje de Cristo nunca se vuelven atrás. Parece que el progreso retrocede cuando se procura atravesar los lugares ásperos, pero esto es un engaño. En cada caso semejante las operaciones inexplicables de la providencia son una simple preparación para avanzar. La gran obra de redención prosigue hacia adelante a través de todas las etapas hasta llegar a la perfección. Las tormentas que se estrellan contra la inminente primavera no detienen la llegada del verano con sus cosechas abundantes y cánticos de alegría.

La luz del Evangelio parecía haber sido extinguida bajo la marea furiosa de la corrupción del papado. Pero aún había hombres y mujeres íntegros aquí y allá, quienes adoraban piadosamente a Dios según Su Palabra. Su hogar era su iglesia. Quizás hubo muchos en esos días arraigados profundamente en la fe, pero por la mayor parte permanecieron ocultos. El darse a conocer como un seguidor fiel de Cristo ponía la vida en peligro. No muchos tenían el valor para publicar sus convicciones. Sin embargo hubo algunos que se levantaron en la majestad de madurez redimida y confesaron a Jesucristo, dando testimonio a su verdad en desafío a los poderes de las tinieblas. Para ellos la verdad era mucho más dulce que la misma vida.

John Resby se registra como uno de entre los primeros testigos, quienes fueron señales y presagios de una reforma gloriosa para Escocia. El fue una voz que clamaba en el desierto, proclamando la soberanía de Cristo sobre la Iglesia y denunciando al Papa que reclamaba ser el representante del Señor Jesucristo. Pronto fue callado por muerte en la hoguera. Esto ocurrió en 1407. El espíritu de libertad religiosa fue de esta manera aplastado y desapareció por veinticinco años.

Paul Craw fue el siguiente en ser elevado a un lugar de prominencia por el poder del Evangelio, lanzado a la esfera pública por la valentía de sus convicciones. El Espíritu del Señor vino poderosamente sobre él. Su amor por la verdad del Evangelio lo llenaba de repugnancia por los errores de la iglesia de Roma; su compasión por las almas lo transportó al combate por la libertad de estas. él dio un testimonio enérgico contra la idolatría de Roma, contra las oraciones a los santos, y contra el confesionario. Por esto fue sentenciado a sufrir en las llamas de la hoguera. Su martirio ocurrió en 1432.

Patrick Hamilton fue otro héroe distinguido en este tiempo de tinieblas. Casi paso un siglo entre éste y el último mártir que acabamos de mencionar. Indudablemente aparecieron luces menores, porque el registro de seguro no puede completarse. La nieve de invierno y las lluvias de verano muchas veces cayeron sobre brazas aún vivas, donde huesos carbonizados y nombres ilustres de mártires ahora han sido olvidados, y el verde pasto anual cubre los suelos sagrados del conocimiento de hombre. Hamilton fue un joven educado y elegante, y según la mentalidad de este mundo tenía un porvenir prometedor. Sin embargo, el Señor le mostró «el camino, la verdad, y la vida,»y su alma se enardeció con el amor de Dios. El tuvo todas las cosas «como perdida por la excelencia del conocimiento de Cristo.»Su entusiasmo lo transportó enérgicamente a la controversia contra los enemigos de su Señor, y ganó para él los honores de un noble mártir. Entre tanto que las llamas saltaban a su alrededor en la hoguera, su voz se elevó tranquila y clara al aire fresco invernal, exclamando, «¿Hasta cuando, Oh Señor, las tinieblas cubrirán este reino? ¿Hasta cuando dejarás que corra esta tiranía de hombres?» Este hombre fue sacrificado en 1528.

La luz estaba surgiendo, el tiempo de la primavera se acercaba, las lluvias tempranas de la gracia de Dios estaban cayendo sobre Escocia. Ahora vidas piadosas brotaban abundantemente como flores en la pradera. Estas tienen que ser desarraigadas en montones, pensaron los de la religión de Roma, o si no el pueblo, obteniendo luz, arrojaran de si mismos la religión del Papa y estarán libres para adorar a Dios según Su Palabra. Durante los pocos años que siguieron muchos fueron condenados y ejecutados por su fe.

Helen Stark merece ser recordada con todo honor. Ella y su esposo fueron sentenciados a morir por su fidelidad a Jesucristo. Ella suplicaba por el pobre consuelo de su esposo moribundo, rogando que las llamas que consumirían su carne también consumiesen la de ella. El privilegio se le negó. Ella se mantuvo a su lado mientras que el fuego terminaba su obra, y el carruaje de fuego llevaba su alma al cielo. Ella le infundió ánimo para soportar las agonías valerosamente y glorificar a Dios. Cuando su vida había partido de su cuerpo tembloroso, ella fue empujada a un lado y arrojada a una laguna de agua profunda. Retrayendo un bebé de pecho cálido a donde jamás volvería descansar, lo dio a una mujer que estaba cerca, entregándolo al Padre amoroso de los huérfanos. Luego fue sumergida en el agua donde la muerte pronto acabo con sus penas. Este martirio fue en 1543.

George Wishart surgió por este tiempo en el espíritu y majestad del Señor Jesucristo, manifestando el estandarte de la verdad con una fe invencible. Su corazón era sincero, limpio, joven, y fragante como el corazón de un capullo, por la presencia interna del Espíritu de Dios. Su vida fue admirablemente cautivadora. Su elocuencia fue angelical; sus labios habían sido tocados con un carbón vivo del altar de Dios; su alma enardecía con el Evangelio. El era reanimado con revelaciones transfiguradotas de Cristo y de Su verdad redentora. El era una antorcha que alumbraba y brillaba. La luz que derramó fue demasiado radiante para durar largo tiempo en esos tiempos peligrosos. Los cardenales, prelados, y sacerdotes consultaron unidos para derribarlo. De repente cayó en sus manos y su muerte fue determinada. No tardaron en arrojarlo a la pira donde las llamas una vez mas hacían su obra, y otra alma fiel se presentaba ante el Trono, lavada en la sangre del Cordero, con ropas blancas, regocijándose en la victoria alcanzada a través de Jesucristo. Cuando estaba en la pira, su ejecutor le rogaba que lo perdonase. Wishart beso la mejilla del ejecutor, diciéndole, «Adelante, he aquí una muestra de que te perdono; cumple con tu oficio.» Uno que estaba cerca le dijo, «Ten ánimo.» El respondió, «Este fuego atormenta mi cuerpo, pero en ninguna manera deprime mi espíritu.» Esta ejecución se llevó a cabo en 1546.

El éxito de la vida no se mide por los años que vivimos, sino por nuestra lealtad a Jesucristo y el servicio en el Evangelio; el vigor de nuestra fe, la salud del alma, la grandeza del corazón, y la intensidad de la luz resplandeciendo de una personalidad irradiando con la presencia y gloria de Jesucristo.

¿Estamos cada procurando hacer que nuestras vidas resplandezcan, triunfen, se enriquezcan y se aseguren de la recompensa, a través de nuestros diligentes esfuerzos en traer a otros a que participen de las bendiciones del Evangelio de Jesucristo?
 

John Knox en el campo de batalla. – 1547 d. C

 

«La sangre de los mártires es la semilla de la Iglesia.» Este dicho escarlata es una verdad imponente. «Si seguís quemándolos,» dijo en manera poco corriente uno que había presenciado los efectos sobre la opinión publica del martirio de George Wishart, «quemadlos en vuestros calabozos, pues el humo infecta [atrae] a todos los que alcanza.»

John Knox era para ese tiempo un joven que se estaba preparando para servir en el sacerdocio de Roma. El llegó a conocer a Wishart y a sentir el ardor de su corazón radiante y el vigor de su compañerismo inspirador. Knox fue un hombre dotado con habilidades naturales eminentes acompañadas con una buena educación. Era reconocido como uno que sería un valeroso campeón en cualquier lado que tomase. Dios fue rico en misericordia para con Escocia cuando hizo que el Evangelio resplandeciese en el corazón de Knox, dándole «la luz del evangelio de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo.» Su intelecto imponente, por el estudio de la Palabra de Dios, abrazó la gloria renaciente de la Reforma, como cuando una montaña abraza los primeros rayos del sol que está saliendo. El rompió con todo lazo que lo ataba con el papado, y entró en la libertad de los hijos de Dios en el poder del Espíritu Santo.

Cuando Knox recibió su primer llamado para ser pastor, se vio abrumado con ansiedad ante la responsabilidad enorme de predicar el Evangelio. Se mantuvo atónito, pero no podía rehusar. Su humildad y la humillación de si mismo lo prepararon, por medio de la gracia del Señor Jesucristo, para confrontar las alturas de poder y honor que raras veces alcanza cualquier ministro. Desde ese día crucial dedicó todas sus energías de cuerpo y alma en la predicación de la Palabra de Dios. Sus servicios públicos se extendieron por un cuarto de siglo.

Este hombre poderoso de gran valor se lanzo inmediatamente a lo más espeso de lucha contra el Romanismo. El dio el golpe contra la raíz del mal. En vez de disminuir el vigor con ritos, ceremonias, y la perversión de doctrinas, el valerosamente retó todo el sistema del papado afirmando ser el Anticristo, y al Papa como «El hombre de pecado.» En su estima la Iglesia de Roma era Iglesia caída y se había convertido en «La Sinagoga de Satanás.» El se lanzó al campo de batalla vestido con toda la armadura de Dios empuñando la espada del Espíritu con destreza y resultados formidables. El secreto de su poder yacía en la oración. El sabía cómo luchar con Dios en la oración y prevalecer como un príncipe. La reina gobernante, quien en esos tiempos controlaba las fuerzas del gobierno a su gusto, dijo, «Tengo más miedo de las oraciones de John Knox que de cualquier ejercito de diez mil hombres.»

El mismo nombre de Knox era suficiente para sobrecoger con terror el corazón de sus enemigos. En una ocasión, habiendo estado en Ginebra por algún tiempo, regreso inesperadamente. Entre tanto un número de ministros reformados, que habían sido arrestados por predicar contra el papado, estaban por ser juzgados. La corte se había reunido y estaban ocupados en los actos preliminares. De repente un mensajero entró apresurado y sin aliento al ayuntamiento de justicia, exclamando, «¡John Knox! ¡John Knox ha llegado! ¡Anoche durmió en Edingburgo!» La corte se quedo atónita e inmediatamente fue aplazada.

La vida de Knox muchas veces estaba en peligro. Una vez mientras leía a la luz de una vela sentada en su cuarto le fue disparado un tiro desde la calle a través de la ventana. El tiro entró sin hacerle ningún daño dándole a la vela.

En cierta ocasión recibió una petición de predicar en una ciudad que se consideraba un baluarte del romanismo. Aceptó, alegre por la oportunidad, sabiendo también del peligro. El arzobispo de la ciudad, teniendo un ejército a su mando, le envió a Knox una advertencia, diciendo, que si predicaba, los soldados recibirían órdenes de dispararle. Sus amigos le rogaban que no fuera. El les respondió, «En cuanto al temor del peligro que me pueda venir ninguno se preocupe, pues mi vida esta bajo el cuidado de Aquel cuya gloria busco. Yo no deseo la mano ni el arma de cualquier hombre para que me defienda. Todo lo que pido es audiencia, la cual, si se me niega aquí y ahora, debo buscarla más allá donde pueda encontrarla.» Salió y predicó y regresó sin ningún daño. Su gran valor se infundió en el corazón de otros, y una multitud de hombres indomables se sostuvieron firmes con él en la lucha a favor de la libertad y de la conciencia, que sin temor alguno él defendía. Toda vida sublime es una fuerza poderosa para levantar a otros en la misma región de acción saludable.

El trono de Escocia, con su sistema gubernamental, estuvo contra Knox todos sus días. La reina María estaba resuelta en mantener al pueblo sujeto a su voluntad déspota. Knox tuvo varias entrevistas personales con ella, arriesgando su vida para hablarle abierta y solemnemente, aplicando la Palabra de Dios a la vida y consciencia de ella. En cierta ocasión, mientras protestaba contra su furor perseguidor, le dijo, «Aún así, señora dama, si aquellos que están en autoridad, les da un ataque de locura y matan a los hijos (quienes son sus súbditos) de Dios, la espada puede arrebatarse de ellos, y aún pueden ser encarcelados hasta que recuperen su dominio propio.» La reina se quedo atónita mientras que su rostro cambiaba de color, pero no tenía poder alguno para hacerle daño.

Mientras que John Knox vivió, la Iglesia de la Reforma creció en una manera rápida y llegó a ser imponente en números e influencia. La primera Asamblea General se llevó a cabo en 1560, teniendo 6 ministros y otros 32 miembros, 38 en total. En 1567, solo siete años más tarde, la Asamblea numeraba 252 ministros, 467 lectores, y 154 exhortadores [predicadores laicos]. Esto, también, fue en un tiempo de angustia las condiciones eran adversas, y la oposición era muy poderosa. ¿Cuál fue la causa del éxito? «No con ejército, ni con fuerza, sino con mi Espíritu, ha dicho Jehová de los ejércitos.»

La Iglesia contendía por la supremacía del Señor Jesucristo, aún hasta la muerte.

La Iglesia proseguía sin desviarse el curso que se le señaló en la Palabra de Dios, en doctrina, en adoración, y en disciplina, sin importarle el costo y sin temer las consecuencias.

La Iglesia rehusó ser guiada por la sabiduría humana o por métodos pérfidos o traicioneros (ya fuese para ganar números o para obtener gracia), sino que dependía para su éxito en la sabiduría que viene de arriba.

La Iglesia procuró glorificar a Dios con sencillez de fe, santidad de vida, pureza en la adoración, y lealtad al Señor Jesucristo. De esto procedió su fuerza indomable, los logros maravillosos, las magnificas victorias, y el crecimiento sorprendente. ¿Acaso la Iglesia de Cristo no obtendría semejantes cosas si siguiese el mismo curso de fidelidad en nuestros propios tiempos?

John Knox murió en 1572, a la edad de 67 años. Sus últimas palabras fueron, «Ven, Señor Jesús, dulce Jesús; recibe mi espíritu.» El fin de su vida fue paz.

¿Procuraremos imitar a Knox en la oración, en el valor, en la abnegación, y en la sencillez de corazón? ¿Acaso su ejemplo no nos será una inspiración para trabajar con fe y con fuerza, para edificar la Iglesia y extender el Reino de Jesucristo? Knox fue grande porque fue humilde y confió en el Señor. El mismo camino aún está abierto a todos aquellos que quieran hacer cosas grandes para Dios. La humildad, la oración, la fe, la actividad, al valor, el honor, la gloria - estos son los paso sucesivos hacía arriba. Aún hay lugar en esos sitios de honor. El sitio de John Knox parece estar vacío. ¿Quién lo llenará? ¡Qué oportunidad para los jóvenes para que pongan en acción sus facultades más nobles!

Piedras de Fundamento.– 1550 d. C.


Durante la primera mitad del decimosexto siglo la iglesia luchó vigorosamente para obtener una organización más completa. La palabra de Dios fue circulada tranquilamente y los creyentes en Jesucristo aumentaban en número. Pero hasta ahora tenían que adorar a Dios en su propio hogar o ser quemados en la pira. En las humildes cabañas, mientras que la tormenta rugía mantenía fuera a los espías, y así el padre leía en el Libro de Dios a sus niños mientras que se amontonaban alrededor del fuego, y la madre cantaba Salmos a los pequeñitos entre tanto que tejía sus medias o cocía al horno el pan hogareño. Así los padres piadosos inculcaban en sus hijos e hijas la verdad de Cristo que latía en sus corazones, y preparaban una generación que brotaría de la esclavitud del papado.


EL PRIMER PACTO (Convenio) - 1557

 

Durante estos tiempos la Iglesia se hallaba principalmente entre grupos de cristianos que se reunían secretamente para oración. Una compañía de creyentes devotos se reunía para pasar horas de la tarde, o el día de Reposo, en la adoración de Dios. La reunión se llamaba una Sociedad. En estos lugares la oración se ofrecía con fe, los Salmos se cantaban con una melodía solemne y seria, y la Biblia se leía con reverencia. Estas almas hambrientas se alimentaban con la Palabra. A veces Las reuniones se llevaban a cabo en cuevas por temor del enemigo. Una vez un ministro, siendo perseguido, entró en una de estas cuevas para refugio. Mientras que se refugiaba allí, se sorprendió al oír una suave melodía más allá de ese lugar oscuro. Siguiendo el sonido de las voces se encontró con una compañía de creyentes devotos.

En esas épocas turbulentas el Espíritu Santo, en su propia manera misteriosa, excitó los corazones de éstos discípulos secretos con el pensamiento de convenir (hacer un Pacto) unos con otros y con Dios, para defender el derecho de vivir, de libertad, y de religión. Un día se determinaba y un lugar designado para entrar en ese santo enlace (Pacto). A pesar del peligro a que se exponían, una gran concurrencia de gente se reunió y solemnemente tomó el Pacto. Esto ocurrió en la ciudad de Edimburgo, el 3 de Diciembre de 1557. Este Pacto incorporó su propósito, así, «Nosotros por Su gracia (con toda diligencia) continuamente aplicaremos todas nuestras energías, nuestros bienes, y aún nuestras mismas vidas para mantener, extender, y establecer la bendita Palabra de Dios y Su Iglesia.» Esto se conoce como El Primer Pacto de Escocia. Dos años más tarde, otro enlace (acuerdo) fue aprobado, a nombre de la Iglesia, por sus líderes más prominentes, llamado El Segundo Pacto.


LA PRIMERA ASAMBLEA GENERAL - 1560

 

El Primer Pacto fue un baluarte formidable de defensa contra el papado. La Iglesia Protestante joven encontró en ella una torre fuerte. La batalla creció más feroz. Muchos nobles se enlistaron en la filas del ejercito Pactante. Dos años más tarde este Pacto fue renovado y la causa de los Pactantes ganó gran fuerza. Entre otros líderes el Lord James Stuart, hermano de la reina, aprobó el Pacto. él era un defensor osado de la Fe Reformada. él se mantuvo firme como un muro macizo entre la Reforma y su hermana Maria, reina de los escoceses, que empleó al gobierno y un ejército para destruirla. Después que fue depuesta del trono, él llegó a ser regente (administrador), gobernando la nación con poder regio y con una capacidad extraordinaria, teniendo el temor de Dios y el bienestar del pueblo en su corazón. Su hogar era como un santuario; el fuego ardía en el altar familiar, la Biblia se leía durante la comida, la hermosura de la santidad dignificaba el hogar. En historia se conoce como Lord Murray, el «Buen Regente.» Un malagradecido lo asesinó, a quien perdonó y libró de ser ejecutado. Mucho crédito se debe dar a Murray en la esfera del Estado y a Knox en la esfera de la Iglesia para la Primera Reforma, cada uno incomparable en su propia esfera. En los días de ellos la Iglesia se convirtió en una fuerza organizada y asumiendo el aspecto «imponente como ejércitos en orden.» La Primera Asamblea General se reunió en Edimburgo, el 20 de Diciembre de 1560. El propósito era, «consultar sobre esas cosas que contribuirán para extender la gloria de Dios y el bienestar de su Iglesia.» ¡La gloria de Dios! ¡El honor de Cristo! ¡La exaltación del Nombre supremo! ése es el propósito que envía fuego a través de las venas y transporta el alma con llamas sagradas. Désele a esto su lugar apropiado, y el mejor trabajo de la vida se efectuará. Fue entonces que la iglesia se levantó y resplandecía con la gloria del Señor. Fue entonces que ella creció en tamaño, en fuerza, y en valor, como en los días de los apóstoles. Siete años más tarde cuando la Asamblea General se reunió, los miembros llegaban a 773, con una Iglesia próspera de tamaño proporcionado. Los Reformadores entraron en el trabajo del Señor con ánimo y recogieron una cosecha abundante.


EL PRIMER LIBRO DE DISCIPLINA -1561

Los principios sublimes que gobernaban a la Primera Asamblea General se observan en el esfuerzo de preservar la pureza de la Iglesia joven, brotando bajo el cuidado de estos «hombres valerosos de Israel.» Una de las primeras medidas tomadas fue establecer un comité para preparar un Libro de Disciplina. Estos hombres devotos no copiaron de ninguna forma existente de gobierno de la iglesia. No siquiera acudieron a Holanda o Ginebra para obtener recursos. Fueron directamente a la Palabra de Dios, como la fuente de todo el conocimiento para la tarea en mano. Tomaron consejo e instrucción de Dios en oración, sometieron sus mentes y corazones bajo el poder y guía del Espíritu Santo. El libro que salio de ellos fue uno que esperaríamos que saliese de las manos de tales hombres, trabajando con tal espíritu y propósito. Sus declaraciones eran verdad; sus reglas eran sabiduría; sus censuras eran una espada; su autoridad era Cristo. La Asamblea General lo adoptó. Sin embargo, no cayó al favor de todos. Su estándar de doctrina y de disciplina era demasiado alto para agradar algunos. Knox da la razón, «Todo lo que contravenía a sus afectos corruptos era llamado burlescamente como 'imaginaciones devotas.' La causa era: Algunos eran de una vida disoluta, algunos habían arrebatado con violencia las posesiones de la Iglesia, y otras pensaban que no carecerían su pedazo del manto de Cristo.» La disciplina fue aplicada a la Iglesia según el libro. Los que no eran dignos fueron suspendidos, y los que no pudieron llegar a la medida o nivel de conocimiento, carácter, y vida espiritual, fueron rechazados. ¿Podría haber una demostración más clara de la poder del Espíritu Santo y de la presencia de Jesucristo, que la disciplina que alejaba los que no eran dignos y rechazar a los inaptos, cuando la Iglesia era tan pequeña en números y asediada por multitud de enemigos? Con todo, durante los primeros siete años de existencia de este Libro de Disciplina, la Asamblea General aumento en número de 6 a 252 ministros, así como también la Iglesia misma de la misma maravillosa proporción. He aquí tenemos el sello de Dios puesto en disciplina estricta. En la pureza hay poder; el vigor y la vida dependen mucho en la salubridad.


LA PRIMERA ESCUELA -1561

 

El sistema escolar público es un producto del Protestantismo. La mente humana, cuando es liberada por el Evangelio de Jesucristo, aspira tras la educación, así como el águila se eleva por encima de los aires superiores cuando es libertada de su jaula. La libertad en Cristo Jesús despierta el sentido de derechos, energías, privilegios, obligaciones, y de límites inmensurables de la mente y del espíritu humano. Con tales impulsos y aspiraciones estos padres Presbiterianos plantaron escuelas libres sobre su país y fijaron el ejemplo para resto del mundo. La Asamblea General autorizó una escuela para cada «parroquia», e hizo imperativa la asistencia. Los niños de los pobres fueron instruidos sin costo alguno, mientras que los ricos apoyaban con contribuciones. El plan de estudios consistía de «religión, gramática, y Latín.» También en cada «ciudad importante, se debía erigir un colegio para la instrucción en Lógica, Retórica, y los idiomas de aprendizaje [Griego, Hebreo, etc].» Tal fue el trabajo de la Asamblea General en el año 1561de nuestro Señor Jesucristo. Nuestro sistema de escuelas públicas es solamente la extensión de la huerta que estos padres plantaron, en sus planes de largo plazo y en sus propósitos de grandes corazones.

Tales fueron algunas de las medidas tomadas por los padres, en la Iglesia de Escocia, al amanecer de la Primera Reforma. Fueron peritos arquitectos [constructores principales] en establecer piedras de fundamento. Se estaban preparando para el movimiento progresivo, que dio al mundo el ejemplo más brillante de como la Iglesia y el Estado deben ser cuando están bajo Pacto con Dios. Cosas semejantes no se han visto desde los días de Jesús de Nazaret. Estos principios fueron los pasos majestuosos de Dios cuando entra en su santuario. El Señor levantó hombres según Su propio corazón, y los invistió con su Espíritu Santo para llevar a cabo esta tarea estupenda. Fueron hombres de pasiones semejantes como otros, pero que sin embargo poseían la calidad no común de una conciencia inviolable. Eran gobernados por principios, no por diplomacia; consultaban ley de Dios, no su propia conveniencia; aceptaban el deber al mandato de Dios, no a los dictados del hombre. No todos los que se enlistaron en la Iglesia resistieron la prueba; algunos desmayaron y retrocedieron de la línea de fuego. Pero hubo suficientes allí para glorificar a Dios y para cumplir Su servicio a cualquier costo. La Primera Reforma de Escocia alcanzo su clímax en 1567.

La diligencia y el éxito de nuestros padres antepasados en el trabajo del Señor deben inspirarnos a que hagamos lo mejor dentro de nuestro alcance para extender su Iglesia. ¿Estamos construyendo, como ellos construyeron, sobre verdadero fundamento, que es Jesucristo? ¿Es nuestro material de construcción como el de ellos - oro, plata, y piedras preciosas? ¿Somos celosos en hacer que la iglesia de Cristo se exhiba como el Templo Glorioso de la Verdad, el Santuario del Dios vivo, la Morada del Espíritu Santo? ¿Somos consumidos con una pasión sacrosanta de amor, al grado que no podemos descansar hasta que no hayamos traído a otros a la casa de Dios? ¿Somos dignos de estar relacionados con los padres Pactantes?

El Pacto Nacional de Escocia - 1581 d. C.

 

Durante la década de los sesenta en el siglo dieciséis, la Iglesia Presbiteriana tuvo su bello verano. El invierno parecía haber pasado y las tempestades acabado y desaparecido; el tiempo del canto de las aves había llegado.

Hasta ahora la Iglesia había sido como un lirio entre espinos: en lugar de espinos había pinos, y en lugar de zarzas, había árboles de mirto, para la gloria del Señor, quien es Admirable Consejero y excelente en su obra.

Entre refranes inigualables del Señor Jesús, una palabra particular retumba a través de todas las edades que cae sobre oídos atentos como un trueno del cielo: “Velad”. Eterna vigilancia es el precio de la libertad, el precio de la pureza, el precio del honor, el precio de cada cosa digna de tener. La Iglesia joven, vigorosa, victoriosa, y apasionada, parece haber estado dormida en un momento crítico y mientras que ella dormía el enemigo sembraba cizaña entre el trigo.

El regente, la persona que actuaba como rey mientras que el futuro rey era niño, convocó una convención de ministros y otros que apoyaban la supremacía del rey sobre la Iglesia. La convención a su dictado introdujo el gobierno por prelados. Esto ocurrió el 12 de enero de 1572, un día tenebroso para Escocia.

La prelacía no es otra cosa mas que una clase de papado modificado; un papado con otro vestido, entrenado y enseñado para hablar un dialecto más suave. El poder del papado ya había sido quebrantado, pero todavía permanecían sus reliquias, y ahora se presentaba «la extraña composición heterogénea de papado, de prelacía, y de presbiterianismo» en la Iglesia.

La Iglesia despertó para hallarse a sí misma en las garras de un horrible pulpo, del cual no pudo escapar por tres generaciones, sino solamente a través de la pérdida de mucha sangre preciosa.

El primer esfuerzo de la Iglesia, cuando despertó para ver su verdadera condición, era controlar a los obispos que habían entrado en su ministerio, pero que era impotente para quitar. El paso siguiente fue procurar quitarlos, basando en el fundamento de que el oficio de obispos es antibíblico. Las dificultades crecieron rápidamente; las fuerzas de oposición crecían más fuertes cada día; el gobierno civil estaba contra la Iglesia; el regente, el gobernante principal de Escocia, dedicó todas sus energías en defensa de los obispos. ¿De donde vendrán ahora la luz y la liberación? Escuchemos las palabras que parecen estar en diez mil labios: «¡Los Pactos; los Pactos aún revivirán a Escocia!» «Los Pactos» ahora se convertían en la contraseña de los fieles. Una ola de esperanza y de entusiasmo se extendía sobre la Iglesia; la alegría coronaba los rostros que habían recogido grados de oscuridad, y vigor palpitaba en los corazones que eran débiles.

La Asamblea General, habiendo obtenido fuerzas del Señor para la necesidad presente, adoptó una forma de convenio o Pacto para la nación. El Pacto, escrito por el Rev. John Craig, fue el producto de una mente cultivada y de un corazón piadoso. Este Pacto es sin igual en su dicción clara, en su propósito sublime, en su espíritu majestuoso, en su decisión heroica, y en su solemne súplica a Dios. Este Pacto se convirtió en la base de todos los Pactos subsecuentes de Escocia.

Pero Craig tuvo que confrontar la prueba de fe requerida por su propio Pacto. El Rey Jacobo VI, que ahora estaba en el trono, después de firmar el convenio, lo repudió (negó), y ordenó a su autor que hiciera lo mismo. Craig contestó que él nunca repudiaría cualquier cosa que fuese aprobada por la Palabra de Dios. La Corte, en la cual se hallaba bajo juicio, pidió su cabeza fuera afeitada, y otras indignidades que se harían a su persona.

Otra vez estando bajo juicio su juez lo trató con desprecio extremo, a quien él dijo, «Han habido grandes hombres que elevados más arriba que tú, que han traídos abajo.» El juez, burlándose, se sentó bajo sus pies, diciendo, «Ahora he sido humillado.» «Antes bien,» dijo Craig, «aunque te burles de los siervos de Dios, Dios no será burlado, sino que lo sabrás cuando seas derribado del caballo altivo de tu orgullo.» Algunos años más tarde arrojado de su caballo, fue muerto.

El fervor despertado por el Pacto corrió sobre la Iglesia como un fuego pentecostal, y se extendió por todo el reino como tormenta de un entusiasmo sacrosanto. El Pacto, siendo firmado por el rey, por los nobles, y por una gran multitud de gente, fue llamado, El Primer Pacto Nacional de Escocia.

Ningún otro acontecimiento mayor como este había sacudido el reino, ninguna otra alegría más profunda había alumbrado sus costas, ningún otro honor más sublime había elevado a su pueblo, ninguna otra gloria más brillante se había extendido sobre sus montañas y llanuras. Ese Pacto sagrado la había levantado a una relación íntima con Dios; el reino se había convertido en Hephzibah ('mi deleite en ella'), y la tierra, Beulah ('casada'); la nación se unió en matrimonio con el Señor.

♦ El Pacto ligaba (obligaba) al Covenanter (Pactante), a la Iglesia, a la nación, y a la posteridad, bajo un juramento solemne, - Mantenerse fiel a la religión Reformada con todo el corazón a través de todo tiempo venidero;

♦ Trabajar por todos los medios legítimos para recuperar la pureza y la libertad del Evangelio, quitando todas las innovaciones humanas de la Iglesia;

♦ Aborrecer y detestar las doctrinas y las prácticas corruptas del romanismo;

♦ Resistir bajo juramento de Dios todos los males y corrupciones contrarios a la religión Reformada;

♦ Defender el país y apoyar el gobierno, mientras que el país y el gobierno defiendan y preserven la religión verdadera;

♦ Estar firmes en la defensa mutua de unos y de otros para mantener el Evangelio y la Iglesia Reformada;

♦ No permitir que nada divida el ejercito Covenanted (Pactante), o que disminuya su poder, o que se desvié de su propósito sublime;

♦ Ser buenos ejemplos de la Piedad, de la sobriedad, y de la justicia al cumplir cada deber que se deba a Dios y al hombre;

♦ No temer ninguna de las calumnias asquerosas que se pueden arrojar sobre este Pacto, viendo que es aprobado por la Palabra de Dios, y que está puesto para la preservación de Su Iglesia;

♦ Reconocer al Dios vivo como el que escudriña los corazones, y a Jesucristo como el juez, ante quien todos comparecerán en el día del juicio.

Tal era la escala extraordinaria de pensamiento, de motivo, de propósito, y de acción que alcanzó este Pacto de nuestros padres antepasados, que invocaron a Dios en el día de la angustia, y que fueron oídos porque temieron. Los hombres que dirigieron en esta transacción solemne eran sobresalientes en conocimiento, en piedad, en propósitos que nacen del corazón, en devoción a su patria, y en celo por la gloria de Cristo. Estos eran los excelentes de la tierra. Pero la corriente poderosa del entusiasmo religioso que se había establecido atrajo a sí misma, y acarreó en su pecho, multitudes que eran de carácter superficial y de doble ánimo. éstos cayeron rápidamente cuando la corriente contraria se puso en marcha; algunos de ellos incluso se convirtieron en perseguidores despiadados de los Covenanters (Pactantes).

El rey fue entre los primeros que pervirtió su juramento, y quebrantó el Pacto. Su debilidad era lastimosa; parecía dar vuelta con cada viento que lo azotaba. El año próximo reunió la fuerza de su gobierno para derrocar la Iglesia Presbiteriana, y trastornar las operaciones del Pacto. La iglesia fue despertada y armada con valor, Andrew Melville era su líder reconocido. Una delegación fue enviada al rey para protestar; Melville era el portavoz. El rey fue confrontado como un león en su foso. él escuchó el mensaje siguiente: «Su majestad, por la conjura de algunos consejeros, se ha ocasionado que usted tome una potestad y autoridad espiritual, que le pertenece legítimamente a Cristo, como el único Rey y Cabeza de la Iglesia. A través de su majestad, algunos hombres están intentando erigir un nuevo papado, como si su majestad no pudiera ser rey y cabeza de esta nación, a menos que se ponga en sus manos tanto la espada espiritual, como la espada temporal; a menos que Cristo sea privado de su autoridad, y se mezclen las dos jurisdicciones que Dios separó. Todo esto tiende a la ruina de la religión verdadera.»

Melville envió la verdad, como una lanceta, en la ambición hinchada del rey joven. El rey hizo muecas de dolor en la agonía de la cirugía aguda. Pero Melville tuvo que confrontar las consecuencias de su fidelidad. Le llevaron a la torre de Londres, donde fue puesto en una triste celda por cuatro años. Después fue desterrado y muriendo en una tierra extraña.

Este Pacto de 1581 puso a generaciones futuras, en una relación bajo juramento con Dios semejante a los Covenanters de esos días. Un Pacto Público establecido con Dios continúa con todas su obligaciones morales hasta que sus condiciones se cumplan. ¿Estamos elevando nuestras vidas a una relación íntima con nuestro Señor Jesucristo a través de nuestro Pacto que hemos heredado? ¿Estamos cumpliendo con nuestros deberes jurados a nuestro país, a vuestra Iglesia, y a nuestro Señor? ¿Estamos utilizando todos los medios legítimos para hacer que la religión verdadera prevalezca? ¿Estamos empleando nuestras fuerzas contra todos los males de oposición? ¿Mantenemos el mismo paso en las filas del ejercito Covenanted (Pactante) que marcha hacia adelante, seguros en que los principios de la Reforma aún han de prevalecer en cada nación?
 

Contendiendo con el Rey - 1582 d. C.


La Iglesia Pactante prosperó bajo el cuidado de la Asamblea General como un huerto bien cultivado. El pequeño grupo de ministros y ancianos, que habían organizado la Asamblea, fueron ricamente bendecidos en sus labores. Se habían reunido bajo riesgo de sus propias vidas para proclamar a voz en cuello la supremacía de Jesucristo, y para dar a la unidad de la Iglesia su expresión más magnífica; y la señal extraordinaria del favor de Dios fue su recompensa. Los primeros diez años de la Asamblea General fueron los días felices de la Iglesia Presbiteriana de Escocia. Bajo de las lluvias del Espíritu Santo, personas de piedad brotaban «como si fuese entre la hierba, y como sauces por los arroyos.» El poder del papado había sido roto y sus horrores extinguidos.

El cielo claro, sin embargo, pronto recolectó grados de oscuridad. La primera nube era como la mano de un hombre, pequeña en tamaño y en astucia. El gobierno nacional había condenado el papado como religión, y había confiscado la extensa riqueza que el sacerdocio de Roma había amontonado y había gozado por mucho tiempo. Esta inmensa propiedad, que incluía ricos réditos, edificios grandes, terrenos amplios, y cosechas anuales, fue puesta para ser distribuidos. Pero ¿cómo serían distribuidos? ésa era la controversia ardiente de esos días, y comenzó una conflagración (incendio) en la iglesia, esparciendo muchos inciendos por doquiera. La corte civil decidió que un sexto se debería dar a la iglesia. La iglesia aceptó la pensión. Fue un bocado dulce en su boca; ¡pero amargo, oh, cuán amargo fue en sus entrañas!

Morton, el Regente, sostuvo las riendas del gobierno en aquel tiempo. Ese gobernante astuto cuando concedió este regalo esperaba a cambio recibir grandes réditos. Si la iglesia consigue oro en su mano, ella debe hacer concesiones a sus demandas. A partir de ese día la Iglesia Pactante cayó en apuros. Fue obligada a mantener una guerra constante para mantener su independencia dada por Dios, una lucha amarga que le costo mucha sangre para mantener el derecho de gobernarse a sí misma sujeta a su Señor. La Novia del Hijo de Dios había ligado sus brazos con un pretendiente prematuro, apoyándose en él para recibir ayuda, para su vergüenza y pena. La iglesia de Cristo, de origen libre e independiente, investida con el poder divino, enriquecida con el Espíritu Santo, y con recursos suficientes para todo tiempo y obligación, ahora dependía del Estado para recibir ayuda financiera. El error se hizo más evidente, pero también su corrección fue más difícil, con el transcurso del tiempo.

La soberanía de Jesucristo es una de las doctrinas cardinales del Presbiterianismo. Cristo por medio de esta forma de gobierno de la iglesia es glorificado como el «Señor sobre todas las cosas, y bendito por los siglos». Sentado a la diestra de la Majestad de Dios en las alturas, gobierna sobre un reino cuyos límites incluyen los confines de la creación. En la tierra él ha organizado a la Iglesia, de la cual él es la única Cabeza y Rey. él también ha establecido el Estado, del cual es Rey y Juez. La Iglesia y el Estado bajo Jesucristo son mutuamente independientes; cada una debe cooperar cordialmente con la otra; ambas son directamente responsables ante el señor Jesús Cristo.

Morton vio su oportunidad cuando la iglesia tomó el dinero. En esos días el mandatario de Escocia insistió en ser reconocido como cabeza de la Iglesia. Morton puso en marcha su demanda de control; los ministros fieles de Cristo se opusieron. Desde el reinado de Enrique VIII, la Iglesia Episcopal ha reconocido el mandatario de la nación como supremo en su gobierno. En esta posición el mandatario puede utilizar la Iglesia como brazo de su gobierno, como una sirvienta en su administración, como un aliado para apoyar cualquier cosa que brote en su corazón.

Morton procuró introducir el episcopado en la Asamblea General. Incluso allí encontró algunos listos para aceptar su oferta; y así comenzó la larga controversia entre el Presbiterianismo y el Episcopado. La lucha del Protestantismo contra el Romanismo había desaparecido casi por completo; la lucha ahora era entre el Presbiterianismo y el Episcopalismo.

La levadura de Morton hizo rápido su trabajo; la Asamblea llegó a infectarse profundamente. Por más de cien años la terrible lucha persistió. En los primeros años de este conflicto, Andrew Melville poderoso en la fuerza de Jesucristo, se mantuvo firme en la vanguardia de la batalla. Melville era erudito, intrépido, aventurero, altamente emocional, y fervoroso en la causa de la independencia de la Iglesia. él tuvo ciertos encuentros agudos con Morton. Morton encolerizado le dijo cierto día, «El país no tendrá tranquilidad hasta que una docena de ustedes sean colgados o desterrados.» Melville, mirándolo en la cara con mirada penetrante, contestó, «¡Bah! hombre, amenaza a tus cortesanos de esa manera. A mí me da lo mismo podrirme a aire libre o en la tierra. La tierra es del Señor. Mi hogar se encuentra dondequiera que se halle lo que es bueno. Que Dios sea glorificado, no está en tu poder colgar o desterrar su verdad.» Morton se sintió retado y vencido por el valor y la serenidad de este humilde siervo de Cristo.

Morton renunció la regencia en 1578, para dar lugar a Jacobo VI a ascender el trono, que continuaría la lucha contra los presbiterianos. él afirmó que su corona dependía del puesto del obispado. Su lema era, «No obispo, no rey”. él aspiraba llegar a ser dictador de la Iglesia. La Asamblea General se opuso a su demanda. Una delegación fue enviada al rey con una fuerte protesta contra su marcha tiránica. Melville, era un miembro de la delegación, y su espíritu fervoroso lo constituyó en el portavoz. La delegación se presento en la corte real donde el rey estaba sentado alrededor de sus consejeros. La protesta fue leída, la cual llenó de cólera al rey. El rey preguntó con ira, «¿Quién se atreve a firmar este papel impío?». «Nosotros nos atrevemos», contestó Melville, tomando la pluma y escribiendo tranquilamente su nombre. Los demás siguieron el valiente ejemplo. El rey y su compañía quedaron sobrecogidos por su sacrosanto valor.

En otra ocasión Melville se dejo llevar tanto en su protesta contra el monarca despótico, que tomó el brazo del rey, y le dio una amonestación tal que pocos reyes han oído. Su elocuencia apasionada fluía como una cascada: «Señor, debo decirle: hay dos reyes, y dos reinos en Escocia. Está el rey Jacobo VI, cabeza de la nación; y está Cristo Jesús, el Rey de la Iglesia, del cual el rey Jacobo es sujeto, y de cuyo reino él no es rey, ni señor, ni cabeza, sino solo un miembro. Señor cuando usted estaba aún en pañales, Cristo Jesús reinaba libremente en esta tierra, a pesar de todos su enemigos.» Las palabras penetraron el alma infractora como latigazos del ojo de Dios. Por un momento los hombres habían intercambiado lugares; Melville era rey.

Melville padeció por su fidelidad; fue desterrado. Con todo se le recompensó con una ancianidad vigorosa y una muerte triunfante. A la edad de sesenta y ocho años, escribió desde la tierra de su destierro así, «Doy gracias a Dios, como, bebo, duermo, tan bien como lo hice hace treinta años, y aún mejor que cuando era joven. Mi corazón es aún un corazón escocés, y tan bueno, o mejor, hacia Dios y a los hombres. Alabado sea el Señor solamente por esto, a quien pertenece toda la gloria.» Murió en Francia en 1622.

La supremacía de Cristo es la gloria de la Iglesia. Jesús es la fuente y cabeza de toda vida, amor, ley, gobierno, y autoridad. ¿Estamos manteniendo esta sublime verdad con el valor de nuestros antepasados? El celo de nuestros, si fuese revivido en estos días, electrificaría el mundo.

 

Hombres Poderosos - 1596 d. C.


JESUCRISTO es «el Rey de gloria; el Señor fuerte y poderoso; el Señor poderoso en batalla.» Sus siervos, llenos del Espíritu Santo y dedicados a Su causa, crecen como él en valor moral y en acción irresistible. Cada edad provee la oportunidad para el servicio heroico.

La Iglesia siempre ha tenido hombres poderosos dispuestos a arriesgar sus vidas, cuando la religión y la libertad eran atacadas; pero en ningún otro tiempo se ha visto un grupo más ilustre cuyo corazón Dios tocó, como en los últimos años del decimosexto siglo. La marea de apostasía para entonces se estrellaba sobre la iglesia con violencia desoladora. La verdad de la supremacía de Cristo era sumergida debajo de las olas del gobierno episcopal. El derecho de Cristo par gobernar Su Iglesia fue retado por el rey Jacobo, y los siervos verdaderos de Dios se contorsionaban en vergüenza y en dolor, pues veían que la diadema real de Cristo era arrebatada de su frente y tomada por un hombre presumido. Los tiempos exigían hombres que no se acobardasen ante la presencia de tal monarca; o ante sus amenazas de encarcelamiento, de destierro y de muerte. Los soldados de la cruz salieron firmes adelante. «Sesenta hombres valerosos de los valientes de Israel» estaban allí, de pie alrededor el REY DE REYES; «cada hombre con su espada en su muslo, por temor de la noche.»

Andrew Melville era principal entre los capitanes en esos días. Su cara radiaba con una luz interna; su ojo penetraba a través de los semblantes de sus adversarios; su aspecto sobrecogía a sus enemigos con la majestad natural de la verdad y de la santidad. ¡Qué torrentes corrían de su alma ardiente cuando abría su boca y protestaba contra los males hechos a Jesucristo y a la Iglesia! Su elocuencia era como un río arrollador, una catarata irresistible. Como de Knox, también de él se decía, «El nunca temió el rostro de hombres.» En privado y en público, en el púlpito y a través de la prensa, reprendía a reyes, a príncipes, a jueces, y a nobles por causa de sus pecados. él hacía su mejor trabajo cuando los tenía cara a cara. La afrenta hecha a Cristo al negar sus derechos de Rey hacía hervir su sangre, y encendía su alma con un amor ardiente en defensa de su Señor y Amo. Pero sufrió por su fidelidad. Lo encarcelaron; sin embargo al pasar cuatro años en la cárcel, comiendo pan echado a perder, respirando aire asqueroso, durmiendo en una cama dura, andando a tientas en la oscuridad, aislado en su mísera habitación no le produjo remordimiento por predicar a Cristo. De la prisión salió al destierro, y del destierro a la patria celestial. En su última enfermedad le preguntaron si deseaba el regreso de su salud. «No, ni siquiera por veinte mundos,» fue su respuesta conmovedora.

John Davidson también brilla en la historia como ministro de valor indomable. Le hizo frente a la inundación destructiva de la apostasía, y soportó valientemente el abofeteo de las olas. Su humildad lo preparó para gran servicio en el reino de Dios. Sufría aflicciones profundas por causa de las doctrinas y prácticas permisivas que prevalecían dentro del ministerio. La Iglesia fue infectada y corrompida con invenciones humanas. Con su esfuerzo la Asamblea General celebró reunión especial en 1596, para tener un ayuno y para renovar el Pacto de 1581. La reunión fue celebrada el 30 de Marzo de ese año. Las lluvias de primavera caían, las corrientes de las montañas corrían, los campos se vestían de su verdor suave, las flores aparecían en su belleza - toda la naturaleza parecía prorrumpir en risa sacrosanta a través de sus lágrimas. ¡Cuán conmovedor es este emblema de la reunión memorable, cuando hombres solícitos oraban, lloraban y gemían y se sentaban en tristeza y silencio, en la presencia de Dios confesando sus pecados! Entonces, con las manos en alto, «prometieron ante la Majestad del cielo enmendar sus caminos.» Un gran avivamiento le siguió a esto, y muchos corazones fueron confortados. Dos años más tarde el Sr. Davidson se reunió con el rey, y rehusando someter su conciencia a su voluntad tiránica, fue echado a la prisión.

John Welch también se encuentra en las filas delanteras de los defensores más nobles de la Iglesia. Su esposa, Elizabeth, hija de John Knox, lo igualaba en valor en firmeza. Su vida fue sumamente inspirada por la fe de esta mujer, y su corazón se gloriaba en su espíritu heroico; estas dos montañas eran igualmente altas.

El rey Jacobo se había determinado en aplastar la Asamblea General de la Iglesia Presbiteriana. Esa Asamblea se interpuso en medio mientras que él procuraba su poder déspota. él debe quitar el obstáculo, o de otro modo fracasará en su ambición. Ordenó a la Asamblea que no sostuviera más reuniones, excepto por su permiso. Sin embargo, contra su decreto real, algunos hombres de corazón valeroso se reunieron en el primer martes de julio de 1605. ésta fue la última Asamblea General libre por una generación entera. En 1618 esta corte eclesiástica de la casa de Dios desapareció por completo bajo el régimen déspota del rey, hasta 1638, cuando Escocia se presentó una vez más en el poder del señor, y renovó su Pacto.

John Welch fue uno de los pocos ministros que hicieron frente a la cólera del rey, y aprobó le reunión prohibida. En un mes se encontraba en la cárcel. El lugar de su detención se llamaba «Blackness.» En su pequeña celda, húmeda, obscura, asquerosa, y sola, tenía tiempo para meditar. él recordó a su hogar feliz, su fiel esposa, sus niños cariñosos, sus caminatas de jardín, las dulces mediodías, las brisas suaves, los días del Señor placenteros, su púlpito inspirador, su congregación viva -él podría ahora pensar en todo esto, y ver el precio de la fidelidad a Jesucristo. ¿Valdría la pena? El podía poner su cabeza doliente en su almohada dura, soñar de la felicidad desaparecida, y luego despertar para preguntarse si todo valió la pena. ¿Valdría la pena ser fiel a Cristo? Escuchemos; él habla desde su prisión: «Siempre hemos esperado con alegría para dar el testimonio final de nuestra sangre a favor de la corona, del cetro, y del reino de Cristo.»

John Welch encontró su gran fuerza en la oración. La oración para él era una conversación con Dios. Su alma mantenía comunión íntima con Jesucristo. De seguido se levantaba de su cama para hablar con Dios. Para este propósito mantenía una túnica a la mano, cuando estaba en casa, para poner sobre sus hombros durante estas horas de éxtasis. En las noches de verano pasaba mucho tiempo bajo los árboles en comunión con el Señor del cielo. Para él las estrellas perdían su brillantez en la presencia del Lucero Resplandeciente de la Mañana. Su alma se refresco mucho en el océano de la luz eterna. En cierta ocasión su esposa escuchó su plática misteriosa con Dios. Se encontraba en agonía de solicitud. «¿Señor, no me darás Escocia?» clamaba. Entonces siguió el flujo de satisfacción: «Basta, Señor, Basta.» En otra ocasión, la gloria aterradora del Señor cayo sobre su alma, al punto que lo hizo clamar en voz alta, «Oh Señor, detén Tu mano; con eso basta; Tu siervo no es mas que un vaso de barro y no puede sostener más.»

La señora Welch fue tan heroica como su esposo. Cuando rogaba al rey por su libertad, él consintió, a condición de que John Welch retrocediera de su posición. La señora Welch, levantando su delantal en la presencia del rey, contestó, «Por favor, su majestad, ¡yo guardaría antes su cabeza aquí!» refiriéndose al hacha del hombre que la decapitaría, y ella a cambio la recibiría en su delantal.

La soberanía de Jesús llama por vidas heroicas. Esta verdad grandiosa, defendida por los antepasados, a precio de mucha sangre, se debe todavía levantar ante la vista del mundo. Se necesitan hombres y mujeres valientes tanto ahora como siempre, incluso aquellos que consideren el honor de Jesucristo de más valor que la vida misma, y aun, más precioso que todo lo que el corazón estima de gran valor en el mundo.

 

Las Tinieblas Esparciéndose sobre la Nación - 1600 d. C.


El decimoséptimo siglo salió a luz sobre Escocia en medio de nubes siniestras. Las tormentas que barrerían la tierra para más de ochenta año se acumulaban - tormentas de «fuego, y sangre, y vapores del humo.» Los intervalos un mediodía asoleado eran pocos. El rebaño de Dios, el hermoso rebaño, sufría penosamente por causa de los lobos que entraron en el redil vestidos de ovejas.

«No obispo, no rey,» vociferaba el rey Jacobo. Claramente dio a entender esto, «Si no hay prelados, no hay despotismo.» él hizo el gobierno por prelados el gobierno de la iglesia, de la cual se consideraba la cabeza oficial, el baluarte de su supremacía asumida sobre la iglesia y de su tiranía sobre la conciencia, y tomó cada ocasión para afirmar su poder.

La Asamblea General había designado la fecha y el lugar para una reunión en 1604. El rey pospuso arbitrariamente la reunión para otro año, y cuando se cumplió el año la pospuso otra vez. Pero había hombres altos principios que se opusieron al monarca déspota. Diecinueve ministros fieles se habían reunido con un número de ancianos, tan audaces y fieles como los ministros, y constituyeron la Asamblea contra las órdenes específicas del rey. Su desafío de la autoridad del rey ponía en riesgo sus vidas. ésta fue su última Asamblea libre por treinta años. Estos hombres fueron traídos ante los jueces, y, siendo encontrados culpables de desobedecer al rey, fueron sentenciados. Durante los próximos doce años el rey se enseñoreo de la Asamblea, después de lo cual la deshizo, no permitiendo más reuniones mientras que él vivió. De aquí en adelante, el partido de los prelados mantuvo el poder y gobernó la iglesia con mano fuerte.

La forma de adoración fue cambiada; las invenciones humanas, en lugar de las ordenanzas de Dios inundaron la iglesia. El abandono de las prácticas antiguas se distinguió por una medida conocida como los «Cinco Artículos de Perth.» Estos artículos fueron autorizados por el rey, e implementados con gran rigor en su esfuerzo para someter a todos los que se opusieran o protestaran. De aquí e adelante los presbiterianos tuvieron que someterse con el nuevo tipo de adoración, o sentir sobre ellos el peso de la ley en la confiscación de sus bienes, encarcelamientos, destierros, o muerte. Estos artículos de Perth fueron aprobados por el Parlamento. Este acto de ratificación fue acompañado por una demostración notable de la providencia de Dios. Estaba claro que el Parlamento estaba cumpliendo la voluntad del rey, con el fin de trastornar la Iglesia Presbiteriana, la religión Reformada, la libertad de la conciencia, y los derechos del pueblo. El Parlamento se reunió para este propósito en Edimburgo, el 4agosto de 1621. La mañana era melancólica. Con las horas que avanzaban las nubes se hicieron más densas y más oscuras; el cielo entero se cubrió de oscuridad; una tormenta de la cólera divina parecía doblar los mismos cielos con su peso. En el momento justo cuando el Marqués de Hamilton realizaba el acto final de la ratificación en el nombre del rey, tocó el papel oficial con el cetro, una relámpago alumbró la oscuridad, y luego otro, y siguió un tercero, cegando a los hombres culpables en la presencia de su hecho horrible. Tres resonados de trueno siguieron en sucesión rápida, haciendo cada corazón temblar. Una punzada momentánea de conciencia debe haberse sentido, mientras que el Rey del cielo hablaba en el trueno que hacía reteñir los oídos de estos hombres, y en llamas que encandilaban ojos de ellos. Este día triste, el 25 de julio de 1621, se recuerda en Escocia como el «Sábado Negro.» ¡Oh, tan negro con nubes de tormenta, con la culpabilidad del hombre, con reprensiones del cielo, y con temores de dolor y de sufrimiento!

Éstos fueron los días de Melville, de Welch, y de Boyd, quienes, con otros hombres, poderosos en el Señor, resistieron tanto al rey cara a cara, como a su gobierno con sus amenazas y penas. Cuando la Iglesia estaba en peligro, el Señor Jesucristo tenía sus siervos elegidos capaces y dispuestos para defender la fe. Como los profetas antiguos, alzaron sus voces en los altos lugares, lucharon con principados y potestades, pronunciaron su testimonio como con voz de trueno, y sellaron alegremente su testimonio con su sangre.

Entre los campeones de ese día, Robert Bruce, ministro eminente del Evangelio, tomó su lugar en lo más reñido de la batalla. él era un hombre grande, dignificado y de apariencia imponente; su rostro, su constitución, su intelecto, y su espíritu indicaban fortaleza y majestuosidad verdaderas. él pudo haber sido un descendiente de del famoso Robert Bruce del mismo nombre, uno de los grandes reyes de Escocia; su corazón era tan heroico como patriótico. Este soldado de la cruz era fuerte porque vivía recostado en el regazo del amor de Dios; su vida era fragante con la atmósfera del cielo. él tenía una conciencia sensible. Cuando fue impulsado para aceptar el ministerio al principio lo rechazó, pero ese rechazo causó tal remordimiento que dijo, que antes bien él caminaría sobre una media milla de azufre ardiente que tener que volver a soportar tal agonía mental.

Bruce, durante su ministerio temprano, era grandemente estimado por el rey. Tanto era su gusto en él que lo eligieron para ungir a la novia del rey y colocar la corona en su cabeza. Tres años después de este agradable acontecimiento él incurrió en la ira del rey por desaprobar la autoridad del rey sobre la Iglesia. Siendo ordenado para que cumpliese cierto servicio en el púlpito rechazó rotundamente hacerlo. Para haber echado a perder así la buena voluntad del rey, y contar el costo de las consecuencias, se requería el valor del tipo más alto. Pero Bruce era hombre de un espíritu desinteresado y de una mente heroica, que sabia confrontar cualquier situación, por medio del Espíritu de Dios que obraba poderosamente en él.

Cuando los asuntos iban de mal en peor, en su relación con el rey, Bruce asistió a una reunión con unos otros pocos ministros, lo cual era contrario a la proclamación del rey, para tomar consejo en asuntos de la Iglesia. Designaron una delegación en esta reunión mientras esperaban al rey, a fin de pedir su ayuda. Bruce era el portavoz. El rey recibió a los delegados, pero escuchó con impaciencia. él estaba malhumorado; el furor enrojecía su cara. «¿Cómo se atreven a reunirse en contra de mi proclamación?» él dijo. «Nos atrevemos más que eso, y no permitiremos que la religión que sea derrocada,» fue la contestación rápida. Bruce, después de esta entrevista, sintió rápidamente el peso de la ley civil. Sus pertenencias fueron confiscadas; lo expulsaron de su hogar; y, para permitírsele volver, se le ordenó desistir predicar. Esto rehusó hacer, finalmente consintió dejar de predicar por diez días. Esa noche sucumbió en una fiebre, y sufrió tales terrores de conciencia, que se resolvió que antes moriría que volver hacer una promesa semejante.

El poder de Bruce radicaba en su familiaridad con Jesucristo. Su predicación era con poder, porque Cristo estaba con él. En una ocasión, estando tarde para el servicio, cierta persona reportó, diciendo, «Pienso que él no vendrá hoy, porque lo oí por casualidad en su habitación diciéndole a otro, ' rehusó ir a menos que tu vayas conmigo.' “El estaba hablando con Jesús sobre ir a predicar. En sus oraciones era breve, pero »cada palabra era como un rayo arrojado al cielo;« y cuando predicaba era lento y solemne, pero »cada frase era como un rayo arrojado desde cielo.« él, habiendo acabado su trabajo, entró en gloria, diciéndoles agradablemente a sus niños, mientras que la hora en que moriría se acercaba, »He desayunado con ustedes esta mañana, pero cenaré con mi señor Jesucristo esta noche.« Esa noche entró en la ciudad celestial.

Aquellos que verdaderamente están vivos a la santidad, a la justicia, y a la bondad de Dios, y moran en el resplandor de su bendito rostro, obtendrán perspectivas de la Iglesia, que inspirarán al servicio más grande y a los sacrificios más nobles para Cristo y para Su causa. Se elevarán mucho más allá de la vida ordinaria, en su esfuerzo, entusiasmo, poder, y firmeza en el trabajo del Señor.

 

Una Crisis Amenazadora - 1622 d.C.


La Iglesia enfrenta las tentaciones y los peligros más grandes cuando entra en paz con el mundo. Un período de prosperidad exterior casi da lugar ciertamente al deterioro moral y produce membresía de una calidad inferior. Las ordenanzas de Dios en la adoración divina que son pocas, sencillas, y espirituales, es muy probable que sean reemplazadas por invenciones atractivas, engañosas y carnales de hombres cuando la iglesia se ve rodeada de fama. El Espíritu Santo entonces se retira en cierta medida; pronto se sigue la formalidad frígida; los servicios, por muy hermosos que sean, llegan a ser artificiales y anémicos.

Dios tiene buena razón para enviar sobre su Iglesia pruebas periódicamente, dificultades, persecuciones - tormentas que avientan el trigo, fuegos que derriten el oro. Tal prueba de fe purifica la Iglesia, quita la escoria, lanza fuera el hipócrita, corta las ramas muertas. Entonces el pueblo de Dios se distingue; sus calidades heroicas son llamadas para la acción; se convierten en antorchas que arden y que brillan en la oscuridad que los rodea. Este proceso severo puede reducir los reclutas de soldados, no obstante fortalece poderosamente las filas del ejército. El Señor Jesús optaría tener mejor uno de diez si es genuino, que diez si son falsos, y aún así si estos fuesen diez veces diez pero falsos. Cristo Jesús prefiere 300 que puedan manejar la espada del Señor y de Gedeón, que 30,000 quiénes son indiferentes o pusilánimes.

La Iglesia Presbiteriana hizo gran progreso bajo el Pacto de 1581 y se extendió sobre el reino. Después de diez años de prosperidad vino otra decadencia. Otra vez fue reclamada y restablecida por la renovación del Pacto de 1596. Una vez más llegó a ser excesivamente próspera y popular; pero su fama terminó en debilitamiento. Las multitudes «se unieron a la Iglesia» simplemente para obtener posición, privilegio, y poder. éstos pronto se dieron cuenta que estaban en el lado equivocado; controlaban las cortes de la Casa de Dios [la Iglesia]. Los ministros fieles contendieron firmemente por la verdad, se opusieron a las innovaciones, protestaron en el nombre de Jesús, y padecieron porque no consintieron con los males. Fueron doblegados y a veces fueron desplazados, a veces encarcelados, a veces desterrados. Sus sermones de despedida casi desgarraban el corazón. En medio de sollozos y lamentaciones de gente magnánima y piadosa, las exhortaciones de despedida venían de estos hombres devotos de Dios como palabra del cielo. Gran entusiasmo y dolor prevalecían en las iglesias, mientras que las congregaciones afligidas se despedían de sus pastores que amaban la verdad más que sus propias vidas. ¡Quién puede imaginarse la indignación que se desató como una tormenta, mientras que la congregación contemplaba a su querido pastor, y su esposa y sus niños salir de su hogar, para andar errando bajo los cielos acalorizantes o a través de las tormentas invernales, sin saber a dónde iban! ¿Debería la gente ser censurada por cerrar la iglesia contra los pastores asalariados enviados para suplir el púlpito contra su voluntad?

Los Cinco Artículos de Perth, adoptados por los que estaban en poder en la Iglesia e impuestos por la Ley Civil, se convirtieron en la gran prueba del pastor. Los ministros presbiterianos que no aprobaban los Cinco Artículos eran depuestos. ¿Pero cómo podía un Pactante (Covenanter) dar su aprobación sin cometer perjurio?

Los Cinco Artículos de Perth eran éstos:

♦ El arrodillarse durante la Comunión;
♦ Observar días de fiesta;
♦ Confirmación Episcopal;
♦ Bautismo Privado;
♦ Comunión Privada.

El primero implicaba la adoración del pan; el segundo, el homenaje de los santos; el tercero, la aprobación del gobierno por prelados; el cuarto, que el bautismo era necesario para la salvación; y el quinto, que la comunión abría el cielo a los moribundos; todo esto hedía a la religión del papa.

¿Qué ministro teniendo respeto a su conciencia podría firmar esta lista de errores, después de jurar el Pacto? ¿Acaso no sentiría inmediatamente que su vida espiritual se hundía bajo cero? ¿Acaso su corazón no lo reprendería amargamente para la degradación de su oficio y de su hombría? Y Dios es mayor que el corazón.

David Dickson fue uno de los ministros que tenían más bien la fuerza para soportar que para doblegarse. él era un hombre joven lleno de fuego y de santo poder. él tenía a cargo una congregación floreciente en Irvine. Su predicación controlaba a la gente. Se amontonaban sobre la iglesia para oírlo. Sus súplicas derretían los corazones y humedecían las mejillas. No tenía temor alguno para denunciar los Artículos de Perth. Las autoridades lo llamaron y le ordenaron a que se retractara; él rechazó. Lo que siguió después de esto fue un adiós triste a su rebaño. El sacrificaría más bien los lazos más tiernos en la tierra y ser desterrado a partes desconocidas del mundo que apoyar el error por muy popular y provechoso que fuese. Y esto él hizo.

Alexander Henderson, otro ministro, se halló bajo el desagrado de hombres en autoridad y sufrió mucho por cause de ellos. En su vida temprana aceptó el credo [principios] del partido de los prelados, y entró al ministerio hallando favor con ellos. Le enviaron a una iglesia que, un poco tiempo atrás, le habían expulsado violentamente su amado pastor. La gente se vio indignada ante la venida de Henderson. Atrancaron la puerta de la iglesia. Los delegados que habían venido para ordenarlo, no pudiendo entrar a través de la puerta, entraron por una ventana. En ese día Henderson fue puesto como el pastor de una congregación que no estaba presente. Pero con en el lapso del tiempo se ganó a la gente. él, como predicador de la palabra, era fiel y poderoso, y el Señor Jesús lo honró ante los ojos de audiencias grandes.

En un cierto día, Henderson fue a oír a un ministro Pactante [Covenanted], en un servicio de comunión. El era tímido, por esto se ocultó en una oscura esquina de la iglesia. El Sr. Bruce tomó para su texto, «El que no entra por la puerta en el redil de las ovejas, sino que sube por otra parte, ése es ladrón y salteador.» El ministro habiendo leído su texto se detuvo brevemente, y en un aspecto de seriedad, con la cabeza erguida, inspeccionaba su congregación con ojos que destellaban con fuego santo. Tal era su costumbre antes de comenzar su sermón. Henderson sintió la llamarada de esos ojos. él parecía ser aquel hombre que esos ojos buscaban. El recuerdo de haber entrado en su ministerio subiendo por una ventana lo horrorizó. De esa reunión salió determinado para investigar el gobierno por prelados a la luz de las Escrituras. Esto resulto en convencerse y convertirse a la verdad y a la causa de los Pactantes [Covenanted]. Su deportación de su amado rebaño le siguió inmediatamente. De aquí en adelante se hallaba a la vanguardia al frente de la lucha contra la supremacía del rey sobre la Iglesia, y en contra del grupo de los prelados que mantenían al rey en su usurpación arrogante del derecho del Señor Jesús Cristo como Rey. El ministro de Cristo es el atalaya de la Iglesia. El está puesto sobre los muros de Sion para sonar la alarma de los peligros que se acercan. Se le da el cargo de ser responsable por el pueblo. Si ellos perecen por su negligencia en no advertirles de los peligros, su vida responderá por la de ellos. La predicación fiel quizás no será agradable o provechosa al ministro. Declarar todo el consejo de Dios puede involucrar al pastor en problemas, puede exigir sacrificios, puede traer dificultades, controversias, separaciones; con todo el Señor lo demanda, el pueblo lo necesita, y sin esto, no puede haber seguridad ni para el rebaño ni para el pastor. Si no hay fidelidad no puede haber poder con Dios, no puede haber consolación del Espíritu, no se puede tener la aprobación de Cristo. Aquellos que sirven como ministros de Cristo, ¿están dispuestos a sacrificar mejor el sostén ministerial, los lazos familiares, la popularidad, el aplauso (en una palabra, todo lo terrenal), que sacrificar una jota o una tilde de la verdad del Evangelio de Jesucristo?

 


Los Guardias Avanzando - 1630 d. C.

 

El rey Jacobo VI continuó su lucha contra el Presbiterianismo hasta su muerte. Esto ocurrió el 27 de marzo de 1625. Su amargo odio crecía mientras que avanzaba en años, empleando todos los medios para doblegar a los Covenanters [Pactantes] y reducirlos bajo sumisión. Se mantuvieron firmes como un muro de fuego entre el rey y su abrigada ambición de gobernar soberanamente la Iglesia y el Estado. Él determinó derribar ese muro y apagar ese fuego.

El Presbiterianismo Pactante siempre se ha mantenido firme para defender la libertad, la conciencia, la instrucción, el progreso, y la hombría distinguida, resistiendo a todo tirano y opresor. El Presbiterianismo reconoce como la gloria suprema del hombre, su relación con Dios, a todos los hombres iguales, sujetos a su gobierno y responsables ante su trono; todos sujetos bajo ley a Dios y bajo ley a ningún hombre, excepto en Cristo. El Presbiterianismo honra a cada hombre honesto como un verdadero rey, investido con una majestad natural, coronado con dignidad propia, y elevado por encima del puesto común del más alto monarca de la tierra. Con todo, el Presbiterianismo sostiene a todos los gobernantes legítimos como ministros de Dios, y a toda persona se le impone toda sumisión en el Señor.

En el principio de 1625, mientras que la nieve aún cubría las montañas en blanco, el símbolo de pureza moral y bondad, el rey planeaba severamente rebajar y corromper a las mejores personas en sus dominios. El dio órdenes para celebrar la Pascua con una celebración de la Santa Cena de acuerdo a los Artículos de Perth, mientras que profería una pena severa contra todos los que no cumpliesen. El decreto no se pudo llevar a cabo, pues el Señor vino repentinamente sobre el infeliz monarca, diciéndole, «Esta noche vienen a pedirte tu alma». La Pascua vino con sus vientos suaves y sus capullos frescos, con sus arroyos melodiosos y sus recodos floridos, pero rey Jacob no estaba allí; el Juez lo había llamado, la muerte lo había conquistado, el sepulcro lo había tragado; su miserable vida fue cortada en menos de sesenta años de edad; y después de la muerte, la eternidad; una larga, larga eternidad.

Su hijo, Carlos I, heredó el turbulento reino, los principios despóticos, y la terquedad obstinada del padre. El joven monarca comenzó su reinado respirando amenazas contra los Covenanters. Con todo el Señor de muchas maneras fortaleció su pueblo. Les dio por este tiempo algunos servicios de comunión notables y temporadas inolvidables de refrigerio. Se compadeció de ellos pues se acercaban fuegos de pruebas que probarían su fe hasta lo máximo. Para prepararlos por los tiempos de prueba los condujo al monte de su tierno socorro y les dio otro privilegio inolvidable de renovar su Pacto.

John Livingston, un distinguido ministro de Jesucristo, fue de gran servicio a la Iglesia para este tiempo. Él predicó a Cristo y sus verdades atacadas con poder y resultados sorprendentes. Se sostuvo firme en el poder y majestad del Príncipe de los pastores y alimentó al rebaño que se le dio a su cuidado. Este rebaño era muy numeroso. Las multitudes se reunían a su alrededor para esperar la Palabra de sus labios; la iglesia no podía sostenerlas. Dios le dio a la gente hambre espiritual que los trajo de lejos; vinieron por las colinas y a través de los valles, concurriendo al lugar de adoración como las palomas que vuelan a sus ventanas. Viajaban solemnemente de sus hogares a la Casa de Dios, en la calma del verano y en las tormentas del invierno. Venían en el rocío de la mañana y se quedaban hasta el anochecer que los protegía. Hombres y mujeres, viejo y jóvenes, se reunían alrededor de este hombre de Dios que administraba consuelo, fortaleza, y vida eterna, a través de Jesucristo, con un poder y gracia admirables a sus almas agitadas.

Nuestro servicio de comunión que tenemos los lunes se originó con el Sr. Livingston. El sacramento de la Cena del Señor había sido administrado a una congregación grande. La predicación y el servir las mesas de comunión ocupaban el largo Día de Reposo de verano. Era el 20 de junio de 1630. La congregación había venido con sus almas elevadas a Dios en oración; la iglesia no era bastante grande para sostener a la gente, y el patio de la iglesia fue llenado de devotos adoradores. Se sentaron sobre la hierba como los millares que fueron alimentados por Cristo en los días pasados. El viento suave soplaba sobre ellos donde se le antojaba, y el Espíritu Santo, también, vino con un poder misterioso; la enorme asamblea fue profundamente conmovida. El largo Día de Reposo fue seguido por una noche corta. Llego el lunes, y la gente, habiendo sido profundamente afectada por los servicios del día anterior, se encontraban temprano otra vez en los contornos. Sentían que no podrían separarse sin tener otro día de adoración - un día de acción de gracias al Señor por las manifestaciones maravillosas de su amor en sus ordenanzas de la Santa Cena. El Sr. Livingston sintió una impuesta necesidad predicar, y ese día resulto ser el gran día del banquete espiritual. Un temor reverente extraordinario descendió sobre el predicador y sus oyentes; el Espíritu Santo obraba maravillosamente, derritiendo los corazones de la inmensa congregación y llenándolos de consuelo, de fortaleza, y de agradecimiento.

El Sr. Livingston y su congregación rehusaron someterse a los «Artículos de Perth.» Un gran número de otros ministros y de sus iglesias de igual manera rehusaron. El rey se determinó obligarlos a una sumisión forzada al autorizar un «Libro del culto pública», llamado la Liturgia. El 23 de julio de 1637, fue el día designado para introducirse. ¡Un intento de forzar un tipo de adoración sobre presbiterianos escoceses! Ningún otro experimento podía ser más peligroso para el rey; era una imprudencia que llegaba a los límites de la locura. La misma noticia produjo un ensanchamiento subterráneo, por ejemplo, cuando se avecina un terremoto moral. Murmuraciones, quejidos, amenazas, presentimientos tenebrosos sacudían a la nación. Éstas cosas eran simplemente los vientos que vienen antes de una tormenta.

El día para poner a prueba la Liturgia llegó. La atención se concentraba principalmente sobre la Iglesia de St. Giles en Edimburgo. El enorme auditorio fue lleno de presbiterianos que estaban acostumbrados adorar a Dios en la manera sencilla y solemne de los apóstoles. El suspenso que precedía el servicio era doloroso. Cada corazón palpitaba rápidamente, emociones reprimidas estaban en el sumo acaloramiento, la atmósfera estaba electrificante, nadie podría decir donde el punto culminante aparecería primero. Finalmente el decano se puso de pie en el púlpito ante la mirada fija de su audiencia insultada. Abrió el nuevo libro y comenzó. Eso fue suficiente, la chispa toco la pólvora, la explosión fue repentina. Jean Geddes, una mujer cuyo nombre se guarda como algo precioso en la historia, y cuyo banquillo (que usaba para sentarse) se encuentra como recuerdo en el museo, - Jean, impulsada por un estallido de indignación, saltó de su asiento y arrojó su banquillo a la cabeza del decano, gritando con una voz alta, «Malvado, ¿te atreves a venir a decir misa en mi tierra?» El hecho imprevisto actuó como una señal; toda la congregación pronto se halló en un alboroto; el decano huyó y el servicio vino a una conclusión indecorosa.

La indignación se manifestó asimismo en muchos otros lugares en ese Día de Reposo. En la Iglesia de Greyfriars, había profundos sollozos, llantos amargos, y lamentaciones de dolor. En todo el reino la agitación era intensa. La sangre escocesa fue despertada; el rey había ultrajado los sentimientos más sagrados del pueblo. Celebraron reuniones, imploraban a Dios, y presentaron al rey una petición. El rey contestó a su petición, como Roboam, con una insolencia vociferante. Los Covenanters no fueron intimidados, su determinada resistencia era contagiosa conmoviendo a grandes comunidades, y despertando el interés nacional; el Espíritu Santo obraba poderosamente en multitudes. Tres días después de que la respuesta arrogante del rey había sido recibida, una procesión, incluyendo veinticuatro nobles, cien ministros, y grupos de delegados de sesenta y seis iglesias, marchaban audazmente a Edimburgo para que se cumpliera su petición por una demostración de fuerza combinada, con la cual ni aún el rey podía jugar.

¿Acaso los hijos de estos Covenanters aprecian hoy día el valor y el poder de la verdad? ¿Acaso los fundamentos principales del reino de Jesucristo se han encarnado en nuestras vidas? ¿Acaso las doctrinas del Verbo hecho carne circulan en la sangre, palpitan en el corazón, relampaguean en la mirada, hacen eco en la voz, e invisten a toda la persona con fuerza y dignidad? ¿Es acaso el Pacto de estos antepasados un vínculo viviente que liga a la generación presente con Dios, a través del cual Su poder, amor, pureza, vida, ternura, y gloria desciende sobre nosotros en corrientes continuas de refrigerio? Cuando sea así, nuestra misión en la tierra será cumplida, nuestro trabajo en la Iglesia será bendecido, nuestro testimonio para el Señor será poderoso, y nuestros esfuerzos de ganar otros para Cristo serán fructíferos.

 


Reuniendo las Huestes - 1637 d. C.

 

«¿Quién es ésta que se muestra como el alba, hermosa como la luna, esclarecida como el sol, imponente como ejércitos en orden?» ¡Qué cuadro tan hermoso y llamativo de la Iglesia en su carácter y servicio militantes!

¡Imponente como ejércitos en orden! La Iglesia es poderosa para derribar las fortalezas de Satanás; poderosa para el uso de armas espirituales; invencible en la presencia de sus enemigos. Ella pelea las batallas de su Señor, y aunque derrotada a menudo, se mueve firme hacia delante confiada de la victoria final. ¡Cuán imponente es su milicia a la vista de los enemigos! ¡Cuán admirable es a los ojos del cielo!

La primera demostración impresionante de los números, del poder, y de la resolución, dada por la iglesia de Escocia, fue en 1637. El rey y sus consejeros habían procurado imponer a la fuerza sobre los presbiterianos el «Libro nuevo de oración» contra su voluntad. El intento fue tan alocado como despótico. Tan igual el rey hubiera intentado cambiar el bullicio del mar o el curso de las estrellas. La conciencia escocesa, iluminada por la Palabra de Dios, fortalecida por el Pacto, y dirigida por el Espíritu Santo, era como el duro pedernal de Escocia, sobre el cual las tormentas pasan con su fuerza pero sin ningún efecto.

Para oponerse al propósito del rey, los presbiterianos llegaron a la capital de todas las direcciones. Dejaron el hogar y sus rebaños en el cuidado de la madre y de los niños, y las cosechas estaban blancas para la siega en el caliente sol de septiembre. [Pero] la libertad de la Iglesia era el interés supremo que agitaba la sangre de estos hombres. Llenaron las calles de Edimburgo; miles se movían determinada y irresistiblemente a través de las principales carreteras de esa ciudad conmovida. No había confusión, ésta no era una turba. Éstos eran hombres de juicio sano, de propósito, de oración, y de paz; sabían cuales eran sus derechos e inspiraban respeto. Cargaban sus Biblias para demostrar su autoridad. La resolución brillaba desde el rostro de los ancianos y destellaba desde los ojos los jóvenes estando juntos de lado a lado. Sus adversarios fueron sobrecogidos con temor e hicieron promesas conciliadoras. Los Covenanters, por consiguiente se retiraron.

Las promesas pronto fueron rotas. Un mes más tarde, un nuevo intento por el rey y sus consejeros para pisotear el derecho dado por el cielo para adorar a Dios con una conciencia libre batió el país. Los firmantes del Pacto (Covenanters) estaban alerta, ellos no fueron sorprendidos dormitando. Ellos concentraron su fuerza sobre la capital de la nación una vez más, y esta vez con una velocidad que sorprendió el gobierno. Su número era más que antes; centenares de ministros, y centenares de nobles, con delegaciones fuertes de ancianos de muchas congregaciones se reunieron para la ocasión. El concurso vasto de personas era demasiado poco manejable reunirse en un lugar; por lo tanto se dividieron en cuatro secciones, cada cual en su propia dirección. Tuvieron reuniones para oración y consulta, tomando profundamente en cuenta los peligros que se aproximaban sobre su Iglesia, sobre sus hogares, y sobre sus personas. Ellos prepararon peticiones para ser presentadas al rey. Una vez más recibieron la certeza de alivio, y calladamente volvieron a sus hogares.

Los meses pasaban lentamente. El templado mes de septiembre había visto el país muy agitado; el productivo mes de octubre había presenciado la reaparición y el aumento de medidas violentas; noviembre ahora había llegado, así frío con tempestades de aguanieve, como amargado por la falsedad del hombre y el intento cruel para aplastar la conciencia. Esfuerzos más intensos otra vez estaban en marcha por el rey y por los que lo apoyaban en su reclamo de supremacía sobre la Iglesia y su autoridad para regular su adoración. Los firmantes del Pacto (Covenanters) fueron informados, y por tercera vez los caminos concurriendo sobre Edimburgo fueron llenos de sus ejércitos intrépidos. Vinieron a pie, en caballos, y en carretas; ancianos con cabellos blancos y jóvenes con nervios de hierro; ministros y ancianos, nobles y gente común. Estos eran hombres que fueron exaltados para concertar Pacto con el Todopoderoso; habían probado la dulzura de la libertad de los hijos de Dios; habían sentido el poder del Espíritu Santo latiendo en sus corazones; habían tenido visiones del REY DE REYES en Su gloria trascendente. Habían venido con una resolución - a saber, que Jesucristo no puede ser suplantado por el rey de Escocia en el gobierno de la Iglesia. Acudieron a la capital en corrientes fuertes y vivas, hasta que la ciudad casi se inundaba con su número. Los funcionarios del rey fueron alarmados. Fingiendo un espíritu de valentía, ordenaron alejarse bajo pena de rebelión a los firmantes del Pacto (Covenanters). Los Covenanters, conociendo sus derechos y fuerza, rehusaron hacerlo. Después de preparar una petición respetuosa al rey, y una protesta fuerte contra las injusticias que sufrían, eligieron una delegación permanente de dieciséis hombres para quedarse en la capital, a fin de proteger sus intereses y darles aviso cuándo se presentase peligro.

El año nuevo acarreó en su pecho el problema viejo. Las tempestades de medio invierno dirigieron los rebaños al redil y el pastor a su choza; los campos descansaron del trabajo, aguardando la venida del verano; pero las hostilidades contra la Iglesia Presbiteriana no tomaban descanso. El Concilio del rey fue transpuesto de Edimburgo a Stirling; desde allí pensaron infligir una sorpresa aplastadora sobre los Covenanters. Las noticias de este intento se extendieron, como si fuese, en las alas de un relámpago. Un día fue suficiente para dar la alarma. Los Covenanters eran civiles armados para prestar servicio, con el corazón de un león, con ojos de águila, y con pies rápidos para salir al llamado de la batalla. Antes que el sol calentase, la mañana después de las noticias, los Covenanters habían llenado la ciudad de Stirling. Las autoridades de la ciudad viendo su fuerza, les rogaron mansamente que se dispersasen y volviesen a casa. Estos Covenanters eran pacientes, sufridos, llenos de amor, que creían todas las cosas, y que esperaban todas las cosas. Al recibir la promesa de mejor tratamiento, se dispersaron tan pronto como habían venido. Rehusaron salir de Edimburgo cuando los amenazaron; consintieron salir de Stirling cuando se les pidió. ¡He aquí el espíritu de estos Presbiteriano Pactantes!

Pero ninguna confianza se podría colocar en el rey ni en sus representantes. La tierra fue en gran manera perturbada por la maldad de sus gobernantes. Una ola de tumulto seguía a otra; no había paz, ni seguridad, y ni tranquilidad. Eran muchos los corazones fatigados que clamaban, «¿Hasta cuando, O Señor?»

Los Covenanters vieron que el rey estaba determinado para aplastar su Iglesia. La Asamblea General no se había reunido en veinte años; ese tribunal de la Casa de Dios había sido pisoteado por la fuerza bruta del despotismo; los tribunales menores habían sido corrompidos; el rey se había resuelto en trastornar todo. ¿Acaso no serían rendidos pronto ministros y ancianos por los intensos é incesantes ataques? El mar está rugiendo, las ondas están bramando, ¿se sumergirá el presbiterianismo? ¿Se hundirá en el fondo la supremacía de Jesucristo? Corazones fuertes se estremecen; mucha oración sube al cielo; de púlpitos fieles apelaciones fervientes ascienden a Dios. ¿Cuál será el fin de estas cosas? ¿Acaso no hay remedio? «¿No hay bálsamo en Gilead? ¿No hay médico allí?» ¿Deberán estos hombres enérgicos inclinarse a la voluntad del tirano y ver su Iglesia reducida a esclavitud? Había grandes exámenes de corazón.

«¡Los Pactos! ¡Los Pactos!»

Esto ha sido repetido muchas veces como la voz de alerta de Escocia en las penas de congoja. Los Pactos han sido la gloria y fuerza de la Iglesia en el pasado; ¿no serán la seguridad y estabilidad para la Iglesia en el presente? Tal era el pensamiento que latía en muchos corazones en este momento crítico. El Espíritu Santo mismo ahora se investía con Henderson, con Warriston, con Argyle, y con otros príncipes de Dios, preparándolos para dirigir la Iglesia en la renovación de su Pacto con Dios.

El derecho para adorar a Dios de acuerdo a la libertad de conciencia cuando la conciencia es hecha libre por el Espíritu e iluminada por la Palabra, debe ser guardado celosamente. Cada intento para introducir invenciones de hombre en el servicio y culto de la iglesia se debe resistir arduamente. Cada innovación en la adoración de Dios hace violencia a los sentimientos más sensibles y sagrados del corazón humano, y es un reproche a la sabiduría del Señor Jesucristo, que ha establecido todos los servicios de Su Casa con el máximo cuidado y precisión. Si los padres Pactantes protestaron resueltamente contra un Libro de Oración fabricado por hombres, ¿qué habrían hecho ellos en la aparición del programa de un púlpito moderno de música y de himnos?

 


Renovando el Pacto - 1638 d. C.

 

El rey Carlos creía en el derecho divino de reyes para gobernar, y los presbiterianos creían en el derecho eterno de Cristo para gobernar a reyes. Las dos creencias no se podían reconciliar; de aquí brotaba el gran combate. Los ataques contra el presbiterianismo vinieron en una sucesión rápida y con violencia creciente. Los firmantes del Pacto (Covenanters) resistieron rigurosamente los ataques. La nación parecía estar al borde de una guerra civil.

Los Covenanters principales vieron en la nube de guerra, aquello que ojos ciegos no podían ver - a saber, la mano del Señor alzada contra la nación. Henderson, Rutherford, Dickson, y otros de mente penetrante descubrieron la causa moral de los problemas y se estremecían por su patria. El Señor estaba ejecutando juicio contra el pecado. La ira divina caía sobre el pueblo. El juicio había comenzado en la Casa de Dios, la Iglesia. El Rey de Justicia ceñía Su espada en Su muslo para entrar en acción. ¿Quién podrá sostenerse cuando se levante en ira para vindicar Sus propios derechos de Rey? Estos hombres temían a Dios y temblaban ante Su palabra.

Un día de humillación y de ayuno se ordenó, muchos se reunieron para orar. Había exámenes profundos de corazón seguidas por punzadas de conciencia y clamores pidiendo misericordia. Dios dio una manifestación alarmante del pecado. La apostasía de la Iglesia y la hipocresía de la nación parecían llenar el cielo con llamas espeluznantes de venganza divina. Los Pactos anteriores habían sido rotos; el juramento había sido profanado, las obligaciones se negaban, los castigos se desafiaban; el Señor había sido provocado para derramar Su ira sobre la nación. El día de ajustar cuentas parecía haber llegado. El sentido de culpa y el peso de la ira divina agobiaban y doblegaban a muchas almas. Un deseo supremo parecía prevalecer – a saber, levantarse y volverse a El, de quien tan profunda y vergonzosamente se habían rebelado.

«¡Los Pactos! ¡Los Pactos!»

Esto era ahora el grito nacional. Los Pactos han sido siempre la esperanza de Escocia, su fuerza, y su gloria. El grito salió de casa a casa, de iglesia a iglesia, de la tierra al cielo. Estaba en los labios y en las oraciones de hombres, mujeres, y niños. La esperanza revivía, el entusiasmo se extendió como llamas, la nación fue preparada rápidamente para los honores altos que la aguardaban. ¡El pueblo en grandes números fue encendido con una pasión para renovar su Pacto con Dios!

El Espíritu Santo cayó poderosamente sobre muchos, causando que una inundación de vida espiritual barriera el país. Los Covenanters principales fueron dotados con sabiduría y valor para dirigir el entusiasmo sagrado por el canal correcto. Tenía que ser guiada por acción adecuada para ofrecer uso, y conservarla para generaciones venideras, o su fuerza y capacidad pronto se perderían. En el Día de Reposo, 25 de febrero de 1638, los ministros predicaron sobre el tema de concertar Pactos. El día siguiente el pueblo se reunió en sus iglesias respectivas y recibieron la noticia que, el siguiente miércoles, su Pacto con Dios se renovaría en Edimburgo. El anuncio tocó una cuerda sensible. El país fue agitado muy temprano en la mañana del día designado. Indudablemente muchos habían pasado la noche anterior con el Señor Jesucristo en oración. Mientras las estrellas aún brillaban, muchos hogares, podemos estar seguros, fueron convocados alrededor del altar familiar, para que el padre bendijese su casa y se apurase a Edimburgo. Los delegados que habían sido designados para dirigir al pueblo en renovar el Pacto estaban ya presentes al amanecer.

El Pacto de 1581 se escogió para la ocasión presente. Dos generaciones habían pasado desde que ese acuerdo solemne había elevado el reino en la relación más santa e íntima con Dios. Casi todos los padres Pactantes de ese acontecimiento habían terminado su testimonio y se habían ido; sólo aquí y allá una voz patriarcal se oía hablar de aquel día y el acto solemnes. Los nietos habían perdido mucho del fervor, del poder, del propósito, del entusiasmo sacrosanto, del terror de la majestad de Dios, de la comunión con Jesucristo, y de los arrobamientos en el Espíritu Santo - habían perdido muchas de las bendiciones innumerables e indecibles que descienden del Pacto firme hecho con Dios y mantenido por sus padres. Cincuenta y siete años habían pasado y muchos cambios habían ocurrido. Henderson, por mandato, añadió al Pacto lo que era necesario para hacerlo aplicable a sus tiempos.

El Espíritu Santo vino con gran poder sobre miles y sobre decenas de miles en esa mañana llena de acontecimientos; el día estaba trayendo las mejores bendiciones del cielo a la Iglesia y a la nación. Todavía era invierno; pero ni caminos congelados, ni la nieve que se derretía, ni nubes amenazantes, ni vientos cortantes, podían detener a las personas. Muchos hombres y mujeres, ancianos y jóvenes, ya se hallaban a buena distancia en camino antes de que el sol hubiera ablandado el aire áspero. Vinieron a pie y en caballos, en coches y en carretas, por valles, sobre montañas, por carreteras y caminos, entrando a la jubilosa ciudad por todas las direcciones como ríos de vida apasionada. Se ha estimado que sesenta mil vinieron ese día para tomar parte en la renovación del Pacto, o para dar apoyo e influencia al acto solemne. Para estas personas enérgicas el invierno había terminado, aunque el mes de febrero continuaba; el tiempo del canto de las aves había llegado, aunque la tierra estaba vestida en su manto de nieve. El invierno había perdido su rigor sobre estos Covenanters; sus mejillas estaban rojas, pero no tanto por los fríos torbellinos del invierno sino por una excitación sacrosanta. Para ellos era un día de verano.

En la hora designada, la Iglesia de Greyfriars y su cementerio estaban llenos «con los mejores, los más sobrios, y los más sabios hijos e hijas de Escocia.» Alexander Henderson estableció la reunión con oración. Sus palabras serias se sintieron profundamente, parecía que traían al Señor de la gloria fuera de cielo. El Conde de Loudon dio un discurso solemne, apelando a Aquel que escudriña los corazones. Archibald Johnston desenrolló el vasto pergamino y leyó el Pacto con una voz clara. Después hubo silencio - un silencio espantoso durante el cual el Espíritu Santo estaba haciendo una gran obra en todos los presentes. El Conde de Rothes rompió el silencio con unas pocas palabras apropiadas. Otro silencio solemne resultó, mientras que todo ojo aguardaba para el próximo acto en el programa sublime. El Pacto estaba listo para ser firmado. ¿Qué nombre tendrá el honor de dirigir la lista en ese pergamino blanco? Por fin el Conde de Sutherland, un anciano mayor, con mucha reverencia y emoción, dio un paso hacia adelante y tomando la pluma con una mano temblorosa firmó su nombre. Otros le siguieron rápidamente. El corazón acompañaba la firma; aún la sangre se comprometía con la tinta, el Pacto era de por vida hasta la muerte. Cuándo todos en la iglesia habían firmado, el pergamino fue llevado al cementerio y colocado en una lápida plana, donde personas fuera agregaban nombre tras nombre hasta no hubo lugar, no, ni siquiera para una inicial. La escena era impresionante que sobre pasa toda descripción; el pueblo se ofreció a sí mismo con buena voluntad al Señor. Muchos escribían con lágrimas cegadoras y con palpitaciones del corazón; algunos agregaban las palabras, «Hasta la muerte»; algunos sacaban sangre de sus propias venas como tinta. Entre tanto que el sol se movía al oeste en el cielo frío, levantaron la mano derecha al Dios Todopoderoso, el que escudriña los corazones, juramentándole una lealtad con la solemnidad del juramento más sagrado. En verdad este fue el día más grande de Escocia. La Iglesia ahora se podía llamar Hephzibah ('mi deleite en ella'), y la tierra, Beulah ('desposada'). Emmanuel es el nombre de su Señor del Pacto. «¡Gloria, gloria, en la tierra de Emmanuel!»

La tarde se acercaba; las demostraciones avivadas de ese día lleno de acontecimientos, como un glorioso atardecer, se derretían; pero el Pacto, en toda su santidad, en su sustancia, en sus obligaciones, y en su fuerza, permanecía para el día siguiente, y el día siguiente, y para la próxima generación, y todas generaciones venideras. Así fue renovado el Pacto Nacional de Escocia en 1638.

Que los hijos de éstos Covenanters no olviden ni tengan un concepto insignificante de la herencia y de las obligaciones de su Pacto. ¡Cuán grande honor! Recuerden la responsabilidad, no se alejen del vínculo. La relación con el Señor Jesucristo por medio de los Pactos de los padres carga a sus descendientes con enormes obligaciones, los dota con bendiciones abundantes, se les confía con el bienestar de generaciones venideras, se les corona con altos honores, y los trae a juicio para dar cuenta por todas estas ventajas y obligaciones. Que los hijos de los Covenanters pongan atención no sea que se olviden de los deberes, pierdan las bendiciones, se demuestren a sí mismos inconfiables, y pisoteen su corona celestial en el polvo. Que teman no sea que siendo exaltados al cielo sean arrojados al infierno. Los Pactos de los padres ligan a los hijos.


 


Los Firmantes del Pacto (Covenanters) Trabajando - 1638 d. C.

 

El miércoles, febrero 28 de 1638, fue uno de los días más grandes de Escocia. Ninguna victoria en cualquier campo de batalla es más digna de honores de aniversario. Ninguno cumpleaños de estadista o de guerrero, ningún descubrimiento en ciencia ni en geografía, ningún logro en la civilización antigua ni moderna, tiene mayor derecho a una celebración anual. El acontecimiento notable de ese día es la marca ilustre de verdadera grandeza y de esplendor moral en la vida nacional; nada lo sobrepasa en la historia mundial.

Cuando la tarde se acercaba, la vasta multitud que se había congregado en Edimburgo se disipó. Los negocios sublimes en que se habían ocupado los habían sobrecogido con temor reverente; la sombra del Todopoderoso se había extendido sobre ellos, la gloria del cielo había descendido sobre ellos, y, siendo llenos con la paz de Dios y el gozo inefable en el Espíritu Santo, habían venido y se habían vuelto a sus hogares. Las estrellas de nuevo salían mientras muchos aún viajaban, pero la gran luz que cayó sobre ellos era la gloria del Señor, mientras que llevaban los recuerdos admirables del día en sus corazones. Cada latido del corazón tenía la solemnidad de un voto, de una oración, de un canto de alabanza, de un salmo de la acción de gracias. Qué acto de adoración devota estaría presente en esos hogares esa noche cuando los padres narraban la historia conmovedora de lo que ocurrió en la Iglesia de Greyfriars y sobre el Pacto.

Dentro de un poco tiempo que los delegados habían llegado a sus respectivas iglesias, en las cuales repetían la renovación de su Pacto con Dios. Las personas fueron profundamente conmovidas, el Espíritu Santo cayó sobre ellas. El interés llegó a ser intenso; los fuegos se volvieron llamas; una pasión concerniente al Pacto barrió el reino; el entusiasmo no conocía límites. El Pacto fue estudiado, aceptado, y firmado por ministros y magistrados, por hombres y mujeres, por ancianos y jóvenes, a través de las cuatro partes del reino. Había una voz que retumbaba a través de la nación, como la «voz de una gran multitud, y como el estruendo de muchas aguas, y como la voz de grandes truenos poderoso, que decía, ¡Aleluya, porque el Señor Dios Todopoderoso reina Omnipotente!» El Señor Jesucristo fue glorificado en Su pueblo, honrado por Su Iglesia, y exaltado supremamente sobre el monarca más arrogante de la nación.

Mas el Pacto tenía sus enemigos; pero aparentemente eran pocos y por un tiempo permanecieron muy callados. Estos anti-pactantes se pusieron al lado del rey en su esfuerzo para introducir clandestinamente el gobierno prelatico sobre el pueblo. A estos el rey recompensaba con promociones políticas. Hasta ahora ellos habían reclamado para si mismos tener la mayoría y por lo tanto asumían el derecho de gobernar sobre los presbiterianos. Pero el año del Jubileo había llegado; el Pacto proclamaba «libertad a través de la nación a todo habitante que en ella estaba.» Este Pacto con Dios daba a conocer al pueblo su dignidad, sus privilegios, sus derechos, su poder, y su libertad en Jesucristo, el Rey de Reyes y Señor de Señores. En esa luz que descendió como la gloria del cielo sobre Escocia, el Episcopado dio a conocer su verdadero vigor, o más bien su debilidad; en comparación con el Presbiterianismo, el Episcopado era una simple facción.

El rey Carlos gobernaba a Escocia desde su trono en Londres. Los Covenanters eran sus súbditos más leales, fieles a él en todo principio de verdad y de rectitud; sin embargo de ninguna manera permitirían que él asumiera los derechos de Jesucristo sin su protesta más intensa. Se apresuraron a Londres para informar al rey sobre el Pacto; pero también sus adversarios mandaron delegados con la misma rapidez. Ambos lados trataron de ganarse al rey. Como era de suponerse, los Covenanters fallaron. El rey estaba sumamente furioso. Señaló el Pacto como traición y a los Covenanters como traidores. «Moriré,» dijo él, «antes de otorgar sus impertinentes demandas; deben ser aplastados; acábenlos con fuego y con espada.»

El rey designó el Marqués de Hamilton para representar la majestad del rey en Escocia y para subyugar a los Covenanters. Hamilton aceptó la comisión y emprendió sobre su tarea estupenda. El fue autorizado para engañar y traicionar, detener y ejecutar, para fingir amistad y hacer guerra - en una palabra, ejercer poder a su propio antojo; la manera en que se hiciese no se preguntaría siempre y cuando los Covenanters fuesen dominados.

Hamilton anunció el 19 de junio su intención para entrar en Edimburgo, como alto delegado del rey. En menos de cuatro meses anteriores, el Pacto se había renovado en esa ciudad entre arrebatos de júbilo; ¿ahora deberá ser pisoteado en el polvo? Los efectos del Pacto habían caído sobre el reino como lloviznas de primavera que saturan el país con cantos y con flores; ¿se deberá marchitar la gloria antes de que el fruto se madure? El día señalado para la llegada del delegado fue perfecto. El sol brillante, el cielo claro, el mar azul, los campos verdes, las colinas púrpuras, los vientos suaves, las flores fragantes, las aves melodiosas - todo se unía para hacer la llegada del delegado del rey una cosa placentera. La naturaleza estaba en su traje más alegre.

El camino escogido para su viaje a la ciudad yacía a lo largo de la playa. Entró en un coche majestuoso. Su vestido oficial era esplendido e imponente. Sus compañeros lo siguieron, mientras que una guardia militar fuerte agregaba dignidad y un matiz de terror a la procesión. Era el día de gran honor para Hamilton. El arrogante mar con sus ondas batía su bienvenida; los vientos reposados revoloteaban el emblema nacional de muchas ventanas; la ciudad estaba alegremente decorada. Los partidarios del rey habían hecho su mejor parte para la ocasión, pero los Covenanters a todos habían sobrepasado.

Los Covenanters de ninguna manera ignoraban el poder y propósito de Hamilton; sin embargo lo reconocían como el representante del rey, y por lo tanto le rendirían la debida honra. Ellos eran sinceramente leales. Ninguna mancha de traición se había mezclado jamás en su sangre. Ellos se determinaron a dar al delegado cada oportunidad para cumplir con su deber como gobernante, sin embargo estaban listos para resistirle si hacía algún mal. Vinieron a la ciudad en ejército; su número se estimaba como a sesenta mil. Llenaban el camino por el cuál Hamilton pasaría, cubrían las laderas con caras serias, alzaban sus bonetes en respeto sincero al delegado, y elevaban sus voces en oración a favor del rey y de su país. Cuándo Hamilton vio la sinceridad cordial del pueblo, a quien venía a aplastar, lloró.

Los Covenanters habían pedido dos cosas: una Asamblea General libre y un Parlamento. La Iglesia debe tener lo primero; la nación debe tener lo segundo. El delegado, en el nombre del rey, negó las dos cosas. El rey Jacobo había abolido la Asamblea General en 1618; ninguna se había llevado a cabo en veinte años. Los Covenanters, desafiando la ira de rey y la autoridad del delegado, designaron una reunión de ministros y ancianos para llevarse a cabo en Glasgow, el 21 de noviembre de 1638, cinco meses en adelante, para reorganizar la Asamblea General. Una nube de guerra de repente oscureció el cielo. Si la ira de rey hubiese sido el relámpago, sobre el lugar de reunión hubiera caído; pero su furor era impotente.

Cuándo llegó el día para reorganizar la Asamblea General, los delegados de las iglesias Pactantes estaban allí presentes. La casa fue llena con hombres capaces, fervientes y resueltos, verdaderos siervos del Señor Jesucristo. Habían venido en Su nombre cuando los llamo para hacer Su obra. Cada uno respiraba profundamente un espíritu de la reverencia; sentían la presencia de Dios; una dignidad sacrosanta descansaba sobre cada frente. Habían venido en el poder del Señor y estaban listos así para cumplir con su deber como para esperar sus consecuencias.

Hamilton con sus amigos también se presentó. Inmediatamente éste comenzó la obra de obstrucción. Alexander Henderson fue escogido como moderador, y Archibald Johnston, conocido también como Lord Warriston, como secretario; ambos habían participado activamente en la renovación del Pacto. Hamilton hizo ciertas demandas, las cuales todas se le negaron. Entonces procuró disolver la reunión pero falló. En una tempestad de enojo y con amenazas enérgicas se retiró, dejando la Asamblea para que siguiese su propio curso. ¿Podríamos imaginarnos un valor más sublime del que estos Covenanters exhibieron al mantenerse fieles a su deber, a sus convicciones y principios, mientras que defendían su Pacto y el honor de Jesucristo, ante la ira del rey? La Asamblea continuó con sus sesiones por un mes. El trabajo era maravilloso, y fue hecho cabalmente. La Iglesia fue limpiada, el ministerio fue purificado, la verdadera adoración fue restaurada, y decretos se adoptaron para la protección de la religión Reformada. Después de pronunciar la bendición final, el moderador dijo, «Ahora hemos derribado los muros de Jericó; que cualquiera que los reedifique tenga cuidado de la maldición de Hiel de Betel».

Observemos cómo estos antiguos arriesgaron sus vidas para defender la soberanía de Jesucristo. ¡Qué devoción, qué valor, qué sacrificio! ¡Qué esplendor moral tan majestuoso de esas vidas, elevadas en el servicio de Cristo por encima de todo temor de los hombres! ¡Ellos sentían profundamente la presencia y el poder del Espíritu Santo que les daba sabiduría, paz, gozo, y triunfo, en sus tareas! ¡Si tuviésemos nosotros la misma virtud del Espíritu de Dios, ciertamente la obra del Señor prosperaría en nuestras manos! Que Dios nos la conceda.


 


El Rey Levanta Guerra - 1639 d. C.

 

El año de nuestro Señor, 1638, elevó a la Iglesia Pactante a una alta prominencia y poder. El Pacto, al principio del año, y la Asamblea General a los finales, fueron los logros que surgieron en sublimidad y esplendor moral como montañas, y todos los meses de este año, llenos frescura espiritual, eran como tierras cubiertas con la gloria del Señor, y siendo sacudidas como el Líbano con fruto próspero. «Y la luz de la luna será como la luz del sol, y la luz del sol siete veces mayor, como la luz de siete días».

Durante los próximos diez años la Iglesia experimentó un crecimiento rápido. El Pacto siempre parecía dar a la Iglesia cerca de diez años de prosperidad extraordinaria. El Espíritu Santo descendió en poder, multiplicando grandemente el ministerio y la membresía. Congregaciones nuevas aparecieron en pueblos y en regiones, siendo pastoreadas por ministros fieles. La verdadera religión - que traía paz, consuelo, y alegría - entró en los hogares del pueblo y allí se recogió con ellos. Las melodías de gozo y de salud se oían en sus moradas. El altar familiar transformó la casa más humilde en el Lugar Santísimo donde Dios presidía en Su Trono de Misericordia, y la familia más humilde era un real sacerdocio que ministraba a Dios en el nombre del Señor Jesús.

Sin embargo, durante todo este tiempo la Iglesia padecía violencia. Se había vuelto el blanco apropiado sobre la cuál Satanás concentró el fuego de su más prolongada artillería. Un ataque violento proseguía a otro con una perversidad malévola. Las puertas del infierno se abrieron de par en par y las inundaciones se estrellaban violentamente contra ella; pero ella estaba fundada sobre una Roca, y esa Roca era Cristo. Ella estaba en unión con el Señor. Su pueblo estaba firme en su Pacto que concertaron con Él; estaban unidos, llenos de fe y del Espíritu Santo; por lo tanto las penas resultaron sólo en su crecimiento.

Cuándo el rey oyó que la Asamblea General estaba en sesión - lo cual era contrario a su voluntad y actuaba directamente en contra de su decreto - se llenó de ira. Habiendo enviado a Hamilton para emplear estratagemas y engaños, y así ganar tiempo, reunió un ejército de casi cincuenta mil hombres, con los cuales castigaría a los Covenanters. También envió una flotilla para cooperar con las fuerzas armadas. Una sumisión absoluta estaba determinada. Estas personas deberían ser despojadas de derechos de conciencia, de libertad, y de religión - de todo aquello que es lo más sagrado al corazón humano. El ejército se acerca. Los hombres, mujeres, y niños deben sentir el peso de los cascos de los caballos y botas de los soldados, sólo por el hecho de haberse unido a sí mismos al Señor en un Pacto, y están viviendo la vida de fe en el Hijo de Dios.

Los Covenanters no se desanimaban, sin embargo vacilaban en aceptar la guerra. ¿Sería correcto levantarse en armas contra el gobierno? ¿Deberían presentarse contra su rey en batalla? ¿Deberían emplear las armas carnales, e involucrarse en el derramamiento de sangre? Tales preguntas agobiaban sus corazones. Reflexionaban, oraban, y ayunaban, a fin de llegar a una decisión hecha en el temor de Dios. Finalmente se resolvieron a hacer su defensa por la fuerza de armas. Su causa era justa. Asuntos de gran peso estaban de por medio; su Pacto con Dios, la supremacía de Jesucristo, la independencia de la Iglesia, la libertad de conciencia, la pureza de la adoración Divina, los derechos de ciudadanía, la herencia de generaciones futuras, el progreso de la civilización cristiana - todo esto rogaba defensa de parte de los Covenanters. El clarín de guerra sonó, y los hijos robustos del Pacto pronto respondieron.

El general Alexander Leslie estaba al frente del ejército Covenanters. El dirigió sus fuerzas con avances rápidos para encontrar al rey. Tropas amigables se unieron con él por el camino de todas partes de Escocia hasta que su ejército llegaba a 24,000 hombres. Se presentaron como una armada formidable. Estos soldados del Pacto marchaban hacia la victoria o hacia la muerte. El valor en sus semblantes y la firmeza de sus pasos expresaban un propósito indomable. Hacia adelante se extendían estas tropas resolutas. Cada día se acercaban más y más a las huestes reales que probarían su fuerza. El panorama era intrigante; allí estaban las filas tenaces de la infantería, los soldados de a caballo ceñidos con sus espadas, los cañoneros fornidos, y los estandartes flotantes. El canto de los Salmos resonaba por las colinas en los tiempos de adoración por la mañana y por la tarde. Muy bien el rey Carlos podía haberse detenido antes de atacar este ejército de Dios.

Un día los Covenanters, de cierta altura, divisaron su enemigo a una distancia de seis millas. El general Leslie se detuvo, poniendo en orden sus tropas mientras que confrontaba el enemigo. Allí se preparó para la acción. Cuarenta piezas de cañón se extendieron por la cumbre del cerro; los hombres con fusiles y espadas fueron colocados en la ladera y por la llanura amplia. El campamento presentó una apariencia excepcional en las operaciones de guerra. En la puerta de la carpa de cada capitán la enseña del Pacto estaba desplegada. En el estandarte estaba escrito en letras de oro el lema conmovedor:

«POR EL PACTO Y LA CORONA DE CRISTO»

Mientras que la bandera era sacudida por los vientos suaves del verano, aquellos hombres fueron recordados de la causa sagrada que amaban más que a sus propias vidas. Un capellán del más alto carácter fue asignado a cada escuadrón. Cada mañana y cada tarde los hombres eran convocados por el sonido de los tambores para la adoración de su Dios. Tales eran los Covenanters mientras que esperaban en la presencia de sus enemigos la lucha sangrienta. Cuántas veces cantaron el Salmo 3, el 27, y el 72, no lo sabemos. Los Salmos eran la médula de león con que se alimentaron estos héroes intrépidos con corazón de león.

Los Covenanters no querían dar combate; simplemente estaban en la defensiva. Ellos amaban la paz y la añoraban. Se estremecían ante el horror de una guerra civil y la evitarían del todo si estuviese dentro de su poder. Mandaron una embajada pidiendo una conferencia. El rey, conociendo el espíritu y el poder de los hombres con quienes tenía que tratar, aceptó. Durante las negociaciones para la paz, el rey vacilaba en otorgar a los Covenanters sus demandas. Estos no aceptarían nada menos que una Asamblea General y un Parlamento libre. Pero el rey no iba a ceder. El Gen. Leslie contestó al anunciar su intención de avanzar su ejército dentro del alcance de tiro del campamento del rey. Este persuadió al rey a ponerse de acuerdo, y un tratado de paz se ratificó, por medio del cual los Covenanters recibieron, en papel, todo lo que demandaron. Los Covenanters regresaron a sus hogares regocijándose en su Señor del Pacto, que les había dado la victoria sin derramar sangre, y en sus hogares su profunda gratitud se elevaba a Dios en sus servicios de adoración de las mañanas y las tardes.

El pueblo continuó firme en su Pacto, disfrutando los derechos y privilegios de los hijos de Dios por un tiempo. El Señor derramó sobre ellos sus bendiciones. Su crecimiento en poder y números fue maravilloso. De nuevo el rey volvió alarmarse. Se determinó emprender otra guerra una vez más, y dentro de un año se hallaba por delante de otro ejército, determinado a debilitar los Covenanters y subyugarlos bajo su voluntad déspota.

Estos padres Pactantes nada renunciarían en que el honor de la Iglesia y la gloria de Cristo estuviesen involucrados. Ellos eran muy celosos con respecto a toda obligación moral y verdad espiritual. Ellos poseían convicciones, conciencia, inteligencia, y temor de Dios, por eso se atrevían luchar por lo que era correcto. Ellos se distinguían como pilares de granito de columnas de ladrillo, y no fueron confundidos. Ellos sabían que el polvo del oro era oro, y por eso también protegían tanto el polvo como las barras; ellos no sacrificaban nada. ¿No podemos obtener nosotros una lección aquí que hará palpitar el corazón y hacer arder las mejillas, entre tanto que contemplamos la fidelidad y el heroísmo de estos antepasados Covenanters?


El Pacto y la Liga Solemne - 1643 d. C.

 

El Pacto y la Liga Solemne tocan una tierna cuerda en el corazón de cada verdadero Covenanters. Es el 'solitario' de un estadista; una preciosa joya de ley internacional, sola y única; no hay nada como ello en el mundo. El marco histórico de esta piedra lustre es muy interesantísima. ¿De cuál mina brotó este diamante inestimable? ¿De quién fue la habilidad que tan admirablemente lo cortó y lo pulió? ¿De quién fue la mano que lo plantó en su propia envoltura histórica? Tales preguntas son dignas de pensamiento serio y profundo.

La agitada guerra del rey Carlos contra los Covenanters, en 1639, no le trajo honor alguno. Aventajado en el campo de batalla, dominado en diplomacia, y completamente derrotado en sus propósitos, regresó a Londres en gran manera humillado. La jornada fue larga y cansada, aun viajando en su majestuoso carruaje y con los caballos más veloces por delante, pues iba enfadado por su fracaso de subyugar los Covenanters. En su palacio tampoco encontró alivio, sus residencias magnificas no le trajeron descanso. Estaba obsesionado sobre su infortunio hasta que su corazón terminó amargado y su sangre se mezcló con ácido; un espíritu maligno extendía sobre él sus alas tenebrosas. Había fracasado en sus operaciones militares; los Covenanters habían sido más fuertes e independientes que hasta ahora; sus amistades prelaticas [de la iglesia anglicana] estaban abatidas con su tratado de paz; su poder para tiranizar la consciencia del pueblo estaba disminuyendo. Tales pensamientos carcomían su cerebro y estropeaban su tranquilidad mental. Con el tiempo se volvió antipático, miserable y atormentado. Fue este temperamento incontrolable y déspota que lo precipitó a una segunda guerra con estos Covenanters a quienes aborrecía totalmente.

Los Covenanters, aún con todo, eran verdaderamente leales a su rey. Su lealtad era sacrificial y de altos principios, y sin embargo al mismo tiempo discreta. Estos se ligaron asimismo por su Pacto ser leales a su rey y a su patria. El Pacto reconocía al rey y al pueblo como iguales ante la ley de Dios, como súbditos del gobierno moral de Jesucristo. Mientras que él mantuviese su lugar apropiado y ejerciese un régimen legítimo, ellos lo apoyarían aún hasta el punto de que su sangre fuese derramada y ellos privados de sus posesiones. Tal era su juramento de lealtad, y se conservó con un sagrado cuidado. Pero ellos resistieron su autoridad en el punto donde él procuró aplastar la conciencia, regir la Iglesia, y usurpar los derechos prerrogativas del Señor Jesucristo, quien es REY DE REYES. Allí trazaron la línea, y la trazaron bien clara, para que todo el mundo lo viese, y el rey más ciego se detuviere, meditare, y no pasare más allá. Allí declararon su solemne protesta con la Biblia en una mano y la espada en la otra. A tales usurpaciones y abusos sobre sus derechos y libertades, y sobre el honor y supremacía de Jesucristo, le hicieron frente en el campo de batalla, cuándo medidas pacíficas habían fallado. Ellos no estimaron su vida preciosa, mientras que estos valores estaban en juego.

El rey en esta segunda ocasión reunió a un ejército de veintiún mil hombres - todo lo que él entonces podía reunir - y se apresuró para castigar a los Covenanters. Para este momento no era capaz de agrupar el ejército de Inglaterra; ese reino no le tenía ninguna simpatía con esta su iniciativa. Su voluntad arrogante y sus medidas arbitrarias habían enajenado la fuerza de Inglaterra de su apoyo. El Parlamento inglés era como un volcán estremecedor, listo para estallar y convertir su trono en ruinas. Una revolución de la monarquía [del rey] contra la democracia [Parlamento] se extendía sobre la tierra como una onda de marea.

Los Covenanters, como siempre amando la paz y aborreciendo la guerra, habían agotado toda medida honorable para evitar un conflicto con su rey en el campo de batalla. Sus esfuerzos sin embargo habiendo fallado, de nuevo el llamado a las armas resonaba por sus pacíficos valles solitarios y sobre sus colinas de pedernal. El pastor de nuevo dejó su rebaño, el mercader cerró su negocio, el labrador dejo libre sus yuntas, y el ministro se despidió de su pueblo para seguir el sendero centelleante de la guerra. Otra vez la bandera se desplegó a favor de la CORONA de CRISTO Y del PACTO; los dobleces sedosos de este estandarte se elevaron para ser golpeados por los vientos; las letras doradas y el lema sagrado destellaban sobre los ojos de hombres que estaban dispuestos a seguir donde los llevase. El General Leslie de nuevo era el que dirigía. Cruzó valerosamente el río Tweed y se apresuró para combatir con el rey en terreno inglés. Después que los ejércitos se habían acercado los unos a los otros, proseguía el silencio usual antes de la batalla. Las tropas de los Pactantes, agrupados bajo sus banderas y brillando con sus armas y armadura en el sol brillante de agosto, aterrorizaron una vez más el corazón del rey. El temía encontrarse con este océano de valor vivo y ardiente, descargando sus ondas en su propio terreno. El vio, como en la primera ocasión, que un tratado era la mejor parte de valentía y ofreció la paz. Una vez que los términos fueron acordados, los Covenanters volvieron a sus hogares, sin saber hasta cuando duraría la paz.

Inglaterra, también, por este tiempo se vio agitada mucho. Estaba haciendo un esfuerzo desesperado para despojarse del amargo despotismo del rey Carlos. El espíritu de progreso, de entendimiento, y de libertad agitaba profundamente al pueblo; ansiaban para alcanzar una vida más sublime y más noble. Las inmensas posibilidades de superación y dicha los llenaban con visiones de mejores cosas, y con el tiempo se volvían impacientes en su propósito para obtener libertad. Una servidumbre continua a un tirano despiadado llegó a ser intolerable.

Había indignación pública igualmente contra la Prelacía, pues por ella el rey era motivado y sostenido. En el ámbito nacional la rebelión fue de monarquía a la democracia: en el ámbito eclesiástico, fue del Episcopado al Presbiterianismo. El rey, como cabeza de la Iglesia Episcopal, no sólo ejercía jurisdicción sobre ella, pero también la usaba como un instrumento para imponer su voluntad déspota sobre el pueblo. El rey montó su caballo de guerra una vez más. Esta vez eran ingleses contra ingleses. Ejércitos poderosos fueron congregados en cada lado. Por cuatro largos años una guerra civil barrió el desdichado reino, la victoria asentándose por turnos en los lados opuestos. Esto era una guerra del Parlamento contra el rey, régimen británico contra régimen brutal, humanidad contra despotismo. Escocia observaba la lucha de su compañero reino con el interés más profundo. Por un lado, estaba apegada su rey, a pesar de su terquedad; por otro, estaba comprometida con los principios involucrados, inclusive la independencia de la Iglesia.

Mientras la nube de guerra se expandía, el Parlamento inglés envió una delegación a Escocia para consultar con los Covenanters con la esperanza de recibir ayuda. La pregunta fue confiada a una Comisión Conjunta. Los debates fueron profundos y de grandes consecuencias; los hombres en el concilio consistían de entre los mejores y los más sabios de los dos reinos. Examinaron los intereses de gran importancia involucrados en la inminente guerra, que finalmente trastornaron Inglaterra y que humedecieron su tierra con sangre de hermanos. La libertad de ambos reinos, el progreso del Evangelio, la pureza de religión, la independencia de la Iglesia, la herencia de los Pactos, el movimiento progresivo del Cristianismo - sin duda, sus propios hogares, posesiones, libertades, y vidas - todo estaba en juego en una crisis que oscurecía la tierra. Estos hombres se volvieron a Dios en oración para confrontar la tarea que agobiaba sus corazones y que probaba su sabiduría.

Peligros - como nubes tempestuosas que acarrean destrucción - también aumentaban alrededor de Escocia así como en Inglaterra. El rey planeaba restaurar y establecer la Prelacía escocesa; aún aguardaba abrirse camino y entrar en manera victoriosa a Edimburgo; había alquilado un ejército de diez mil hombres para invadir Escocia; había observado con aparente satisfacción, no diremos su aprobación, la matanza de doscientos mil protestantes en Irlanda por los papistas [católico-romanos]. Tales eran las condiciones en ambos reinos, que estos consejeros tuvieron que confrontar. Oscuros fueron los días cuando esta Comisión Conjunta estaba en sesión. Escocia fue acosada por enemigos internos, Inglaterra fue trastornada por disputas espantosas, y la pobre Irlanda yacía en sangre de mil heridas. Pero, he aquí, había un grupo de hombres cuyos corazones se extendían a Dios pidiendo de El consejo, y que fueron preparados para confrontar la situación. Ellos sabían cómo echar mano del brazo Omnipotente y obtener ayuda del cielo. Tenían acceso al Trono Eterno, y pudieron convocar los carruajes y ángeles de Dios, y llenar las montañas con ejércitos que, aunque invisibles a ojos mortales, eran invencibles en la presencia de todas las huestes del rey, y de todas las legiones de Satanás. Escuchemos el grito que sube de esa Cámara del Concilio- «Los Pactos! ¡Los Pactos!»

Escocia tuvo un sendero trillado al monte de Dios, llevándola al Pacto como siempre disponible. De nuevo ella escala las alturas, y trayendo esta vez a sus dos hermanas temblorosas, Inglaterra e Irlanda, por la mano. Y allí, en la cumbre de la montaña donde la gloria del Señor resplandece como el sol en su fuerza, los tres reinos, Escocia, Inglaterra, e Irlanda, entran en EL PACTO Y LA LIGA SOLEMNE.

Apreciaríamos más nuestros privilegios de Pactantes, si consideráramos con más cuidado las dificultades que nuestros antepasados vencieron para alcanzar las cumbres del Pacto. Cuidémonos no sea que, como herederos insensatos que derrochan la riqueza de su padre, malgastemos nuestra herencia, que es más preciosa que el oro, y más inestimable que la vida.


Ideales Sublimes por los Padres Pactantes - 1643 d. C.

 

El Pacto y la Liga Solemne de Escocia, Inglaterra, e Irlanda son el punto culminante en el progreso moral de naciones. Pero los torrentes de la gloria Divina, que entonces cubrieron estos tres reinos, rápidamente menguó y desde entonces ha permanecido muy por debajo de ese sello visible. Dios honró estas naciones con el privilegio más grande concedido a una sociedad civil, y los trajo a la más bienaventurada relación consigo mismo. Pero ellos tuvieron muy en poco tal favor y se rebelaron contra el Pacto. El, por tanto, escondió Su rostro, retirando su ayuda y protección que ellos aceptaban con tanta gratitud en medio de las aflicciones, pero que rechazaban engañosamente cuándo les volvía la prosperidad. La recaída los hundió de repente en condiciones espantosas de anarquía, opresión, y derramamientos torrenciales de sangre, que continuaron casi por un medio siglo.

El Pacto de los tres reinos, aunque breve en su efecto benéfico, fue de valor inmenso al mundo. Como la estrella de la mañana, anunció la venida de un día resplandeciente a todas naciones. La estrella puede estar oculta por nubes espesas, pero por el sol no fallará en salir. Este Pacto se mantiene en pie como una prenda de la condición final de todas las naciones que señala hacia el camino de las alturas resplandecientes del favor de Dios, y que advierte contra el pecado agravante de romper nuestra relación con el Señor. Fue el primer toque de trompeta que un día anunciará la sumisión de los reinos del mundo al Señor Jesucristo.

Los padres escoceses consideraron evidentemente la unión Pactante como la relación normal que existe entre Dios y el hombre, entre Dios y la Iglesia, entre Dios y todas las naciones. Cualquier cosa menos que esto era, en su consideración, deficiente, imperfecta, indigna, peligrosa, desastrosa al hombre, y ofensiva a Dios. Ellos amaban su Pacto, acudían a él en tiempos de peligro como palomas a las hendiduras de las rocas, reprochándose a sí mismos por considerar tan bajo este privilegio inestimable.

Estos Covenanters tomaron su posición en el trono del Señor Jesús, y contemplaron con una delicia exuberante Sus muchas coronas y la magnificencia de Su reino. Su vasto horizonte abarcaba cielo y tierra, el tiempo y la eternidad, Dios y el hombre. En sus ojos los asuntos de este mundo eran secundarios, mientras que los intereses de la Iglesia cobraban proporciones importantísimas.

El sublime ideal para las naciones albergado por los Covenanters de Escocia con dificultad será sobrepasado mientras que el mundo perdure. El Señor les dio una visión de lo que su país debe ser: iluminado con el Evangelio, gobernado con justicia, protegido por el Dios Omnipotente, adornado con iglesias, una escuela en cada parroquia, y un colegio en cada ciudad. La nación en esa visión fue desposada con el Señor - Beulah [desposada] era su nombre. Toda inmoralidad destructora había huido, todos los males públicos habían sido desarraigados. Los cielos rociaban su beneficencia, la tierra impartía su fruto, los negocios eran prósperos, los ejércitos eran victoriosos, los gobernantes eran ministros de Dios, los hogares estaban llenos de paz y abundancia, y resonaban con melodías de alabanza. Tal era su concepción de la bienaventurada nación cuyo Dios es el Señor.

Todo esto estaba incorporado en el Pacto y la Liga Solemne. Analizando este pacto internacional hallamos que expresa o implica lo siguiente:

Las naciones se originan con Dios, dependen en Su voluntad, están sujetas a Su autoridad, y son responsables ante Su trono.

Están puestas bajo Jesucristo para ser empleadas por El para la gloria de Dios el Padre.

El fin principal del Gobierno Civil es de suprimir la maldad y promover justicia, y así preparar camino para la venida del reino de nuestro Señor.

Los gobernantes civiles son ministros de Dios, y como tales, deben servir al Señor Jesucristo al proteger la religión verdadera.

Los gobernantes civiles deben interesarse en la unión de las Iglesias, en la Doctrina, en la Adoración, en la Disciplina, y en el Gobierno eclesiástico, según las Escrituras.

El Gobierno civil debe suprimir en la Iglesia y en el Estado toda característica de la sociedad que sea abiertamente criminal o públicamente injuriosa.

Las personas deben entrar en un Pacto solemne con sus gobernantes y con Dios, para colocarse a sí mismos y sus posesiones a la disposición para sostener el gobierno en su trabajo legítimo.

La nación que guarda el Pacto con Dios morará en seguridad, crecerá en poder, y gozará prosperidad duradera.


Tal era el Pacto y la Liga Solemne.

¿Han tenido alguna vez los principios del gobierno Civil una declaración tan franca y heroica, tan sublime y perfecta, tan ennoblecedora al hombre y honorable a Dios? Estos principios no eran los destellos de una imaginación acalorada; estos principios eran prácticos. Los padres Pactantes los bajaban al nivel de la práctica. Estas naciones los incorporaron. El tiempo era corto, pero lo suficiente para dar una prueba.

¡Qué dignidad descansa en el Estado que está unido en relación federal y leal con el imperio del Señor Jesucristo! ¡Cuán grande la seguridad y la excelencia del gobierno que permanece bajo el estandarte de Cristo! ¡Cuán poderoso y feliz el pueblo que es exaltado al favor del cielo por un Pacto que liga a Dios y al hombre! Tal era el ideal albergado por los padres escoceses; y por un esfuerzo abnegado heroico, elevaron los tres reinos a alturas nunca antes transitadas. Estas naciones captaron vislumbres de la gloria celestial, bañadas por un tiempo en resplandor, gustaron la dulzura del banquete, respiraron el aire refrescante, luego retrocedieron. Por la perfidia y falsedad del hombre la visión fue quebrantada y el ideal destruido.

Nos estremecemos ante la pérdida contraída por estos reinos en su alejamiento de su Pacto. ¿Cuál hubiera sido su eminencia entre las naciones si las condiciones del Pacto se hubieran cumplido? ¿Cuál hubiera sido su poder y prestigio si al guardar su Pacto, hubieran sido protegidos en los último dos siglos y medio de los estragos del ron [licor] y de Roma, de la anarquía y tiranía, de la violencia de hombres sin escrúpulos y de la ira del Señor que provocaron? ¡Qué numerosa hubiera sido su posteridad! ¡Qué campos fructíferos! ¡Qué riqueza abundante! ¡Qué prosperidad industrial! ¡Qué instituciones educativas! ¡Qué progreso incomparable! ¡Qué recursos inagotables para el desarrollo dentro de la nación como los logros en el exterior! Disfrutar del milenio glorioso doscientos y cincuenta años adelante del resto del mundo -qué hubiera hecho para las Islas Británicas tal comienzo, sobrepasa la imaginación.

Irlanda dominada por los sacerdotes fracasó porque en aquel momento su sangre más noble empapaba las raíces de sus praderas verdes; la masacre de sus protestantes por los católico-romanos la había dejado postrada. Inglaterra desganada fracasó porque la traición y la perfidia acechaban sus filas desde del principio. ¡Pero Escocia! Ah, Escocia, ¿por qué dudaste? ¿Por qué volvisteis la espalda, O hijos de los poderosos, que ni carecíais ni arcos ni otras armas? Héroes del Pacto, ¿por qué desmayasteis en el día de la batalla? Avergüénzate Escocia. Los lugares altos del campo, donde una vez el estandarte para la Corona y Pacto de Cristo ondeaba triunfantemente, testifica contra tu traición y perfidia.

Pero el Estándar desplegado por los Covenanters de Escocia no ha sido abandonado enteramente. Un grupo fiel de soldados de Cristo se mantiene todavía debajo de sus dobleces ondeantes. Pocos, sin embargo indomables, no han rendido terreno. Allí resisten, día y noche, los ataques del mundo, de la carne, y del diablo. Su posición se ridiculiza como poco práctica; ellos son amargados por el fuego de desertores; son asaltados por los argumentos de estadistas; son reprochados por sus propios hermanos; son bombardeados por las más pesadas armas de Satanás. Mil voces gritan, «Abandonad vuestra posición ilusoria. Bajad; hombres del Pacto, bajad». Pero la respuesta regresa con voces resueltas, «No lo haremos; no podemos hacerlo». Estas alturas de justicia una vez fueron escaladas por tres reinos; ellos aún volverán al Señor y renovaran su Pacto, guiando a otras naciones en la misma procesión triunfal. Ellos vienen; ellos vienen. «Te alabarán, Oh Jehová, todos los reyes de la tierra, porque han oído los dichos de tu boca; y cantarán de los caminos de Jehová, porque la gloria de Jehová es grande» (Sal. 138:4,5).

Alexander Henderson, que escribió el Pacto y la Liga Solemne, demostró en eso habilidad de la orden más alta de estadista. Grandes hombres son escasos cuando los comparamos con Henderson. Wellington, Nelson, Howard, Gladstone, y Livingstone; éstos forman una constelación brillante; pero Henderson brilla como una estrella de amanecer. El marcó el ritmo para los estadistas futuros, que aún llevarían a las naciones a Dios por un Pacto y colocar la corona de homenaje nacional en la cabeza de Jesucristo.

El Covenanters que se mantiene fiel a su Pacto es el patriota más verdadero. El servicio más grande que puede rendirse al país es la presentación del ideal de Dios para las naciones.

 


La Asamblea de Westminster - 1643 d. C.

 

La Iglesia Pactante se halla en gran manera endeudada a la Asamblea de Westminster, por sus magníficas contribuciones a la religión Reformada. Las Iglesias presbiterianas de cada nombre han cosechado cosechas ricas de la semilla sembrada por esta Asamblea.

Nada ha contribuido más, si se exceptúan los Pactos, para darle a la Iglesia Pactante decisión, estabilidad, permanencia, ánimo, y fuerza robusta, que las fórmulas superlativas de verdad producidas por esta Asamblea ilustre. Nuestra herencia recibida de sus manos debería despertar nuestra admiración por estos hombres y nuestro interés en su trabajo.

ORIGEN.

Esta Asamblea llegó a existir en tiempos extraordinarios y para un propósito notable. Inglaterra fue acosada a un punto de llegar a la desesperación por el despotismo del Rey Carlos. Como rey de esa nación y cabeza de la Iglesia Episcopal, procuró suprimir la libertad y conquistar la conciencia. Chocó con su Parlamento en Londres. Un gran despertar se había esparcido de repente sobre toda Inglaterra. Nuevas ideas de vida enardecieron al pueblo, y surgieron en la majestad de sus derechos propios para cumplir sus ideales. La acción y la reacción llegaron a ser terribles. El rey y el Parlamento llamaron a sus ejércitos cada uno contra el otro. Inglaterra se hundió en una guerra civil horrible. El Parlamento, apercibiendo que el Episcopado era el baluarte de la tiranía del rey y hostil a los intereses del pueblo, procuró abolir ese sistema de gobierno de la Iglesia. Pero este acto destructivo necesitó un trabajo constructivo. Por consiguiente el Parlamento, por una ordenanza, creó una Asamblea para «establecer el Gobierno y la Liturgia de la Iglesia anglicana».

El CARACTER DE LOS MIEMBROS.

La ordenanza estipulaba para una Asamblea de «teólogos eruditos, piadosos y prudentes.» El poeta inglés Milton, aunque no les tenía simpatía a su trabajo, la llamó «La Asamblea Selecta.» Baxter, otro desaprobador contemporáneo, dijo, «que en su juicio el mundo, desde los días de los apóstoles, nunca ha tenido un Sínodo de teólogos más excelentes que estos y que el Sínodo de Dort.» La evidencia abundante certifica que en el Vestíbulo de Westminster, en aquellos tiempos fue vista una combinación extraordinaria de talento original, de erudición clásica, de conciencia santificada, de iluminación espiritual, y de devoción a la verdad tal como se revela en la Palabra de Dios.

MATRICULACION.

El número completo de los miembros era 174, de los cuales 142 eran ministros, y 32 ancianos. De este número, cuatro ministros y dos ancianos eran miembros de una comisión de Escocia. La delegación escocesa de teólogos era de hombres poderosos en las Escrituras y poderosos en el debate. Su influencia para esclarecer las verdades de la Escritura, y de esta manera llevar a la Asamblea a conclusiones correctas, se sintió profundamente y se reconoció cordialmente. Rehusaron tomar parte como miembros regulares de la Asamblea, solo contentos con la posición más humilde de miembros consultivos. No llegarían a ser responsables por incorporación, personal ni representativamente, de los dictámenes de una Asamblea escogida y erigida por el Parlamento. Estos ministros escoceses forman una constelación brillante; que sus nombres sean escritos en mayúsculas:

ALEXANDER HENDERSON

GEORGE GILLESPIE

SAMUEL RUTHERFORD

ROBERT BAILLIE

«Los entendidos resplandecerán como el resplandor del firmamento; y los que enseñan la justicia a la multitud, como las estrellas a perpetua eternidad.» Los ancianos escoceses eran John Maitland y Archibald Johnston. Maitland, años después, renunció el Pacto y llegó a ser un enemigo poderoso de los Covenanters.
ORGANIZACION.

La Asamblea se reunió según a la convocación, el 1 de julio de 1643, en la Iglesia de Westminster. El Dr. William Twisse, Presidente, predicó el sermón de apertura tomado de la promesa preciosa de Cristo, «No os dejaré huérfanos». Estas palabras eran como manzanas de oro con figuras de plata, en aquellos tiempos de confusión triste. Una semana después volvieron a reunirse, cuando el juramento fue administrado a cada miembro presente, en las palabras siguientes:

«Yo, -- --, declaro solemne y seriamente, ante la presencia del Dios Todopoderoso, que en esta Asamblea, de la cual yo soy un miembro, no mantendré nada en asuntos de doctrina, más de lo que yo creo en mi conciencia ser verdad; o en puntos de disciplina, más de lo que yo conciba que conduzca más para la gloria de Dios, y para el bien y la paz de Su Iglesia».

 

Este juramento se leyó todos los lunes por la mañana para refrescar la memoria y revivir la conciencia. Estos hombres estaban trabajando para el Reino de Cristo, en la presencia del gran Trono blanco; su resplandor destellaba constantemente sobre sus ojos.

EL TRABAJO.

El trabajo, al cual la Asamblea prestó su atención, tal como fue estipulado por el parlamento, era «(1) Una Confesión de Fe, (2) Un Catecismo, (3) Una Plataforma de Gobierno, (4) Un Directorio para todas las Partes de la Adoración Pública».

La Confesión de Fe: El primer intento fue enmendar el antiguo credo de la Iglesia anglicana. Pero esto fue abandonado en el Decimoquinto Artículo. Una Nueva Confesión para ese entonces se estaba preparando teniendo 33 Artículos, todos los cuales son pilares de la verdad, cada uno de gran peso, bien pulido, y precioso, exhibiendo el mármol [¿? Las Sagradas Escrituras – N del T.] de donde fueron labrados, y la destreza de los labradores por quienes fueron cincelados. A Henderson se le ha acreditado con el honor de preparar el primer bosquejo.

Los Catecismos: El Catecismo Menor se preparó como un resumen de la enseñanza Bíblica, apelando aún por su construcción y elegancia literarias al corazón y la memoria para retención. Esta cadena dorada es un ornamento de gracia que debe ser llevado por cada hijo é hija del Pacto. Rutherford parece haber sido el escritor original. El Catecismo Mayor es una extensión del Menor.

La Forma de Gobierno de la Iglesia: El derecho Divino del Presbiterianismo ocasionó mucha discusión. La adopción de este principio fue un golpe mortal descargado sobre la teoría del Episcopado - que son los rangos oficiales, nivel sobre nivel, en forma de pirámide con el pueblo por debajo de la pirámide. Una autoridad igual de los ministros en la administración del Evangelio de Cristo, una autoridad igual de los ministros y ancianos en la administración del gobierno en la Casa de Dios - éstas fueron las grandes verdades pronunciadas por la Asamblea con claridad y solemnidad, como la voz de Dios hablando en las Santas Escrituras.

El Directorio para la Adoración Pública: Este Directorio reemplazó la Liturgia. La Liturgia había sido condenada por «alentar un ministerio ocio y sin edificación, que había escogido limitarse a sí mismo más bien a formas, hecho a su medida , mas bien que ejercitarse a sí mismo en el don de la oración, que nuestro Salvador proporciona a todos aquellos que El llama a ese oficio.» Una discusión acalorada surgió con respecto al modo de recibir la Cena del Señor. «Los comunicantes en una manera ordenada y seria sentados alrededor de la mesa,» fue la expresión que se adoptó. Las mesas sucesivas recibieron la ordenanza de esta expresión.

SALMODIA.

El Señor Francis Rouse, un miembro del Parlamento inglés, había producido recientemente su Versión Métrica de los Salmos. Era una obra fresca fragante y mucho admirada. La Asamblea después de una revisión cuidadosa la adoptó. Cinco años más tarde, habiendo pasado por el horno purificante de la revisión en las manos de la Asamblea General de Escocia, se autorizó como «La única paráfrasis de los Salmos de David para ser cantada en la Iglesia de Escocia». La Nueva Versión reemplazó la Antigua y tomó su lugar en el culto Divino en el 1 de mayo de 1650, el día designado para su introducción por la Asamblea.

La Asamblea de Westminster se reunió el 1 de julio de 1643, y se aplazó el 22 de febrero de 1649, cubriendo 5 años, 6 meses, y 22 días, habiendo tenido 1,163 sesiones. Se reunían a las nueve desde la mañana hasta las tres de la tarde. Cada miembro recibía cuatro chelines por día, y se les multaba un chelín por estar ausentes. Mantenían un solemne ayuno mensual, en que ocasionalmente una sola oración duró dos horas. Estos hombres sabían cómo orar. Se absorbían en la oración y hablaban con Dios mientras El los fortalecía para sostenerse ante Su presencia y recibir Su respuesta.

Tal fue la famosa Asamblea de Teólogos de Westminster. La magnitud de su trabajo nunca se podrá medir. Su construcción es imperecedera. El estar familiarizados con estos manuales de doctrina profundizará, ensanchará, reforzará, y exaltará la mente humana. Aquí la verdad de Cristo aparece en la proporción y armonía, en la importancia, en la magnitud, y en la omnipotencia de un sistema completo. Una verdad nos puede llevar al cielo, pero el sistema de verdad atesorado en el corazón, nos traerá el cielo a nosotros. Procuremos estudiar este sistema.

 

División en las Filas de los Covenanters - 1648 d. C.

 

El Pacto de 1638 produjo resultados satisfactorios en la Iglesia Presbiteriana de Escocia. Fue revivida, fue extendida, fue fortalecida, fue consolidada, y fue fortificada como nunca antes. Diez años de prosperidad maravillosa le siguieron, y sin embargo no tuvo un sendero fácil para transitar. Todavía era acosada por peligros; enemigos tramaban para derrocarla; guerras agitaban el país; las condiciones externas eran muy adversas; sin embargo ella creció, se hizo fuerte, y llegó a ser irresistible en la obra del Evangelio. La Iglesia honró al Señor en Su Pacto santo, y El la honró con crecimiento, con éxito, y con victoria en la presencia de sus enemigos. El fue un muro de fuego alrededor de ella, y su gloria en medio de ella. Estos fueron años de poder y de esplendor fenomenales para la Iglesia Pactante.

Luego llegó el anochecer. La tarde de ese día próspero se volvió muy oscura; la oscuridad aumentó por cuarenta años; diez mil medianoches parecían haber condensado su oscuridad horrible sobre Escocia y sobre su Iglesia postrada. Finalmente la tempestad del fuego y sangre se agotó, pero no antes que una generación entera hubiera sido consumida en la angustia de aquella prolongada persecución. Los pasos que llevaron al abatimiento y reducción de la Iglesia, podemos trazar para nuestra instrucción; pero como estos pasos están salpicados con la sangre de los valerosos, y marcados con muchas tumbas de mártires, nuestros ojos serán humedecidos a menudo y nuestro corazón se adolecerá.

Mientras la Iglesia se mantuvo firme en su Pacto, fue como una fortaleza inexpugnable, o como un ejército invencible. Mientras sostuvo tenazmente la verdad en su Asamblea General, en los presbiterios, y en las sesiones, y la aplicó con eficacia, extendió sus raíces como el Líbano. Pero cuando la duda y el temor, proyectos y estratagemas, el sometimiento servil y discusiones vanas entraron en sus concilios, su oro se ennegreció y su espada se convirtió en estaño. El Señor no fue con sus ejércitos a la batalla, y desmayaron y cayeron en el campo. Un repaso breve es necesario para entender la situación.

El Pacto y la Liga Solemne, en 1643, dieron a la Iglesia Pactante de Escocia un impulso poderoso en la dirección correcta, pero sus efectos benéficos fueron breves. La Liga unió los reinos de Escocia, de Inglaterra, y de Irlanda; y el Pacto los colocó bajo obligaciones uno para con el otro y para con Dios. Estos reinos fueron de esta manera exaltados más allá de la medida en cuanto a privilegios. El acuerdo sagrado había sido preparado por la Comisión Conjunta que representaba a Inglaterra y a Escocia, el primer paso habiendo sido tomado por el Parlamento inglés. Pero para ese entonces el rey y el Parlamento estaban en disensión. El espíritu tirano de Carlos, que había acosado a Escocia ahora había provocado la hostilidad en Inglaterra; la fuerza de ese reino estaba casi dividida igualmente entre los dos partidos. El pueblo de Inglaterra, que aspiró tras la libertad y sentía los latidos de una virilidad más noble en su pulso, había pedido a Escocia que combinaran sus fuerzas contra el opresor. El resultado fue el Pacto y la Liga Solemne que unió sus ejércitos para el conflicto.

Este acuerdo sagrado fue adoptado por la Asamblea General de Escocia, por el Parlamento inglés, y por la Asamblea de Teólogos de Westminster. Después recibió un abundante número de firmas por parte del pueblo tanto del sector público como privado, y llegó a ser bastante popular. Estos reinos de esta manera fueron colocados bajo la obligación solemne de preservar unidos la religión Reformada en Escocia, de reformar la religión de Inglaterra e Irlanda, y de desarraigar todo sistema de maldad tanto de la Iglesia como del Estado.

Escocia había avanzado mucho en comparación de los otros dos reinos en conocimiento y en libertad. La Iglesia Pactante había exaltado al Señor Jesús como su Cabeza, y El la había exaltado como la luz, vida, y gloria de Escocia. La vid había extendido sus ramas de mar a mar. Las dos hermanas [Inglaterra, Irlanda] habían sido dejadas atrás. Ella emprendió a levantarlas; la carga era demasiado pesada; por otro lado ellas la arrastraban hacia abajo. Ella tenía un yugo desigual, y el yugo la empujaba fuera del camino. Indudablemente había razones que justificaron el curso que ella había tomado, pero ese curso la llevó a una «horrenda soledad de un desierto.»

Escocia envió su ejército para ayudar a los Reformistas ingleses en su lucha por la libertad. Los soldados que provenían de hogares Pactantes, marchaban, como era su costumbre, bajo el estandarte decorado con las palabras inspiradoras:

POR EL PACTO Y LA CORONA DE CRISTO.

Eran dirigidos por el General Leslie. Victoria seguía tras victoria hasta que el rey Carlos, agobiado con la derrota, cabalgó al campamento del General Leslie disfrazado y se rindió como su prisionero.

¿Qué se hará ahora con el rey cautivo? Esta fue la pregunta que demandaba la sabiduría de ambas naciones. Los Covenanters lo instaron a tomar y firmar el Pacto y volver a su trono. Pero él se negó. Ellos le imploraron, prometiéndole que la bandera de ellos dirigiría el ejército de Escocia en su apoyo. Pero aún se negó. Ellos oraron y le rogaron con lágrimas para aceptar el Pacto y continuar en su reinado. Pero no quiso. ¿Qué podrían hacer ellos entonces, sino entregarlo al ejército inglés, cuyas batallas ellos luchaban?

El General Leslie volvió de regreso su ejército a Escocia. Fue disuelto, pues la nación de nuevo tenía descanso. La ansiedad, sin embargo, con respecto al rey fue dolorosa.

El corazón de los escoceses aún amaba al rey Carlos. Aunque él fue hipócrita, cruel, traicionero, y tiránico, los Covenanters todavía lo reconocían como su propio rey. Ellos oraron, tomaron consejo, enviaron delegados, hicieron todo lo que estaba en su poder para restaurarlo. Todo lo que pedían era que abrazase el Pacto, su Constitución nacional de gobierno. Tome y firme este Pacto, y los hijos más valerosos de Escocia lo apoyarán y lo sostendrán; la Bandera Azul Pactante ondeará sobre él en osado desafío contra todo enemigo. Pero no cedió.

El rey era ahora un prisionero en Inglaterra. Mientras yacía en el Castillo de Carisbrooke, el Conde de Lauderdale, un Covenanters de gran eminencia, acompañado por el Conde de Lanark, fue admitido a escondidas ante su presencia. Estos hombres consiguieron hacer un trato. Lauderdale y Lanark acordaron en levantar un ejército para traer de regreso al rey. El rey en cambio acordó ratificar el presbiterianismo por tres años; la forma permanente de Gobierno de la Iglesia que entonces fue determinada por una asamblea de teólogos, asistida por veinte delegados designados por el rey mismo. Este tratado en secreto se conoce en la historia como «El Compromiso». Contuvo los elementos de una rendición vil y desastrosa de principios. ¡El presbiterianismo puesto en una libertad condicional! Construido sobre la piedra de la verdad, perdurará mientras la piedra perdura. ¿Se le seguiría al presbiterianismo algo como la incertidumbre? ¿Cómo podría la Iglesia confiar el gobierno de la Casa de Dios a los delegados del rey?

Cuándo «El Compromiso» llegó a ser público, la Iglesia Pactante se hundió en un debate que trajo caos y desolación. El tranquilo mar fue azotado con una tempestad; las olas embravecidas azotaron cada costa. El acuerdo fracasó, pero la Iglesia había sido infectada, debilitada, desgarrada en dos, y por cuarenta años no pudo sostenerse ante la presencia de sus enemigos. De hoy en adelante había dos partidos: aquellos que se apegaban al Pacto, en su claridad, en su plenitud, en energía indomable, y en sus deducciones lógicas; y aquellos que recortaron, modificaron y tergiversaron la verdad divina, por amor a la fuerza numérica y la ventaja temporal. Un partido fue gobernado por principios; el otro por la conveniencia. La cuña que hizo la primera brecha fue seguida por otras cuñas, hasta que la Iglesia gloriosa de Escocia fuera partida y dividida, y arrojada a un desorden interminable,

«Como madera que los hombres cortan y henden Así las mentiras yacen dispersas en el suelo».

La Iglesia de Jesucristo nunca puede negociar con la verdad. La tergiversación más mínima de los principios del Evangelio significa cometer traición contra el Rey del cielo. Los términos que se ofrecen al mundo, mientras que esté en rebelión contra Cristo, deben ser estos que se expresan en la famosa demanda del General Grant-«Rendición Incondicional». Algo menos que esto significa traición. La verdad del Señor Jesús, que costó Su sangre en su compra y la sangre de mártires en su defensa, debe ser mantenida hasta la última tira, con la tenacidad de una fe indomable. La infidelidad en lo más mínimo conducirá al desastre más grande. Una vez sucedió que un barco fue lanzado sobre las piedras, y las vidas de los pasajeros fueron arriesgados simplemente porque la brújula variaba y oscilaba, según el reporte, por una parte millonésima de una pulgada. Se requiere «detalles y pequeñeces» para medir una parte millonésima de una pulgada, y en ciertos casos vale la pena.

 


Coronando al Príncipe - 1651 d. C.

 

El reinado de Carlos I vino a un fin que no se debería esperar de un rey. La guerra entre él y el Parlamento inglés resultó en su derrota total. El se entregó como un prisionero, y «porque no quiso misericordia sino continuaba en su persecución,» la misericordia se negó a esparcir alas blancas sobre su alma culpable. Fue juzgado por traición por el Parlamento inglés y fue sentenciado a la muerte. El juicio duró una semana, en la cual la recitación de su mal gobierno y actos crueles deben haber sajado intensamente su alma. Entregó su vida al colocar la cabeza sobre el bloque para recibir el hacha del verdugo. Un golpe hizo el trabajo fatal.

La muerte del rey no fue con el consentimiento de los Covenanters; para ellos les fue una pena intensa. Con todos sus defectos aún lo amaban como su rey. Si hubiera aceptado el Pacto y la Liga Solemne aún preso en las manos de ellos, habrían estado a su servicio para restaurar su poder y su reino. Ellos aún esperaban su reformación, le rogaban que tomase el Pacto, y le señalaban una entrada triunfal a Edimburgo. Le imploraron al Parlamento inglés que absolviese su vida, y enviaron delegados para prevenir su ejecución. Por la obstinación del rey fallaron. Pero esa obstinación él la consideraba una dignidad regia y un honor inviolable. Los Covenanters al oír de su muerte trágica se apresuraron para proclamar su hijo mayor como rey en su lugar, concediéndole el trono bajo la condición de aceptar el Pacto y la Liga Solemne, y de gobernar el reino según los términos de estos documentos. El era un joven de diecinueve años; «un príncipe de una presencia linda; de un aspecto dulce pero melancólico. Su cara era regular, guapa, y bien parecido; su cuerpo fuerte, sano, y justamente proporcionado; y, siendo de una estatura mediana, era capaz de aguantar las fatigas más grandes».

Carlos II mientras que surgía de su adolescencia tenía por delante un futuro próspero. La providencia de Dios extendía ante él perspectivas de grandeza, de honor, y de éxito, que los más grandes potentados de la tierra quizás hubieran envidiado. Su corazón en sus aspiraciones más elevadas aún no había soñado de esplendor moral y de posibilidades regias, que le fueron otorgadas cuando los Covenanters lo llamaron para gobernar su reino. Aún Salomón, al aceptar una corona en la misma edad, no fue de mayor privilegio. Escocia por este tiempo fue elevada a una íntima relación celestial; el Pacto Nacional había elevado al reino en una alianza con Dios; el pueblo había sido libertado de las tinieblas, del Papado, y de la Prelacía; el Evangelio de Jesucristo cubría la nación con su luz. La Iglesia Pactante había prosperado maravillosamente durante la última década, a pesar de las tempestades que barrieron sus fronteras; sus ramas velaban las montañas, y su fruto se descollaba por encima de los valles; cada parroquia estaba adornada con una escuela, y las ciudades con colegios. ¡Qué posibilidades sublimes para un rey como cabeza de tal nación! ¡Ah, que el joven príncipe soñase mientras dormía durante la noche y viese a Dios! ¡Ah, por una visión, por una oración, y por un don, para que lo capacitara para las alturas de tal poder y privilegios gloriosos a los cuales había sido elevado! Carlos II fracasó, y cayó de estos lugares celestiales como Lucifer.

El joven rey fue coronado por los Covenanters el 1 de enero de 1651. La Corona de Escocia, centellando con piedras preciosas encajadas profundamente en el oro más puro, fue su regalo espléndido de Año nuevo. Pero el regalo fue más que una corona de oro y piedras preciosas; fue un símbolo del poder, de la riqueza, del pueblo, del Pacto de la nación, y de la honra y de una alta relación con Dios, que se le había confiado a su protección.

La coronación tuvo lugar en un invierno muerto. La nación estaba vestida como una novia de blanco. Pero el blanco en esta ocasión no era el símbolo de pureza; antes bien era la palidez de una muerte helada. Las inclementes tempestades parecían presagios de angustia; los mismos vientos ensayaban un canto fúnebre que se cantaría lastimeramente sobre montañas y páramos en los años venideros.

Una asamblea grande de Covenanters se reunió en Scone para coronar el nuevo rey. Había mucho entusiasmo, mas por debajo fluía una contracorriente profunda de duda y de temor. El Rev. Robert Douglas predicó el sermón de la coronación. El rey escuchó palabras profundas, penetrantes y prácticas del Libro de Dios. El Pacto y la Liga Solemne fueron leídos. El le dio su asentimiento con una rebosante vehemencia. Archibald Campbell, el Marqués de Argyle, un Covenanters y estadista prominente, luego tomó la corona en ambas manos, y elevándola por encima del príncipe con gran solemnidad, la colocó sobre su cabeza, seguido el acto con una exhortación apropiada. Mientras que el juramento de oficio se administraba, el príncipe arrodillado en aparente humildad, y levantando su mano derecha en una apelación solemne a Dios. En este punto pronunció el portentoso juramento ante la presencia del pueblo: «Por el Dios Eterno y Todopoderoso, que vive y reina para siempre, observaré y guardaré todo lo que se contiene en este juramento». También dijo: «No tendré enemigo alguno, mas que los enemigo del Pacto - no tendré amigo alguno, mas que los amigos del Pacto». Así el rey Carlos II llegó a ser un Covenanters radical por profesión y por protesta en la manera más solemne. El tiempo demostró su hipocresía criminal.

El Parlamento inglés, después de la ejecución de Carlos I, había pasado un acta que el proclamar a este príncipe como rey se constituía traición. Los Covenanters, habiendo así elevado a Carlos al trono, ahora tenían que liquidar cuentas con Inglaterra en el campo de batalla.

Oliver Cromwell invadió Escocia con una fuerza poderosa, determinado a derrocar a Carlos II. Los Covenanters se unieron en defensa de su rey. El Gen. Alexander Leslie una vez más estaba al mando. Los dos ejércitos pronto se hallaban frente a frente, pero vacilaron en atacar. Ambos ejércitos eran soldados de la cruz; ambos habían luchado a favor del Pacto y de la Liga Solemne; la oración se elevaba continuamente de ambos campamentos; el cantar los Salmos despertaba el espíritu heroico en cada uno. No debemos maravillarnos si temían el golpe de batalla. Por fin el Gen. Leslie bajó de su posición de estrategia, y Cromwell ordenó un ataque. Los Covenanters fueron obligados a huir con terrible matanza.

Que si el Dulce Cantor de Israel [David] hubiera estado en el campamento después del estruendo de armas, indudablemente habría repetido su lamento: ¡«Cómo han caído los poderosos, y las armas de guerra han perecido»! ¡Los Covenanters derrotados! ¡Cómo! ¡Por qué! Ah, había un Acán en el campo. El rey ya había cometido perjurio y deslealtad en el Pacto. Su perjurio había arruinado la nación, y sacudido el ejército. Hasta ahora Dios había dirigido a los ejércitos de los Covenanters; habían ganado fácilmente victorias, y a veces triunfos sin sangre. Pero ahora el Señor retraía Su espalda del estandarte desplegado a favor de Su Corona y de su Pacto.

El terrible desastre envió un lamento por toda Escocia. La pena fue grande y los exámenes penitenciales profundos. Los piadosos y devotos preguntaban al Señor para saber la causa de Su ira y cómo ser librados. Los ojos de muchos fueron abiertos para ver la sombra de mayores calamidades que se acercaban. Argyle, Johnston, Rutherford, Gillespie, y otros de espíritu semejante, vieron en la última batalla el golpe del Señor por los pecados de la nación. La ira de Dios, como un relámpago, había herido ese campamento y miles yacían muertos. Mayores retribuciones se acercaban; sólo el arrepentimiento podría salvar el país.

El rey procuró recuperar su ejército quebrantado. Levantó su estandarte en Stirling. Su ejército fue pequeño; necesitaba más hombres. Hasta ahora el ejército había sido reclutado de los hogares de los Covenanters; el ejército consistía de los hijos resueltos del Pacto. El Parlamento escocés en años pasados había estipulado una ley llamada el «Acta de Clases», por la cual sólo los que habían tomado el Pacto tenían derecho a posiciones en el gobierno, o puestos en el ejército. La habilidad estadista de los padres escoceses era profunda; su sabiduría militar procedía de arriba. El gobierno civil es don de Dios para con los hombres. ¿Por qué confiarlo a otros que no son de Su pueblo? El poder militar debe proteger este encargo. ¿Por qué confiar este depósito a otros que no son los siervos leales del Señor Jesucristo?

El rey hizo revocar el Acta de Clases con el fin de aumentar su ejército. Multiplicó sus tropas, pero olvidó «La espada del Señor, y de Gedeón». Trescientos pueden ser mejores que treinta mil. Aceptó la batalla una vez más contra Cromwell, sufrió una derrota terrible, escapó del país y permaneció en exilio nueve años. ¡Pero todo honor al Gen. Leslie, y a otros oficiales fieles, que se negaron servir después de que las filas del ejercito fueron llenas con hombres que ni temían a Dios ni tomaban en cuenta Su Pacto!

¿Encontraremos aquí una lección para aplicarla a nuestros corazones? El Pactar con Dios es, posiblemente, el privilegio más grande en la tierra; el quebrantar un pacto o perjurar es, posiblemente, el pecado más peligroso. ¿Puede haber algo peor? El que quebranta un pacto destruye muchas cosas buenas; trae la ira de Dios sobre él mismo, y se acarrea derrotas, penas, y penas sobre aquellos que él representa.

 

Tiempos de Sacudimiento — 1653 d. C.

 

Ahora entramos al período más solemne en la historia de los Pactantes o sea los Covenanters. Hasta ahora hemos estado en la línea de batalla. Todo lo que hemos observado nos ha estado dirigiendo a una la lucha desesperada y sangrienta, que duró veintiocho años, a un precio que costó caudales de sangre y sufrimiento indescriptible, mas finalmente teniendo como resultado una herencia rica de libertad, de luz, y de religión, que ahora gozamos.

Oliver Cromwell, habiendo derrotado al rey Carlos, gobernó a Escocia por cinco años. El fue titulado como «Lord Protector», pero en realidad fue un Dictador. El gobierno estaba centralizado más que nunca en ese hombre. Muchas calidades extrañas se mezclaron en este autócrata austero, algunas de las cuales llaman nuestra admiración. Era severo y penosamente severo, aunque mucha sagacidad y justicia caracterizaron su administración. Durante su dominio las Iglesias Reformadas en sus propios reinos y en el Continente fueron por él defendidas heroicamente. El llegó a ser, en la mano del Señor, «la sombra de un gran peñasco en una tierra calurosa». Los perseguidos hallaron refugio bajo su sombra, en la providencia del Señor. Vengó la masacre de los protestantes en Irlanda, detuvo la persecución de cristianos en el Continente, y le dio a Roma la alternativa, de dejar su obra de matanza, o atenerse al trueno de sus legiones ante sus puertas.

La Iglesia de los Pactantes (Covenanters) por otra parte tuvo una experiencia muy excepcional en las manos de Cromwell. En una manera despiadada y despótica disolvió la Asamblea General, eliminó el Tribunal Supremo [Asamblea General] de la Casa [Iglesia] de Dios por un periodo de más de treinta y cinco años. La reunión previa a este acto de violencia se había llevado a cabo en pleno verano de 1653. Los ministros y los ancianos habían venido de todas partes de Escocia, para tomar consejo, o más bien en debatir, con respecto al reino del Señor Jesucristo. El aire salubre y acogedor del cielo de Edimburgo se había unido con los intereses sagrados y alentadores del Evangelio para despertar todo lo que era noble y divino en cada corazón. El Moderador dirigió reverentemente la Asamblea en oración y constituyó el tribunal eclesiástico en la manera más solemne en el nombre de Jesucristo. Tal oración debería agobiar el alma con la presencia de Dios, cargar la conciencia con responsabilidades, hacer el mundo espiritual portentosamente visible, y traer los siervos de Dios ante Su tribunal.

La primera sombra que oscureció la Asamblea General fue la discusión de «El Compromiso». Dos hombres sin escrúpulos - uno de ellos un Covenanter - habían hecho un acuerdo secreto con Carlos I en su cautiverio. Ellos habían prometido elevarlo de nuevo, si fuese posible, en su trono; él había prometido a cambio favorecer el Presbiterianismo por tres años. «El Compromiso» despertó discusiones serias y violentas en la Asamblea. El elemento de contienda había entrado ahora en el Tribunal Supremo de la Casa de Dios, y la tendencia decadente fue deplorablemente rápida.

La siguiente aflicción fue la abolición de «El Acta de Clases». «El Acta de Clases» protegía todos los puestos de confianza en el gobierno y en el ejército. Nadie más que los que expresaban simpatía al Pacto Nacional tenía derecho a puestos de confianza. He aquí un estado inigualable en asuntos civiles; el mundo nunca había visto cosas semejantes. Esto fue un avance maravilloso hacia el Milenio. Los padres son dignos de todo elogio por este esfuerzo nunca antes visto de construir el gobierno nacional sobre el verdadero fundamento de la voluntad de Dios, y administrado por hombres bajo Pacto con Jesucristo, el REY DE REYES. Este fue el primer intento de erigir un gobierno cristiano, en el cual el temor de Dios debería extenderse a cada departamento y caracterizar a cada funcionario público. La disolución del «Acta de Clases»encerraba un gran asunto moral que la Asamblea General tenía que confrontar. En una manera inexplicable, la Asamblea fue dividida en esta discusión; el debate se volvía más intenso y más amargamente apasionado. La mayoría favoreció la disolución, así abriendo de par en par las compuertas de debilitamiento moral en puestos públicos. Estos fueron llamados los «Resolutioners» o Resolucionistas, porque en efecto esta era la resolución que ofrecían, y que apoyaban: la minoría fue llamada los «Protesters» o Protestadores, porque protestaban contra esto.

Los Resolutioners se volvieron cada vez más tolerantes. Ellos podrían haberse estremecido por ser llamados extremistas y rígidos; ellos podrían haber procurado ser tenidos como comprensivos y caritativos. Se debilitaron en principios morales y en influencia, por consiguiente perdieron su poder y posición cuando fueron probados por los fuegos de la persecución. Finalmente se deshicieron y desaparecieron entre los enemigos del Pacto, como hojuelas de nieve que caen en el fango.

Los Protesters fueron los Covenanters que continuaron con el Señor Jesucristo en Su Tentación. Cuando el Pacto demandó mártires, ellos fueron los mártires. Cuándo la causa de Cristo demandó testigos, ellos fueron los testigos. Ellos dieron su testimonio con una voz clara, y lo sellaron con su sangre. Estos son los que ahora cuyo sendero carmesí seguiremos, si es la voluntad de nuestro Señor Jesucristo, hasta que lleguemos a uno de los últimos en la lista de honor de Escocia - el agradable, joven e inocente James Renwick.

Dios requiere que Su Iglesia reciba, proclame, y defienda la verdad, toda la verdad, y nada más que la verdad, como está en el Señor Jesucristo. Esta obligación es de gran peso, y el deber difícil, pero ninguna exoneración se concede de esta obligación. La Iglesia que sostiene la mayor parte de la verdad debe atraer a la mayor parte de las personas; la Iglesia que abandona cualquier verdad por cualquier razón resultará incompetente para almas sinceras. La organización que abarca la medida más grande de la Palabra de Dios es la Iglesia más grande; la que contiene la más pequeña es la más pequeña. «De manera que cualquiera que quebrante uno de estos mandamientos muy pequeños, y así enseñe a los hombres, muy pequeño será llamado en el reino de los cielos». Estas son las palabras del Señor Jesucristo. Ante sus ojos una Iglesia se mide, no por el número miembros, sino por la verdad que profesa, que representa, y que proclama.

 


Un Mártir Ilustre – 1660 d. C.

 

Archibald Campbell, el Marqués de Argyle, fue el primer mártir que sufrió bajo la mano del rey Carlos II. Por veintidós años este ilustre noble estuvo siendo instruido en manera especial para recibir los honores de un mártir. El llegó a identificarse con los Covenanters en la Asamblea General de 1638. De ese tiempo trajo consigo su influencia, riqueza, poder, y posición al servicio de su Señor del Pacto, y llegó a ser poderoso en la causa de Dios. El maduró muy temprano en sus convicciones y fue santificado por las experiencias, que le adquirieron la distinción más alta concedida a mortales - el martirio. Estaba en la flor de sus años, en la cumbre de su carrera terrenal, cuando dio su vida por la causa de Cristo. El fue un verdadero guerrero; cada gota de su sangre estaba saturada de heroísmo. Al confrontar la muerte sintió el latido del espíritu militar, pero lo suprimió y dijo serenamente, «podría morir como un romano, pero quiero morir como un cristiano».

Cuándo Cromwell había debilitado a Escocia, procuró convertir a la Iglesia Pactante al congregacionalismo. Aunque él poseía algunas calidades nobles, sin embargo este trabajo ignominia se llevó a cabo con los métodos del musulmán - con la Biblia en una mano y con la espada en la otra. Una resolución a favor del congregacionalismo se introdujo en la Asamblea General de 1652. Esto fue rechazado. La supresión militar de la Asamblea en su próxima reunión fue la amarga venganza de Cromwell. Sin embargo no dejemos de tomar en cuenta la mano de Dios en el derrocamiento del Tribunal Supremo [Asamblea General] de Su Casa. Al igual que con el Templo en Jerusalén antes de su destrucción, este Templo ya estaba desolado; la gloria había partido antes que la tempestad de la ira divina lo hubiera herido. La resolución de los Resolucionistas, en unos años atrás, que favorecían la revocación del «Acta de Clases,» fue una violación indiscutible del Pacto, y los procedimientos en la Asamblea con esto se habían degenerado a debates amargos. La Asamblea había perdido su poder para bien, y por consiguiente también su derecho de existir; esta parte del candelero dorado había agotado su aceite y Dios removió la parte inservible.

Cuándo Cromwell murió la nación experimentó una reacción extraña. Los políticos de los dos reinos, Escocia e Inglaterra, retrocediendo de la disciplina severa del «Protector,» se emprendieron a todo tipo de libertinaje y disipación. Un clamor para hacer volver el disoluto rey Carlos II barrió el país de Londres hasta Edimburgo. Aún los Covenanters eran enérgicos en el llamamiento del monarca desterrado. Estos determinaron en no ser los últimos en hacer volver al rey. Sin embargo, ellos le renovarían su lealtad sólo a condición de que él renovase el Pacto junto con ellos. Desde Francia, donde había encontrado refugio, llegó su respuesta seductora, «Soy un rey Pactante». Fue recibido con calurosas manifestaciones.

El rey Carlos organizó su gobierno en Escocia al colocar inmediatamente en poder a los enemigos más malignos de los Covenanters. Dentro de un mes estaban listos para ejecutar a cualquiera que quisiesen. El Conde de Middleton fue el funcionario principal. Mientras que se hallaba distraído por la bebida, divulgó las instrucciones secretas del rey, confesando que se le había encargado hacer tres cosas: (1) Abrogar el Pacto; (2) Decapitar al Sr. Argyle; (3) Envainar la espada de cada hombre en el seno de su hermano.

El Sr. Argyle era en aquellos tiempos uno de los grandes hombres de Escocia, si no el más grande. Fue reconocido en el Concilio como alguien que sobrepasaba a sus contemporáneos, en excelencia personal, en un espíritu desinteresado, en honradez y en habilidades ejecutivas. El era un consumado erudito, un estadista magistral, un propietario rico, un soldado valeroso, y un fiel Covenanter. Sus magníficas propiedades yacían en Argyleshire, donde las montañas están rodeadas con lagos en la manera más atractiva. Los paisajes son encantadores. Pero la esplendidez más grande de mil hermosos atardeceres se desvanecen con el recuerdo del famoso Sr. Argyle, de él mismo, de su esposa y de sus niños; su hogar, su altar familiar, su Pacto y su martirio. ¡Que grandiosidad incomparable donde tales recuerdos sagrados extienden sus colores!

Cuando Carlos II fue elevado al trono, diez años atrás, el Sr. Argyle tuvo el honor de poner la corona sobre su cabeza. El rey en aquel momento le disimuló gran amistad y respeto. Pidió consejo del Sr. Argyle y lo recibió en aparente humildad y con un aprecio manifiesto. En cierta ocasión se quedó con él casi toda la noche en oración, para prepararse y estar bien dispuesto para gobernar el reino. Aún procuró la mano de la hija del Sr. Argyle para matrimonio. Tal era la intimidad anterior del rey para con el Sr. Argyle. Pero una vez que volvió ascender al trono, Carlos II determinó aplastar los Covenanters, y el Sr. Argyle fue su primera víctima.

Cuándo Cromwell estaba conquistando a Escocia, el Sr. Argyle luchó contra él al punto que resistencia adicional era inútil. Aún cuando tuvo que rendirse se negó firmar la declaración de rendición, pero concordó en mantener la paz. Este acuerdo con Cromwell fue la acusación principal que se levantó contra el Sr. Argyle. Fue juzgado y condenado. La sentencia contra él se declaró el sábado; fue ejecutado en el siguiente lunes. El se defendió asimismo elocuentemente. Era una escena sumamente trágica - este hombre sereno, inocente y digno, mirando la cara de sus acusadores e imponiendo respeto con su defensa valerosa, y con una apelación conmovedora para recibir justicia. Puesto de rodillas recibió su sentencia: la muerte por decapitación, su cabeza puesta encima de una de las puertas de la ciudad, como una advertencia horrible a todos Covenanters. El Sr. Argyle se levantó de sus rodillas y mirando a sus asesinos judiciales, dijo serenamente, «Tuve el honor de poner la corona en la cabeza del rey, y ahora él me apresura para obtener una mejor corona que la que él posee». La causa verdadera de su muerte fue su devoción al Pacto, y a las amonestaciones solemnes que había propuesto al rey.

Su esposa, al oír el decreto de muerte, corrió a su prisión. «Ellos me han dado hasta el lunes para estar contigo,» dijo él. La agobiada mujer fue vencida. «El Señor lo demandará; el Señor lo demandará;» dijo ella con agobio estremecedor. «¡Desiste, desiste!» contestó el Sr. Argyle, «pues en verdad yo me compadezco de ellos: no saben lo que hacen». Fue lleno de gozo inexpresable al pensar que honraría a Cristo con su sangre. El temor a la muerte había desaparecido. El cielo estaba tan cerca; la gloria estaba por desbordarse sobre él; pronto vería al Señor cara a cara. Se acercó a su ejecución como un príncipe a su coronación. Este fue el Esteban de ese tiempo, y ésta la persecución que dispersó a los Covenanters.

 


Resistiendo hasta la Sangre – 1661 d. C.

 

El rey Carlos había puesto al Sr. Argyle a muerte. La cabeza de este noble martirizado había sido colocada encima de la puerta principal, llamada el Puerto de Netherbow de Edimburgo. Allí permaneció cuatro años, para la curiosidad y asombro de la gente en la claridad del día y en la oscuridad de la noche. Y sin embargo el espectáculo tenía sus atracciones. El ceño amplio y el semblante benévolo retenían todavía la expresión de bondad y de grandeza. Las características bronceadas por el sol y los cabellos sacudidos por el viento, la cara inmóvil y los labios silenciosos, llamaban en una manera conmovedora la atención de los que pasaban por allí. Muchos corazones fueron ablandados, muchos ojos fueron humedecidos, muchos pensamientos solemnes fueron despertados.

La muerte del Sr. Argyle sólo despertó el espíritu feroz del rey. El tigre había gustado sangre; ahora quería beber en abundancia del diluvio carmesí y saciar su corazón cruel. Con odio vengativo extendió su mano a Samuel Rutherford, el venerable ministro de Anwoth. Ni la salud débil ni los cabellos plateados pudieron tocar la compasión del rey. Una piedra nunca late con bondad. Pero antes de que el oficial extendiese su mano sobre este hombre de Dios, su Señor y Amo se lo llevó al cielo.

James Guthrie de Stirling, un ministro distinguido de Cristo, fue el siguiente sobre quien el rey fijó sus ojos crueles. El Sr. Guthrie fue arrestado y puesto en la prisión para aguardar ser juzgado por «alta traición». ¡Alta traición! ¿Qué fue alta traición en aquellos tiempos? ¿Qué había hecho el Sr. Guthrie para merecer el disgusto mortal de rey? He aquí el resumen de sus crímenes:

El había escrito y había publicado un mensaje a la nación, titulado «Las Causas de la Ira de Dios», indicando las muchas violaciones del Pacto, y exhortando al arrepentimiento.

La Asamblea se había reunido el año pasado en esta misma manera devota y solemne, pero los negocios del Señor Jesucristo pronto degeneraron en una discusión amarga y perjudicial, que duró dos semanas y terminó en confusión. El debate evidentemente ahora debía ser renovado con amargura y vehemencia adicionales que se habían acumulado durante el año siguiente. Los ministros y los ancianos convocaron, los asuntos del día que estaban en camino, cuando de repente la Asamblea presenció lo inesperado — un regimiento de soldados se hallaba en el cementerio de la Iglesia. Cromwell los había mandado. Los soldados, en uniformes brillantes y encrespados con espadas y fusiles, infundieron asombro en los corazones de los delegados. El coronel ordenó que saliesen de la casa. Ellos salieron delante de los soldados y, siendo acompañados más allá de los límites de la ciudad, fueron enviados a casa, para no volver, bajo pena de castigo.

La Asamblea General había caído en un estado de amarga disensión - la trampa de Satanás. Había dos partidos y ambos tenían casi el mismo número de seguidores. Su poder para el bien fue neutralizado mucho tanto el uno como por el otro; su influencia para hacer daño era incalculable; el efecto nefasto se extendió como una sombra fulminante sobre la tierra. Los dos partidos, al principio, se distinguían principalmente en los métodos empleados para alcanzar el mismo fin. El uno era gobernado por la conveniencia; el otro por principios. La conveniencia atrajo a la mayoría; por principios fue adoptado por los demás. La mayoría rebajó las obligaciones del Pacto; la minoría se apego al espíritu y a la letra del acuerdo sagrado. El partido que tenía el poder precipitó las condiciones espantosas. Esto hizo por violaciones repetidas del Pacto. La responsabilidad para las acciones ignominias, y por el fin vergonzoso de la Asamblea, debe atribuírseles aquellos que hicieron la discusión una necesidad moral.

El debate continuó año tras año a punto que todos los demás intereses en la Asamblea General fueron oscurecidos por este. La voz de la Iglesia, en otro tiempo poderoso en ser una guía en asuntos públicos, ahora era despreciada; los acentos de las voces eran roncos, lúgubres y alarmantes, que hacían correr fría la sangre. Luego llegó Cromwell y disolvió la Asamblea como cuando alguien apaga una vela. Ésta había estado emitiendo humo mal oliente pero con poca luz. ¿Nos sorprendemos que Dios le permitiera extinguir la chispa ruidosa?

Los Protestadores defendieron todo lo que el Pacto encerraba. Al Pacto le daban mucha importancia en su conciencia; temblaban ante sus infracciones. Ellos miraban en las violaciones del Pacto la ira de Dios contra sí mismos, contra la Iglesia, y contra la nación. Ellos creían que nada podría compensar las pérdidas que se acarreaban al abandonar el Pacto. Ellos confiaban en Dios con una fe absoluta; no acudirían a la conveniencia para nada; no se acomodarían a ningún precepto, no, ni siquiera por las ventajas más grandes. Ellos sabían que Dios traería paz, victoria, y prosperidad a su país por medio del Pacto; y que El traería también derrotas, penas y desolaciones por sus violaciones.

Este fue un cedro de Líbano, un árbol escogido de Dios, distinguido por su gracia, por su fortaleza, y por su eminencia, elevándose por encima de los árboles del bosque. Por lo tanto, el primer estallido cayó sobre él con una fuerza mortal. Luego descendió la tremenda tempestad sobre los árboles inferiores, y ahora el monte de la Casa de Dios se hallaba regado de ellos. Los próximos veintiocho años fueron llenos de lamentación, de luto y de aflicción. Observemos la condición de la Iglesia Pactante, entre tanto que esta época de horror se extiende sobre Escocia.

La Iglesia no pareció ser afectada gravemente por la eliminación de la Asamblea. El proceso fue más semejante cuando se elimina un tumor de un órgano esencial. Dios puede prescindir de las partes más excelentes de la organización de la Iglesia, cuando éstas se contagian con alguna enfermedad y ponen en peligro el sistema con envenenamiento de sangre. Durante el régimen de Cromwell, los tribunales inferiores en su mayor parte permanecieron tranquilos. Los sínodos prosperaron; los presbiterios siguieron su trabajo sin interrupción; las congregaciones gozaron de tranquilidad y descanso. La contienda que existía en la Iglesia fue principalmente entre los pastores, no entre las ovejas. Había 14 sínodos, 68 presbiterios, y 900 congregaciones, cuando la persecución empezó bajo el rey Carlos II.

Durante la administración de Cromwell el país tuvo descanso; una tranquilidad única prevaleció entre los clanes [unidades sociales guiadas por un caudillo]; había una gran calma. Los cuatro ángeles detenían los cuatro vientos de la tierra, hasta que los siervos de Dios fuesen sellados en sus frentes. El pueblo fue diligente en esperar al Señor; el Espíritu Santo descendió sobre ellos con poder, se ocuparon con gran entusiasmo en las ordenanzas de gracia. Se reunían en torno del altar familiar, en la Casa de Dios, santificaban el Día de Reposo, atendían a los Sacramentos, y se ocupaban mucho en la oración secreta. Así se preparaban sin querer para entrar en la nube imponente. La vid tomaba raíz profunda, anticipando la tempestad que se extendía en el horizonte.

La escasez de dificultades nos vuelve tiernos y pusilánimes. Los terrenos arduos y las condiciones desagradables, por las que tienen que pasar los cristianos, hacen la vida robusta, sublimen, triunfante, fructífera en toda buena obra, útil en el Espíritu Santo, y una que glorifica a Dios.

James Guthrie había predicado, había hablado, había escrito, había votado, y había protestado contra la «Resolución» y los «Resolutioners,» porque ellos habían aprobado la suspensión del Examen Moral para puestos públicos.

El había rebajado la autoridad del rey, cuando fue citado para ser juzgado por sus servicios ministeriales que sus enemigos consideraban como actos de traición.

El había defendido la supremacía de Cristo sobre la Iglesia y sobre la nación, y había cuestionado la autoridad del rey en asuntos eclesiásticos.

Por proseguir este curso, James Guthrie fue acusado de «alta traición». Pero los términos más viles del mundo y los cargos más bajos hechos por hombres a menudo se convierten en las insignias más ilustres del cielo. Las esposas con que encadenaron a Rutherford, él les llamó «oro», y su prisión llamó «El Palacio de Rey».

¿Podría Guthrie haber tomado otro curso como un ministro fiel de Jesucristo, en su alto llamado del Evangelio? ¿Acaso no era responsable por el honor de la Iglesia? ¿Acaso no se le confió la verdad, los reclamos y la gloria de Cristo? ¿Acaso no era responsable por las almas que dependían en su ministerio?

Guthrie consideraba el ministerio de Evangelio desde una perspectiva exaltada. El tenía ojos de águila para extenderse por todo el horizonte que tenía por delante, y un corazón de león para confrontar los peligros y las dificultades. El recibía sus instrucciones del Señor, y se sostenía por encima del temor de los hombres. El vivió con la Biblia abierta en su mano; su alma se deleitaba en las verdades sublimes, anchas y profundas de la salvación. Los ministros del Pacto moraban en aquellos tiempos en el pecho del Señor Jesucristo, respiraban de Su espíritu, contemplaban Su gloria, palpitaban con Su amor, y eran llevados irresistiblemente para cumplir los deberes de su alto oficio. Sirvieron como embajadores del Rey del cielo. Sólo al deshonrar su puesto, violar su conciencia, rebajar su hombría, repudiar a su Señor, y arriesgar sus almas, ministros de Cristo harían menos de lo que James Guthrie había hecho. Sin embargo él fue acusado de «alta traición».

El juicio se llevo a cabo el 11 de abril de 1661. Guthrie se presento ante de tribunal, lleno de paz y de tranquilidad. Respondió por si mismo en un discurso magistral. Sus súplicas se sintieron profundamente; algunos miembros del tribunal se levantaron y salieron, diciendo, «No queremos ver nada con la sangre de este hombre justo».

El fue instado a retractarse. Se le ofreció un alto puesto en la Iglesia Episcopal si accedía a los términos de ellos. Tales atractivos los tuvo con gran desprecio. Ni las amenazas ni las recompensas pudieron debilitar su lealtad al Señor Jesucristo y al Pacto. Las palabras finales de su defensa fueron tiernas, osadas, y sublimes:

Mis señores, mi conciencia yo no puedo rendir; pero este cuerpo viejo y loco y esta carne mortal sí entrego, para que hagáis con ellos lo que queráis, ya sea por la muerte, o por el destierro, o por el encarcelamiento, o por cualquier otra cosa. Sólo os imploro que reflexionéis bien qué provecho habrá en mi sangre. El que terminéis conmigo, o con muchos otros, no significa que terminaréis con el Pacto y con la obra de Reforma. Mi sangre, mis cadenas, o mi destierro contribuirán más para la propagación de estas cosas, de lo que mi vida o mi libertad podrían hacer, aunque viviese muchos años.

La pena de muerte se pronunció contra él. Fue condenado para ser colgado, su cabeza para ser colocada encima de la puerta de la ciudad al lado de la del Sr. Argyle. El recibió la sentencia con gran serenidad. La ejecución se fijó para el primer día de junio. A los que estaban pasando juicio sobre su caso, él respondió:

Mis señores, que esta sentencia nunca os afecte más que me afecta a mi; y que mi sangre nunca sea demandada de la familia del rey.

En casos semejantes, sin duda alguna, la esposa por su cariño llega a ser la víctima mayor. Pero la Sra. Guthrie fue fuerte en el Señor, y el grado de su valor fue semejante al grado de sus penas. Ella fue la ayuda idónea y fiel de su marido en ocasiones difíciles. En cierta ocasión cuándo el deber ponía en riesgo la vida de su marido, y él estaba en peligro de titubear, ella lo animó, diciéndole, «Mi querido, a lo que el Señor te de luz y claridad para hacer, eso haz». ¡Palabras nobles! Ningunas otra cosa más sabia o más grande podría haber salido de labios consagrados.

Poco antes de su muerte al Sr. Guthrie se le permitió ver a su hijo, Willie, cuando éste tenía cinco años de edad. El padre acarició tiernamente a su niño, quién muy pronto llegaría a ser un huérfano, y le habló palabras adaptadas para un corazón inocente. El niño quizás comprendió muy poco la tragedia terrible, ya que se encontraba jugando en la calle mientras que su padre moría. Pero el significado de esto pronto brotó sobre él con efectos melancólicos. Se dice que él nunca volvió a jugar.

La ejecución fue pública y las calles estaban llenas. Guthrie montó el patíbulo con un espíritu alegre. Habló con mucha circunspección y seriedad por una hora a la multitud inmensa que se amontonaba para oír sus últimas palabras. Luego se presentó al verdugo, quién le colocó el manto de muerte sobre su cara. Pero, como la luz de ese día brillante de junio fue excluida de sus ojos, una visión de gozo arrobador parecía penetrar en su alma. En ese relámpago de inspiración él vio Escocia: La tierra estaba cubierta con la gloria de Cristo; la paz llenaba todas sus fronteras, y la prosperidad coronaba sus industrias; las iglesias y las escuelas adornaban sus colinas y sus valles; los montes y las llanuras estaban saturados de adoradores devotos; el Día de Reposo emanaba sus bendiciones semanales; los Salmos se elevaban con música solemne en alabanza al Señor Jesucristo. La Reforma Pactante, en esa visión, era triunfante. Levantando el manto de sus ojos, él exclamó con un éxtasis de profeta, y con el grito de un conquistador:


Los Pactos, los Pactos aún revivirán a Escocia.


Así murió en la plena certeza de la victoria. Su cabeza fue puesta sobre el portón, donde permaneció muchos años. El sol bronceó el rostro, las tormentas lo herían, las lluvias lo empapaban, las nieves caían sobre él, los vientos arremolinaban los cabellos plateados, las estrellas contemplaban en silencio, la gente miraba con tristeza, pero James Guthrie era desatento de todo. Su alma estaba entre los redimidos en el cielo regocijándose en la presencia de Dios. James Guthrie había partido a su hogar para estar siempre con el Señor.

El pequeño Willie a menudo venía y se sentaba cerca del portón, mirando atentamente esa cabeza inmóvil silenciosa. El permanecía allí hasta que la noche cubría las características sombrías de su padre. El parecía estar en comunión con el espíritu del que ahora habita más allá de las estrellas.

«Willie, ¿dónde has estado?» su madre le preguntaba cuando regresaba. «He estado mirando la cabeza de papá,» él respondía tristemente. La tensión intensa agotó su vitalidad y murió a una edad temprana.

¿Tenemos una conciencia como la de los padres Pactantes? ¿Una conciencia que no se somete a hombre alguno? ¿Una conciencia que recibe instrucciones sólo de Dios? Cuando se rinde la conciencia a los hombres el alma es puesta en gran peligro.

 

La Fuente de Poder de los Covenanters – 1661 d. C.


La muerte del Marqués de Argyle fue la señal para el derrocamiento total de la Iglesia Pactante en Escocia. Él fue el principal entre los nobles que se sostuvieron a favor del Pacto en aquellos días, y James Guthrie fue el principal entre los ministros. Estos hombres poderosos se siguieron rápidamente uno tras el otro para regar la viña de Dios con su propia sangre.

El asunto ahora entre el rey y los Covenanters fue claro, directo e inconfundible, más allá de toda posibilidad de ser evadido. Ambos partidos se prepararon para la lucha decisiva; de ahora en adelante acomodamientos eran imposibles.

El rey estaba determinado a abrogar el Pacto, arrasar con el Presbiterianismo, establecer el Episcopado, y asumir para si mismo el puesto, el poder, y las prerrogativas del Señor Jesucristo, como cabeza de la Iglesia.

Los Covenanters disputaron su derecho a estos reclamos arrogantes en cada punto. Desafiaban especialmente su autoridad sobre la Iglesia, y testificaban contra su presunción blasfema. Miraron con horror cuando intentó arrebatar la corona de Cristo, que él mismo quiso llevar encima. Esto ellos resintieron y resistieron considerándolo como traición contra el REY DE REYES. Ellos no iban a someterse a un hombre que se revestía con la supremacía de Cristo; ese manto del sacerdocio real no puede ser llevado por hombre mortal.

Los Covenanters se volvieron fervorosos y valientes en la defensa de la independencia de la Iglesia. Cuando estos dos líderes, Argyle y Guthrie, habían sido sacrificados, sus enemigos pensaron indudablemente que el pueblo sería como ovejas dispersadas sobre montes sin pastor. Pero el Buen Pastor estaba siempre con ellos y les dio ministros fieles, que alimentasen la multitud en medio de sus desolaciones invernales. La Iglesia Pactante tuvo hijos nobles para levantar la cabeza de su desfalleciente madre aún cuándo la persecución estaba en su cúspide.

La Iglesia de Cristo era muy amada por estos Covenanters. La miraban fascinados sobre su origen sublime, su carácter insondable, y su gloria indescriptible. Ella yacía en el corazón mismo de Dios; era la Novia del Hijo de Dios; estaba revestida con la justicia de Dios; estaba adornado con todas las excelencias del carácter Dios que le podría otorgar. La Iglesia era la habitación del Espíritu Santo. El Pacto era el lazo matrimonial que la une a su Señor y Marido. El amor de los Covenanters por la Iglesia del Señor Jesucristo surgió en llamas de celos cuando vieron a un mero hombre, un hombre disoluto y pecador, procurar atraer su corazón y enajenar su cariño de su Señor y Rey. Ellos no lo iban a soportar. El honor y pureza de Él les era de más valor que la vida misma.

El testimonio de los Covenanters contra las injusticias hacia la Iglesia era tanto conmovedor como apasionado, extendiéndose desde súplicas lagrimosas y tiernas, hasta denuncias atrevidas y directas. A veces hablaban con humildad y esperanza, como si estuviesen sobre el Monte de las Bienaventuranzas; en otras ocasiones con severidad y tristeza, como si la voz viniese desde la cumbre ardiente del Monte Sinaí. Su elocuencia en el puesto sagrado igualaba a la mansedumbre de la paloma y al terror del trueno; destilaba como la gota de rocío y hería como relámpago directo. La espada de acero bruñido manejaron para propósitos justos en defensa propia, y la espada de la Palabra emplearon con resultados palpables en la guerra espiritual por su Señor y por Su Iglesia.

La fuerza que los Covenanters poseían y empleaban en combatir por los derechos de la Iglesia, y por las prerrogativas de su Señor, asombran la mente observadora. Sus fuerzas eran siempre suficiente, nuevas cada mañana, refrescantes a cada hora, inagotables bajos las más grandes fatigas, y poderosas para ganar victorias morales por doquiera. ¿De dónde procedía este poder? ¿Cual era su fuente?

Expliquemos como queramos la fortaleza, la inspiración, el entusiasmo, el propósito exaltado, la esperanza indestructible, y la fe inconquistable de los Covenanters bajo el trato cruel y la persecución prolongada que soportaron, debemos llegar a la conclusión que su fortaleza residía en su unión Pactante con el Señor Jesucristo. Estando así unidos a Él, la fuerza de Dios era su fuerza.

Su Pacto lo abrigaban con admiración sacrosanta; su carácter sagrado yacía muy cerca de sus corazones. Elevaba su conciencia ante la presencia de Dios. Su tribunal destellaba su brillo continuamente sobre sus ojos. Un conocimiento profundo de la presencia de Dios, de su poder, y de su aprobación, crecía sobre ellos. La majestad aterradora de Dios los sobrecogía. El amor sacrificatoria de Jesucristo ponía sus corazones en llamas. La Biblia para ellos estaba saturada de promesas, radiante con doctrinas, y aterradora con sus advertencias llameantes. Caminaban en los límites, muchas veces más en las regiones de otro mundo que el de éste. La gloria del Señor caía sobre ellos, al punto que algunos de ellos se veían obligados a clamar, «Detente Señor; basta, es suficiente». ¡Sus pruebas los llevaban a los brazos de su Padre; y, ah, cuán dulce era yacer en Su pecho cuando tenían frío y hambre, fatiga y dolor, en medio de las penalidades de este mundo!

¿Pero fue esta la condición afortunada de muchos, o solamente de unos pocos, en aquellos días de triste adversidad? ¿Y qué de los 100,000 Covenanters que sufrieron en sus hogares, o anduvieron errantes por los montes, o se escondieron en cuevas? Tenemos el registro de unos pocos solos, pero estamos persuadidos que muchos otros gozaron de una porción semejante del abundante amor de Cristo. La promesa de Dios siempre ha sido segura: «Según tus días, así serán tus fuerzas» [Deut. 33:25]. Días aterradores traen fortaleza extraordinaria. El Señor obtuvo una gran cosecha en esos tiempos, de ministros y de pueblo, hombres y mujeres, padres e hijos - una generación de valerosos ilustres.

Samuel Rutherford fue uno de ese ejército poderoso. Su vida descubre el secreto y la fuente de la fortaleza de los Covenanters. El era un hombre de pequeña estatura, incapaz para soportar penalidades. Era de un aspecto agradable, que indicaba gentileza y un corazón tierno. Desde muy temprana edad fue arrojado sobre la tempestad de las dificultades. Una esposa inválida ocupó su atención más compasiva que también recibió con cuidado supremo. Sus niños fueron puestos en pequeñas tumbas, uno tras el otro hasta que sólo le quedó una hija pequeña. El perseguidor lo expulsó de su hogar, de la Iglesia y de su pueblo, para vivir expatriado en una ciudad hostil. A los sesenta y un años, la ira de Rey Carlos II cayó sobre él y su vida le fue demandada, pero Dios lo libró de la horca.

A través de todas estas pruebas el corazón de este pequeño hombre, de voz destemplada, con paso ligero, y con mirada rápida, fue siempre un manantial de alegría y de alabanza. Parecía vivir en el corazón mismo de Dios, caminaba mano a mano con Jesucristo, y estaba envuelto continuamente en las llamas del amor más sagrado. Se dice que se levantaba a las tres de la mañana para pasar cinco horas en oración y en el estudio de la Palabra para prepararse para el trabajo del día. Parecía siempre convivir entre su rebaño, sin embargo estaba siempre preparado para el púlpito.

Este ministro, como su bendito Maestro, podría ser visto, temprano y tarde, «saltando sobre los montes,» en su afán por visitar a su pueblo dispersado extensamente a través del país.

Mientras que andaba, su cabeza se mantenía erguida y con su rostro puesto al cielo; sus ojos recreaban en la gloria celestial. Sus meditaciones lo elevaban en desbordes de alegría en Cristo. Su Pacto con Dios elevaba su alma en la intimidad más dulce con el Señor. El Espíritu Santo descendía sobre él con gran poder y con superabundancia de dones.

Rutherford, teniendo una voz de tono alto, fue un orador pobre; pero eso no le impidió mantener multitudes atentas. Venían desde lejos para oír del amor de Cristo. Contemplaba con arrebato las visiones de la belleza de Cristo, se elevaba en arrebatos de alegría mientras que exponía la gloria de Cristo, y a veces como si se elevaba en vuelos desde del púlpito en su ánimo. Estaba tan saturado de vida, de poder, del cielo, de la gloria, y de Dios, que sus palabras y pensamientos y enseñanzas parecían cuadros, revelaciones, inspiraciones, Apocalipsis, escenas en el mundo eterno, vislumbres de la gloria de Emmanuel y de la tierra de Emmanuel.

Aquí algunos ejemplos de su intensidad espiritual tal como tomaban color y expresión de su alma:
Mi único gozo, después de la flor de mis alegrías que es Cristo, fue predicar a mi más dulce, dulce Maestro, y la gloria de Su reino.


«Por amor a Dios, mendigaría un lugar de reposo en el más caliente de los infiernos, con tal que trajese almas a Cristo.
Si mi negrura fuese revestida con la belleza de Cristo, Su belleza y santidad devorarían mi suciedad.
Los panales de Cristo dejan caer miel y corrientes de consuelo sobre mi alma; mis cadenas son oro».


Cuándo Rutherford se hallaba en su lecho de muerte, sus enemigos mandaron a traerlo para juzgarlo por conducta de traidor. Su conducta de traidor fue sólo su predicación valiente del Evangelio y proclamar la gloria de Cristo como Rey, que incluía denunciar en la manera más severa los reclamos arrogantes de autoridad del rey sobre la Iglesia. Su respuesta a la orden judicial fue, «Decidles que ya tengo una mayor cita ante un Juez Superior, y me es necesario responder a esta primera cita; y antes venga vuestro día, estaré donde pocos reyes y otros grandes vienen». Mientras que yacía muriendo, abrió sus ojos, y su visión frecuente de Cristo y del mundo de gloria prorrumpiendo sobre su alma con un sereno resplandor, exclamó: «Gloria, gloria en la tierra de Emmanuel». Con este arrebato de alegría en sus labios, se unió con la multitud de ropas blancas para tomar el cántico celestial.

La misma fuente de poder está todavía disponible. El poder viene a través de una comunión santa con Dios, una relación personal con Cristo, y la morada interna del Espíritu Santo. ¿Estamos llenos de poder en el servicio del Señor?


Expulsando a los Ministros – 1662 d. C.


“La sangre de los mártires es la semilla de la Iglesia”. En el martirio de Argyle y de Guthrie la sangre de la mejor calidad había sido derramada, y la semilla más preciosa había sido sembrada. Por lo tanto, la cosecha ciertamente será grande, el campo dará fruto a ciento por uno.

La fidelidad de Argyle y de Guthrie, su devoción a Cristo y al Pacto, volvió aparecer en centenares de nobles y en centenares de ministros por todas partes de Escocia. ¿Cómo, querer intimidar y subyugar a los Covenanters con martirio de sus líderes principales? Pero sus enemigos malentendieron sus intenciones y subestimaron su fuerza, desconociendo los principios inmortales del Pacto que los sobrellevaba en el servicio del Señor, no estimando preciosas sus vidas por amor a Cristo. ¡Los Covenanters intimidados! ¿Acaso desfallecerá el sol y menguará bajo los vientos fuertes? ¿Se marchitará el roble en la pérdida de unas pocas ramas? ¿Retrocederán los veteranos ante el primer disparo? Más bien ¿no será despertado el espíritu de combate?

Para este tiempo los Covenanters llegaban cerca de 1,000 ministros, y cerca de 100,000 comunicantes. Ellos tenían 900 congregaciones. Los ministros no eran todos firmes; la levadura de acomodamientos había estado trabajando; la mitad de ellos habían llegado a ser más o menos infectados. Ellos se habían debilitado en el Pacto y se habían rendido al Rey Carlos bajo su administración despiadada. El remolino político en sus círculos externos los estaba atrayendo lenta y sin embargo ciertamente hacia su torbellino horrible.

Los tiempos de sacudimiento habían llegado para los Covenanters. Dios sabe cómo sacudir Su cedazo para limpiar el trigo. Él no busca tamaño, sino calidad. Los números no son nada para El; el carácter es todo lo que importa. Le gustaría tener más bien a Gedeón con 300 hombres que cuadrasen con la regla, que treinta regimientos fuera de la regla. Él eligió más bien una décima parte de Israel que el todo, y cernió la nación en el cedazo de Nabucodonosor para separar el buen trigo del inferior.

La Iglesia Pactante llegó a sobrecargarse con paja, heno, hojarasca y con granos enjutos, y con meollos quebrados – a saber con niveles bajos de vida espiritual – y el Señor sacudió lo malo fuera de la Iglesia al grado que permanecer en ella era sumamente doloroso y difícil. La senda de la fidelidad estaba llena de dificultades. Dios hizo que el mantenerse leales al Pacto fuese peligroso y costoso. Los seguidores de Cristo fueron obligados a tomar la cruz y cargarla. Si desean ser leales a su Señor, ellos deben salir fuera del campamento, y llevar Su vituperio. Si desean mantener su conciencia pura, ellos deben aceptar burlas crueles, azotes, prisiones, destierros, y muerte. De esta manera Dios iba a separar para si «un pueblo propio, celoso de buenas obras». Los otros pueden ser de algún uso en grados, pero para prevenir una apostasía general y decadencia universal, Dios avienta el trigo.

¿Pero quiénes fueron echados fuera de la Iglesia Presbiteriana en el reinado de Carlos II? ¿No fueron los inflexibles, fuertes, e inconmovibles Covenanters? ¿Quiénes son éstos que han sido separados de sus hermanos, y arrojados como tamo ante el viento sobre los montes y praderas? ¿No son los defensores entusiastas de la fe Reformada? ¿No son los verdaderos soldados de Jesucristo? Para el ojo ingenuo, los escrupulosos, los grandes luchadores y estrictos Covenanters fueron arrojados fuera, mientras que los demás se quedaron en casa para distribuir la presa; el partido inestable y vacilante se quedó con la organización y con la Iglesia; el partido estricto sufrió la desintegración y fue desterrado. Pero tal vista es sólo superficial; más bien, es una visión ilusoria.

La Iglesia de Cristo no depende en la organización externa. Ella puede sobrevivir sin asambleas, sin presbiterios, o sin sesiones. Ella puede disfrutar la medida máxima del amor de Cristo sin capillas, sin multitudes, o sin propiedades eclesiásticas. Ella puede tener el poder y así prestar servicio a cualquier comunidad, sin ministros, sin ancianos, o sin diáconos.

Cuándo los Covenanters fueron expulsados por el perseguidor, la Iglesia Pactante salió al desierto, reclinándose sobre el Señor Jesucristo su Amado. Llevó consigo misma todas las cosas esenciales. Tenía la Biblia, el Pacto, la fe, los sacramentos, el Espíritu Santo, el amor de Dios, y la presencia del Señor Jesucristo. Los valles vinieron a ser sus lugares de adoración; los asientos de sus lugares de reunión eran de piedra, con púlpitos de roca, paredes de granito, el césped verde como alfombra, y sus techos el cielo azul. Una fila de piedras era su mesa sacramental, y el susurrante arroyo su fuente bautismal. Los montes estaban rodeados de huestes angelicales, y las praderas cubiertas con el maná del cielo; la bandera del amor de Cristo reposaba sobre estos adoradores, y la gloria de Dios llenaba el lugar. Tal fue la Iglesia de los Covenanters en los tiempos de la persecución.

El rey y sus consejeros en 1662 demandaron de la Iglesia Pactante lo que ningún Pactante (Covenanter) fiel y de gran respeto podría rendir. Las demandas en sustancia eran estas:

Que el juramento de la lealtad, que representaba la supremacía del rey sobre la Iglesia y el Estado, deberá ser tomado.

Que ningún ministro al predicar y orar hará mención de pecados públicos, ya sea cometidos por el rey o por su parlamento.

Que la administración de la Iglesia, hasta cierto punto en cuanto a su constitución será prelatica [Episcopal].

Que los edictos del rey y decretos del parlamento no serán cuestionados, aún a la luz de Palabra de Dios.

Que los ministros obedecerán estas demandas, o serán desterrados de sus hogares respectivos, parroquias, y presbiterios.

Tal fue el cedazo que filtró la obra. ¿Qué corazón leal podría soportar estos términos? ¿Qué ministro de Cristo, inclinado en preservar su honor y conciencia, podría retener el cargo de su iglesia? En comparación con el Pacto, todo incentivo terrenal era como paja podrida, en el juicio de aquellos cuyos ojos abrazaban el mundo de gloria y descansaban en el Señor.

Doscientos ministros Pactantes aceptaron calladamente la pena. En el último Día de Reposo de octubre, 1662, ellos predicaron sus sermones de despedida. Las iglesias estaban llenas; el dolor del pueblo era indescriptible, gemidos de corazón prorrumpían en lamentaciones fuertes. «Nunca se había presenciado un día tan triste en Escocia como cuando estos desafortunados y perseguidos ministros se despidieron de su pueblo». Otros doscientos se mantuvieron firmes y lucharon en la batalla un poco más de tiempo. Estos fueron expulsados violentamente. Así ese estallido asolador derribó cuatrocientas congregaciones de Covenanters.

El ministro con su esposa y niños salieron en profunda tristeza de la agradable casa parroquial despidiéndose de su amoroso pueblo. Vínculos tiernos fueron rotos y el cariño sacrosanto fue sacrificado; los consuelos de la vida fueron abandonados, y la seguridad, el refugio, y provisiones dejadas atrás. El ministro podría haber retenido todo esto si su conciencia no hubiese sido tan sensible. Pero el siervo del Señor no puede ser sobornado. Ofrézcasele al ministro verdadero de Jesucristo dinero, comodidades, placeres, honores, casas, tierras – todo lo que el mundo puede dar para corromper la conciencia en su llamamiento, y lo único que dará a cambio será un desdén de desprecio que congelará la sangre.

Las tempestades invernales descendían sobre el hombre de Dios y sobre su familia desamparada, mientras que pasaban a través de la propiedad eclesiástica para no volver más. Ellos salieron, sin saber a donde se dirigían. La noche puede caer sobre ellos en un lugar triste; el día de mañana puede venir sobre ellos sin techo, sin alimentos, o sin fuego para calentarse. El invierno puede conducirlos a una cueva fría, donde posiblemente una generosa esposa de algún pastor los puede encontrar, y compartir sin quejarse con ellos su balde de leche y sus bizcochos de avena. Sufrieron con gozo el despojo de sus bienes por amor a Cristo. Estimaron mejor el vituperio de Cristo que las riquezas de Egipto.

Alexander Peden fue uno de esos ministros luchadores. El predicó hasta que fue forzado a dejar su púlpito. En el día de su servicio de despedida su congregación se hallaba envuelta de pesadumbre. Alexander Peden tuvo que refrenar los gemidos de la congregación una y otra vez. Bajando del púlpito después de que el servicio terminó, cerró la puerta del púlpito y lo golpeó tres veces con su Biblia, diciendo con gran énfasis, «Te mando, en el nombre de mi Maestro, que ningún hombre entre jamás, mas que sólo por la puerta como yo he hecho». El púlpito mantuvo ese mandato solemne; nadie entró allí hasta después de la persecución; permaneció vacío veintiséis años.

Los ministros prelaticos fueron enviados para suplir los 400 púlpitos vacíos, pero el pueblo se negó a oírlos. El tiempo de predicar por los campos había llegado; los conventículos por los montes y praderas llegaron a ser la costumbre de ese tiempo.

El ministerio del Evangelio de Jesucristo – ese río de Dios que alegra la ciudad del Señor – ahora había alcanzado los lugares escarpados donde fue esparcido sobre las piedras; pero continuaba fluyendo, e incluso aumentó en tamaño y fuerza. La predicación por estos ministros en lugares desolados era poderosa, apasionada, majestuosa, como voz de trueno entre los montes, que hacía temblar el reino. Grandes pruebas producen grandes hombres.

Vivimos en una época de pocas demandas. Los ministros ahora pueden tener púlpitos y salarios en términos fáciles. Ellos pueden guardar una buena conciencia que no requiere una abnegación excepcional. No hay asuntos providenciales que ahora separe lo falso de lo verdadero. Pero la comodidad de conciencia en el ministerio de la Iglesia, y en los términos fáciles de comunión en su membresía, puede cambiar el oro de Dios y enmohecerlo con escoria, y así hacer necesario que lo pase por el horno. El Señor puede de repente traer un acontecimiento sobre Su Iglesia, que obligará a los verdaderos mostrar su verdad, y a los falsos su gran falsedad. ¿Dónde nos encontraremos cuando venga la prueba?

 


Las Reuniones en los Campos – 1663 d. C.


Middleton, miembro de la delegación del rey, había dictado a los ministros Pactantes cómo ellos deberían llevar a cabo su ministerio. Pero ellos rechazaron valerosamente su autoridad sobre su trabajo en el Evangelio. Entonces les impuso condiciones sobre las cuales su relación pastoral debía depender. Estas condiciones ya se han señalado en el capítulo anterior. Las cuales se pueden resumir en tres frases breves: un Reconocimiento de la supremacía del rey sobre la Iglesia; un Acuerdo para abstenerse de toda acusación pública del rey; un Consentimiento para llevar a cabo la adoración pública tal como el rey lo ordene.

 

Tales fueron los términos sobre los cuales los ministros Pactantes podrían continuar su trabajo. Se les dio un mes para tomar una decisión. El conflicto de intereses que probó a los famosos 400 ministros nadie conocía mas que Dios. ¡Hogar, esposa, hijos, salario, comodidad, vínculos tiernos, provisiones futuras, y el bienestar de la congregación – ah, cuánto estaba envuelto en esa decisión! ¿Podrá el marido, el padre, el pastor, el guardián levantarse y abandonar todo? ¿Podrá anular el supremo llamamiento, romper los vínculos sacrosantos, abandonar el campo y el rebaño, y salir fuera, sin saber adónde va? ¿Podrá la carne y sangre soportar una prueba tan dura?

Pero miremos por el otro lado. ¿Acaso el siervo del Señor tomará órdenes de los hombres? ¿Acaso el embajador de Dios sucumbirá para ser callado? ¿Acaso un pastor de Cristo se aferrará a su posición por algo que halle en el sartén de carne? ¿Acaso el predicador de justicia consentirá la maldad? ¿Acaso el heraldo del Evangelio de la libertad se volverá esclavo de los hombres más viles? Esa era la otra perspectiva. ¿Cuál camino tomará el hombre de Dios?

El Señor convirtió la senda de la fidelidad en un camino duro para transitar. Sólo ellos, como Caleb que siguió al Señor del todo, pudieron transitar ese camino. Para llegar a esta decisión, el amor del Señor Jesucristo tenía que nacer del corazón y correr por todas las venas, por encima del amor hacía la esposa, hijos, casa, tierras, hermanos, hermanas, o la misma vida; y debería consumir todo esto en las llamas de su ardor.

Y el Señor también hizo el camino equivocado difícil para transitar; aún intransitable para todos menos para aquellos cuyo pecado contra la luz de su conciencia lo hacía sumamente pecaminoso. ¿Qué cosa más vil, degradante, despreciable, y criminal, que un ministro de Cristo, alquilado a un poder terrenal, comprado con cosas perecederas, y dominado por hombres engañadores? Es de esta manera que Dios separa lo precioso de lo vil separándolos a gran distancia lo uno de lo otro.

En el 1 de noviembre de 1662, tres cuartos de los ministros Pactantes fueron traídos a este valle de decisión. El edicto del rey surtió efecto sobre los que habían sido establecidos como ministros en los pasados trece años; los otros, para algún tiempo, fueron eximidos. Cerca de 700, por lo tanto, se hallaban en medio del valle de decisión. De este número cerca de sesenta por ciento escogió sufrir con Cristo, para poder reinar con él; los demás, siendo de poco ánimo, permanecieron atrás. ¡Todo honor a la Iglesia que puede reunir tal numero de ministros nobles y abnegados! Estos hombres aceptaron el desafío y, como soldados, salieron al campo de batalla, diciendo, «Mantendremos el conflicto hasta vencer, o lo entregaremos en debate a la posteridad».

¡Cuatrocientos ministros expulsados de sus congregaciones! ¡Cuatrocientas iglesias dejadas vacías! ¡Cuatrocientas familias abandonadas! ¡Cuarenta mil ovejas de Dios, y tanto número de corderitos, dejados para vagar en el desierto sin un pastor! ¿Quién podrá estimar las proporciones de esta calamidad? ¿Quién podrá considerar las penas, los sufrimientos, y las grandes pérdidas, tanto públicas como personales, causadas por este acto inicuo del rey?

Pero los cuatrocientos ministros no fueron callados. ¿Quién puede callar lenguas de fuego? Ellos fueron dispersados, pero no fueron conquistados. Tomaron refugio donde se podría encontrar - bajo techos fraternales, dentro de cuevas deprimentes, por los campos abiertos y por las cumbres de los montes. Anduvieron errando sobre praderas desoladas y por cordilleras solitarias. Padecieron hambre, fatiga, enfermedad y frío. Las lluvias del verano los empapaban y las nieves de invierno los dejaban congelados. Sus vestidos eran chales y ropas raídas. Se apresuraban de un lugar para otro a fin de evadir a sus perseguidores, y dondequiera que iban llevaban sus Biblias. La Biblia para ellos en su desolación era comida, bebida, luz, refugio, comunión fraternal, – todo lo que el alma podría desear.

Estos hombres de Dios eran predicadores dedicados, amaban predicar, tenían pasión para predicar. La Palabra de Dios que los llevaba a tales excesos de sufrimiento era como fuego en huesos, una llama inextinguible; y en sus corazones era como aguas crecientes, como un río arrollador. Así como Cristo su Amo y Señor predicaba en el verano y en el invierno, en casas y en los campos, a cuantos venían a Él, así ellos le predicaban a una alma, o a diez mil.

El rey mandó cuadrillas de su ejército por el país para obligar a la gente, que había perdido a sus pastores, a asistir a los servicios de los ministros de la Iglesia Episcopal. Pero ellos se rehusaron. Los nuevos clérigos predicaban a bancas vacías en muchas de las parroquias de los Covenanters. Pero los Covenanters descubrían como por instinto los lugares de refugio de sus propios ministros, y allá acudían a oír su predicación. Viajaban largas distancias para poder escuchar el Evangelio precioso, en su riqueza y plenitud de labios consagrados. Tenían hambre por la Palabra de Dios y estaban dispuestos a soportar dificultades y peligros para poder obtener un banquete espiritual. Estas reuniones al principio fueron pequeñas; con el tiempo se convirtieron en los grandes conventículos en que miles se reunían para adorar a Dios.

Un Día de Reposo en uno de estos conventículos era un día solemne. Una vez que la hora y el lugar se habían fijado de antemano, el pueblo era notificado en una manera muy privada. Una clase de telegrafía inalámbrica parecía ser operada por los Covenanters. Las noticias se esparcían y miles llegaban al llamado. El lugar escogido comúnmente era una pradera solitaria, o bajo el refugio de una montaña desolada; sin embargo cualquier lugar era peligroso. El rey había publicado proclamaciones sucesivas contra los conventículos, y sus tropas recorrían constantemente el país en busca de ellos.

Los servicios eran por necesidad impresionantes. A la hora señalada el pueblo se hallaba en el lugar de reunión. Muchos venían de largas distancias, algunos de ellos viajaban bajo las sombras de la noche. De cada dirección se juntaban. Los padres y las madres con sus hijos e hijas estaban allí. Los jóvenes y los ancianos igualmente se hallaban llenos de celo, y las mujeres eran tan valientes como los hombres. Por el camino inspeccionaban cautelosamente el país desde las cumbres, para ver si los temidos dragoons [soldados del rey] se hallaban a la vista.

Cuando la hora para el servicio había llegado, la audiencia se sentaba sobre el césped o en las piedras. El ministro tomaba su puesto en un lugar prominente. Los centinelas ocupaban los puntos más elevados, de donde ellos podían detectar y así poder informar cuando se acercaban las tropas. La montaña extendía su caluroso refugio sobre la congregación. El sol derramaba su luz sobre ellos como la sonrisa de su Padre celestial. El cielo se extendía sobre ellos como el dosel del sublime trono de Dios. Los vientos barrían por los arbustos y sobre los crepúsculos con una frescura agasajadora. Este era el santuario de Dios hecho no con manos; aquí Su pueblo adoraba en espíritu y en verdad.

El ministro desde su púlpito de pedernal recibía su inspiración. ¡Las personas atentas, los rostros serios, los ojos refulgentes, la hora solemne, el paisaje encantador, la ocasión, los peligros, los privilegios, la responsabilidad, la presencia de Dios, la cercanía del cielo mismo – cuántas cosas no habían aquí para despertar todo lo que era noble, valeroso, y sobrecogedor en el mensajero de Dios! La elocuencia ardiente, apasionada y poderosa, que retumbaba entre esas piedras y que corría por esos arroyos, sobrepasa la descripción del más hábil periodista. Aquí el cielo tocaba la tierra; aquí la eternidad se sobreponía en el tiempo; la gloria divina se extendía sobre los adoradores. Estos fueron días cuando lo que es muy sagrado, sobrecogedor y sublime sobrecargaba las almas de hombres. Aquí aquella oratoria sacrosanta destilaba como rocío, respiraba como un aroma fragante, golpeaba como tormentas, saltaba como llamas devoradoras. Los sermones registrados de estos ministros aún se consideran como la misma médula de la literatura cristiana.

¿Tenemos el celo de estos padres por la casa de nuestro Dios? ¿Somos llevados al lugar de adoración en la hora designada por nuestro amor a Jesucristo? Una mirada al entusiasmo de los conventículos de los Covenanters ciertamente haría que la generación presente se ruborizara.

 


Tiempos de Comunión de los Covenanters – 1664 d. C.

 

El Señor Jesucristo ama a Su Iglesia con un amor que se eleva en llamas. «Tengo celos por Jerusalén y a Sion la celé con gran celo». La Iglesia es Su Esposa, Su amada, Su única; El le ha entregado su corazón a ella.

El amor de Jesús por Su Iglesia siempre ha sido intenso. Su sangre fue derramada para su redención. El amor lo trajo al altar, donde Su vida fue consumida por ella. Puso todas las bendiciones del Pacto a sus pies, puso a las huestes angelicales a su servicio, hizo el universo tributario para su bienestar, abrió el cielo para recibirla, preparó su trono a la diestra de Dios, y le dio los siglos eternos para su servicio y deleite, en Jesucristo su Señor. Y este amor nunca ha disminuido; Su voz resuena a través de los siglos, cayendo sobre oídos en los acentos más dulces, diciendo, «Te he amado con amor eterno» [Jer. 31:3].

El Señor Jesús demanda de la Iglesia un amor recíproco. Es algo que se le debe; Cristo es digno; nada menos que un amor ardiente satisfarán el corazón Divino. El apóstol, bajo el temor de que este amor naufrague, grita, «Guardaos en el amor de Dios» [1 Juan 5:21]. Cuán fácilmente la Iglesia, en su interés y celo, llega a enfriarse. Su pulso espiritual se hunde al punto que apenas se siente; las llamas desaparecen, y los carbones permanecen escondidos en sus propias cenizas grises.

Con tal condición el Señor se aflige. El reprende suavemente a Su Esposa inconstante, diciéndole, «Has dejado tu primer amor. Recuerda por tanto de dónde has caído; arrepiéntete, y haz las primeras obras». Luego en una fidelidad constante le habla tiernamente: «Pero he aquí que yo la atraeré y la llevaré al desierto, y hablaré a su corazón y allí cantará como en los tiempos de su juventud» [Óseas 2:14,15]. La Iglesia Pactante se hallaba ahora en el desierto; el Señor la había traído acá, para atraerla a El Mismo, y revivir su primer amor. Aquí El le habló al corazón las palabras que reavivaron los fuegos de aquella su devoción más temprana y más fuerte al Pacto, aquel contrato sacrosanto cuando se desposó con su Señor.

La amorosa fidelidad de los 40,000 o más Covenanters, que habían sido privados de sus ministerios por el rey Carlos, fue probada severamente. El Señor Jesús, en Su providencia crucial, fue para ellos como un fuego de refinador; el amor de ellos fue amargamente probado en el calor terrible de la persecución.

La primera pregunta que apelaba al corazón se relacionaba con la comodidad y beneficios. Sus iglesias fueron ocupadas por otros ministros. Allí la gente podía atender a la predicación, oír la Palabra, escuchar las oraciones, cantar Salmos, y recibir el bautismo y la Cena de Señor. Es cierto, los servicios estaban condimentados y adornados con detalles, que causaba repugnancia a los Covenanters, ya que carecían de fundamento bíblico. Pero, ¿acaso no podrían hallar ellos el maná oculto en la arena, y en los granos de trigo entre la paja? ¿Acaso no podrían obtener el alimento suficiente en los nuevos servicios para sustentar sus almas? ¿Acaso no podrían alcanzar el cielo por el nuevo camino tan ciertamente como por el antiguo? Tales fueron las preguntas que apelaban a su amor a la comodidad. Estos robustos hijos del Pacto dijeron, «NO.» Y lo dijeron, además, con énfasis como el relámpago que cae sobre el roble. Ellos dijeron, «La adoración pública, que no esté en todas partes según el Libro de Dios, está corrompida; nosotros no tomaremos parte en tales servicios, pues el Señor ha dicho, 'Maldito el que engaña, que sacrifica a Jehová lo dañado' [Mal. 1:14]».

La segunda pregunta era con respecto a los peligros inminentes que acompañaban a sus propios servicios. Sus reuniones se llevaban a cabo en lugares lejanos; en solitarios montes, en el aislado páramo, en los musgos pantanosos, en las cañadas oscuras, entre las piedras escabrosas, y en las cuevas lúgubres — apenas dondequiera que ellos podían encontrar un lugar para adorar a Dios en paz. Ellos no tenían techo para refugiarse, no tenían paredes para resistir los aguaceros, no tenían fuegos para calentarse. El asistir a estas reuniones envolvía grandes viajes, fatigas, hambre, malos tiempos, pérdida de sueño, temblar por el frío, en una palabra todo lo que demandaba esfuerzo físico, sin tomar en cuenta los riesgos contra la vida, libertad, y propiedad, por mano del enemigo. Estos hijos e hijas heroicos del Pacto dijeron, «Iremos; si perecemos, perezcamos; aunque El nos matare, en Él esperaremos». Estos Covenanters no se adoptaban a sí mismos a condiciones pecaminosas, ni permitían que su conciencia fuese amancillada con el amor de la comodidad. Ellos tenían mucho del espíritu del apóstol Pablo; estimaron todo como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús. Ellos no consultaron con carne y hueso; ni con su propia carne, que a menudo era consumida con el hambre, con la fatiga, y con el dolor; ni con su propia sangre, que era rociada con frecuencia en el pasto y mezclada con los arroyos de los montes.

Los conventículos, que se llevaban a cabo en estos lugares desiertos, fueron de gran solemnidad mayormente los servicios de comunión. Muchas de las personas viajaban de noche hacia el lugar escogido, ya que tropas de soldad-os asechaban el país para matarlos, y el viaje de día era muy peligroso. Ellos por lo tanto proseguían su sendero a la luz de las estrellas, o bajo la luz de la pálida luna. Venían de toda dirección, y como corrientes concurrían al lugar designado, y se extendían como la marea cuando se desborda. A veces llegaban al número de 5,000, y más. Hombres y mujeres, jóvenes y ancianos, venían y se sentaban en el ancho pasto verde, en silencio y con una seriedad inusual. Los hombres en sus faldas escocesas, y con sus gorras; las mujeres envueltas en sus chales con ropa sencilla; los niños y las niñas con sus rostros radiantes, y vestidos con sus mejores vestidos — todos reunidos, sentados en el pasto o sobre las piedras. ¡Qué cuadro tan inspirador al ministro, que mientras abría su Biblia observaba los rostros serios y captaba el destello de esos ojos ansiosos!

El sábado era el día de Preparación para el servicio de Comunión. Los servicios de preparación a veces duraban hasta la puesta del sol. Varios ministros por lo general asistían para ayudar. Por la noche los ancianos de gran respetabilidad y seriedad se reunían en grupos, bajo la sombra de una piedra, o en una cueva, o al lado de un arroyo, y pasar horas en oración. Con el alba del Día del Señor el pueblo era despertado, y pronto volvían aparecer en el lugar designado. Entonces comenzaban los servicios solemnes que elevaban sus almas al cielo con alegría y gozo, y que los llevaban a la presencia gloriosa de Jesucristo.

Podemos formarnos una idea de la majestuosidad de estas ocasiones, por los monumentos que aún se ven en partes de lugares sagrados donde los servicios de Comunión ser llevaban a cabo. Algunas piedras cerca del pueblo de Irongrey permanecen como testigos de estas solemnidades inspiradoras. Las piedras evidentemente se hallaban en este lugar, como testigos de las obras maravillosas de Dios y de Su pueblo, en los días de los conventículos. ¡Ah, que éstas pudiesen hablar! Este lugar está en el pecho de un monte. Aquí encontramos un campo abierto, como un anfiteatro, lo suficiente grande para sentar a miles. En este terreno hay dos filas de piedras cada fila lo suficiente altas para asientos, y lo suficiente grandes para acomodar a cincuenta personas. Entre éstas, otras piedras se hallan puestas verticalmente, que evidentemente sirvieron como tablones, en donde el pan y el vino fueron puestos para los comunicantes. A una distancia de más allá están otras dos filas de construcción semejante. Éstas sirvieron para sentar a 200 en un servicio de comunión. En cierta ocasión, se dice, que dieciséis mesas fueron servidas, el número de comunicantes en ese día fueron no menos de 3,000.

Al final de estas cuatro filas se halla una mesita de piedra, de donde, sin duda, el ministro repartió el pan y el vino al pueblo. Aquí él dio los discursos sobre la comunión, que fueron tan dulces y refrescantes a estas almas fatigadas. Qué días solemnes estos deben haber sido. Los corazones hambrientos encontraron un banquete en el desierto. Los manantiales de salvación se desbordaban; las sagradas palmeras de las ordenanzas impartían su dulce perfume, extendían su sombra, y daban su fruto, a estos seguidores del Cordero. La presencia del Señor se sintió profundamente. Estos Covenanters adoraban aquí en espíritu y en verdad. Sus oraciones se elevaban en las alas de los vientos; el sonido de los Salmos mezclados con el cántico de las aves y el bullicio de los arroyos. La elocuencia del predicador — ahora elevándose como tempestad, ahora descendiendo como llovizna primaveral — ahora consolando al triste, ahora despertando al fuerte — ahora exhibiendo la belleza de Jesucristo, ahora representando las miserias del perdido — en tonos variantes de ternura y de poder, resonando por las laderas, y desapareciendo a lo lejos. Algunos de estos sermones todavía están impresos.

Estos días han sido considerados, por ciertos escritores, como los días más grandes de la Iglesia desde los tiempos de los apóstoles. ¡Cuán brillante y refrescante fue este resplandor derramado de los cielos espirituales sobre estos Covenanters! El desierto se regocijó y floreció como la rosa. El cielo estuvo muy cerca. Uno que sobrevivió la persecución dijo, que si él tuviese que vivir su vida de nuevo, él escogería estos años.

 

El Hogar Invadido – 1665 d. C.


El hogar, por institución Divina, es un refugio de descanso para el padre fatigado, un palacio de honor para la madre virtuosa, un castillo de protección para niños indefensos. ¡Cuán sagrado, agradable, y ennoblecedor es el hogar cristiano, cuando es modelado según el patrón divino! Es un pequeño paraíso, un cielo en miniatura, un vestíbulo de la habitación eterna; está al frente de las fronteras del mundo de gloria.

El hogar de los Covenanters en aquella época en su mayor parte fue la residencia de la virtud y de la inteligencia, del consuelo en el Espíritu Santo y de la gracia abundante en el Señor Jesucristo. El conocimiento de Dios fue la luz que habitaba en el hogar. El idioma del Catecismo Menor era la lengua materna; los niños se les alimentaba con los Salmos y con su sopa; el altar familiar era esencial; la Santa Biblia era apreciada más que el pan diario, y las poesías del Rey David más que carnero asado. La oración del padre en el hogar era esencial para el hogar como el mismo aliento; la voz de los padres y niños se mezclaban por la mañana y por la tarde en la adoración de Dios.

Para la familia que guardaba el Pacto con Dios el Día de Reposo llegaba con una belleza e inspiración especial. El sábado por la tarde se hacía una preparación especial para el siguiente Día del Señor; aún el césped era puesto al lado del fuego del hogar, las papas eran lavadas y puesta en la olla, y el agua era traída de la fuente; «las obras de necesidad y misericordia» eran reducidas a un mínimo. Una quietud solemne descendía sobre los campos, y una luz celestial brillaba sobre la casa, entre tanto que el sol ascendía al cielo. El ruido del trabajo había cesado, y la voz humana era suprimida. Las notas de los pajaritos, el balar de un cordero, o el mugido de una vaca, se podrían oír haciendo el silencio todo más impresionante. La mañana llegaba derramando bendiciones sobre pueblo, como Jesucristo en el Monte de las Bienaventuranzas, que llenaba cada corazón abierto con dulzura, con santidad, y con inspiración. La bienaventurada mañana llegaba para dirigir al padre y a la madre, con sus hijos e hijas, al monte de la Casa de Dios, para presentarse ante el Señor de la gloria, y absorber el resplandor que brillaría en sus rostros durante muchos días venideros. El Día de Reposo era el gran día de la semana en el hogar del Covenanter.

Obtengamos una vislumbre de estos hogares de los Covenanters, mientras que sufrían cuando las tempestades de la persecución barrían la nación. Pero ¿acaso la morada del justo no será protegida de daño? ¿Acaso el Señor, con Su presencia gloriosa, no se extenderá sobre ellos como una nube de día y como un fuego ardiente de noche? ¿Acaso no dijo El, «Sobre toda gloria habrá cobertura» [Isa. 4:5]? ¿Acaso tendrá el cruel perseguidor el poder de hollar en ese umbral sagrado? ¿Se le permitirá al asesino despiadado entrar a este pequeño santuario, donde Dios y Sus hijos moran juntos en amor mutuo e inextinguible? ¿Acaso se le permitirá al malvado sacar la espada, y extinguir los carbones del hogar, y el fuego en el altar, con la sangre de los adoradores? La respuesta se halla registrada en la historia de los sufrimientos de los Covenanters.

Dios ahora había comenzado el juicio en Su propia Casa. El estaba probando la fidelidad de Su pueblo. La prueba debe tocar cada punto, abarcar cada relación, y alcanzar el grado de sufrimiento que cumpla Su voluntad oculta. Dios se preocupa mucho, aún por casas, por campos, por cosechas, graneros, por comodidades, por prosperidad, por lazos terrenales - El se preocupa mucho por todo esto ya que afectan a Su pueblo. Sin embargo, El se preocupa infinitamente más por su pureza moral, por su desarrollo espiritual, por su fidelidad inmaculada, por su fe indomable, y por su honor eterno. Por lo tanto El permite que el horno sea calentado, y en ocasiones que sea calentado siete veces; mas El los saca de las llamas sin el olor del fuego en sus vestidos.

Los perseguidores, despiadados e insensibles como las piedras y fríos como el hielo, eran indiferentes tanto de los derechos de hombres, como de la delicadeza de mujeres, y la inocencia de niños. Unos pocos incidentes mostrarán las condiciones generales. Ni aún estos casos son excepcionales; miles, sí, decenas de miles sufrieron en una manera semejante.

Un Hogar en Lochgoin. Esta es una residencia muy antigua de los Covenanters. La familia de los Howie's han vivido aquí desde el año 1178, la generación veinte-octava ahora ocupa la casa. El edificio es de piedra, de un solo piso, con un pajar. Mientras la persecución rugía, este lugar fue un recurso principal de los Covenanters. Ocupando un lugar solitario, con una vasta extensión de llanura desierta a cada lado, esta casa fue como la sombra de un gran peñasco en tierra calurosa [Isa. 32:1]: los perseguidos a menudo encontraban refugio bajo su techo. Allí Alexander Peden, Richard Cameron, James Renwick, John Paton, y muchos otros acudieron, y hallaron una bienvenida cordial. En cierta ocasión un grupo había venido a pasar la noche en oración. Ellos se sentían relativamente seguros, pues una tormenta rugía sobre la llanura. Las nubes vertían torrentes, y los aguaceros espasmódicos caían desenfrenadamente a través de la amplia extensión de musgo y llanura. Estos hombres de Dios sabían cómo luchar con el Ángel del Pacto, y perseveraban a buena hora en sus oraciones hasta el amanecer. Los perseguidores habían olfateado su presa; por la mañana una unidad de soldados de caballería llegó hasta la casa. Los Covenanters se escaparon por la puerta trasera. Para darles más tiempo, la Sra. Howie se paró delante de los soldados, y disputó con ellos por entrar en su casa. Un dragoon [soldado del rey] corpulento intentó introducirse. Ella lo tomó por el hombro, lo hizo girar rápidamente, y lo empujó fuera con tal fuerza que él cayó al suelo. Todos sus huéspedes Pactantes escaparon, y los soldados, después de una persecución inútil, se retiraron. Por este servicio heroico la Sra. Howie sufrió mucho y su vida era acechada. A menudo ella tuvo que dejar su hogar, y pasar las noches enteras en la llanura fría y húmeda, con un bebé tierno en su seno.

Había un hogar cerca de Muirkirk. James Glendinning era un pastor cuya humilde cabaña no se escapo de la vista del perseguidor. Sabiendo el peligro que rodeaba su hogar, él se levantó una tarde de sus rodillas después de la adoración como familia, y, caminando tranquilamente a través del piso, destapó la cuna y levantó suavemente al bebé, a quien colocó tiernamente en las rodillas de su madre, diciendo, «Yo te encomiendo, mi querida esposa, y a este dulce bebé al cuidado paternal del Gran Pastor de Israel. Si mis días son acortados, Dios, el Dios bajo cuyo sombra hemos tomado refugio, te será como Marido, y a este niño como un Padre». No mucho tiempo después de esto, el hogar fue acosado por una compañía de soldados. Esa misma noche su esposa lo había constreñido a retirarse a su escondite cercano. Los soldados entraron violentamente a la casa, esperando caer sobre él como su presa. Pero como no lo hallaron se enfurecieron. Arrebatando al niño, sostuvieron ante la madre frenética al pequeñito que luchaba, y, destellando una espada refulgente, amenazaron con cortarlo en pedazos, si ella no les declaraba el escondite de su marido. En ese momento el padre, que había sido atraído a la puerta, viendo tales acciones, corrió adentro. Su alma se desató en fuego; en ese momento se hizo fuerte como diez hombres; no temió las consecuencias. «¡Deténganse, asesinos! ¡Retrocedan! ¡Para atrás!» clamó él, girando su espada sobre sus caras. El saltó hacia su bebé y lo rescató, mientras él empleó su espada con resultados heroicos sobre los intrusos. Los soldados se retiraron, dejando el piso rociado con su propia sangre. La familia después partió para Holanda.

Había otro hogar cerca de Closeburn. James Nivison era un labrador cuyo hogar hospitalario proporcionó consuelo y refugio a muchos que carecían de hogar. El era un Covenanter inflexible. Nada podía intimidar su alma noble. Siendo amenazado con penas y con pérdidas, respondió en cierta ocasión, que si la sumisión a gobernantes volubles y sin escrúpulos, la vuelta de una simple paja lo salvase de daños, él no obedecería. Su esposa también fue de un heroísmo semejante. Su hogar, a menudo, era acosado por soldados en búsqueda de él, que tuvo que retirarse a lugares solitarios. En cierta día le dijo a su esposa, «Mi querida esposa, la inflexible necesidad demanda de nosotros una separación breve. Dios estará con nosotros dos – contigo en el hogar, y conmigo en el desierto». «Yo te acompañaré,» ella le respondió firmemente; «yo te acompañaré. Si los arqueros te hieren, estaré allí para contener tus heridas y para vendar tu cabeza sangrienta. En cualquier peligro que te halles, estaré a tu lado – yo, tu cariñosa esposa – en la vida o en la muerte». Salieron los dos juntos. Tristemente cerraron la puerta de su dulce hogar, para peregrinar, sin saber a dónde. La madre llevaba en el pecho un bebé pequeño. Su primer refugio fue en el bosque, después en cuevas diferentes. Se hicieron una cesta de ramitas para el niño. La madre, sentándose en la entrada de una cueva fría, mecía su hermoso pequeñito, y le cantaba suaves canciones de cuna que se mezclaban con el suspirar de los vientos. Ellos sobrevivieron la persecución.

¡Dulce hogar! El hogar pactante es simplemente un enlace del cielo. El hogar es una institución de Dios, dotado por El con la riqueza de gracia infinita, proporcionado con ordenanzas santas, y consagrado con la sangre de Cristo. ¿Apreciamos el valor, la dignidad, y los privilegios de un hogar Pactante? ¿Mantenemos nuestro hogar radiante, alegre, e inspirador, al adorar a nuestro Dios Pactante, y al honrar la presencia de nuestro Señor Jesucristo?

 

La Batalla de Rullion Green — 1666 d. C.

 

Un joven Covenanter, en cierta ocasión se detuvo en el campo de la batalla de Rullion Green, reflexionando sobre la batalla y sobre los héroes cuya sangre había regado esta tierra. Dos siglos y más había pasado desde el combate, sin embargo el lugar apelaba al corazón sensible con una elocuencia poderosa. La cuesta hermosa, el pasto verde, los rebaños que allí se apacientan, el valle ancho, las colinas lejanas, el anchuroso cielo, los atractivos del verano — todo se mezclaba en un extraño encantamiento alrededor del alma de joven. La meditación silenciosa avivó el corazón; el corazón despertó la imaginación; la imaginación revivió las escenas del 28 de noviembre de 1666, por lo cual este campo llegó a ser memorable en la lucha de los Covenanters a favor de la libertad civil y religiosa. El se sintió profundamente impresionado con el valor del Pacto, que fue sellado con la sangre de los nobles guerreros que duermen en esta ladera. Allí él prometió, que si Dios le concedía un hogar propio, lo llamaría RULLION GREEN. Dios le dio un hogar; una residencia hermosa, adornada con este nombre, que hoy día embellece la ciudad de Airdrie.

La batalla de Rullion Green tuvo sus muchas causas días antes del combate actual. Obtendremos un mejor panorama siguiendo la serie de acontecimientos.

Cuatro años antes de esto, en el mismo mes, cuatrocientos ministros habían sido expulsados de sus iglesias, porque no estuvieron dispuestos abandonar su Pacto, ni renunciar el Presbiterianismo, ni seguir las instrucciones de rey Carlos y de su Concilio, tocante a la administración de la Casa [Iglesia] de Dios.

El pueblo Pactante, en profunda simpatía con sus ministros, se negaron asistir a las predicaciones de los párrocos — los ministros de la Iglesia Episcopal enviados por la autoridad del rey para suministrar los púlpitos vacíos.

Luego una serie de proclamaciones fue publicada para traer a los Covenanters bajo sujeción, cada proclamación vino a ser más severa que la anterior.

El pueblo era obligado asistir a su propia iglesia parroquial, se le advertía contra de ir a los conventículos, y se le amenazaba con multas, con encarcelamientos, y con destierro por frecuentar lo que el rey llamaba «predicaciones no autorizadas».

Para imponer la voluntad del rey e intimidar a los Covenanters, tropas eran puestas entre el pueblo y se les daba la autoridad de saquear y matar a su antojo a los desobedientes.

Los padecimientos de los Covenanters, en las manos de los soldados, eran indescriptibles. Sus hogares eran invadidos; sus propiedades eran confiscadas; sus rebaños y su ganado eran dispersados; sus familias eran separadas; el anciano y el débil, mujeres y niños — todo aquel que no sometía a las demandas de ellos soportaban abuso personal. El país gemía y titubeaba bajo la crueldad autorizada por el rey Carlos, y que era llevada a cabo por sus agentes.

Las condiciones se volvieron atroces; el sabio eran llevados al punto de la locura; la paciencia dejó de ser una virtud; la resistencia estaba al punto de extinguirse. Miles tuvieron que huir y tuvieron que mantenerse escondidos, para escapar el daño personal e incluso el derramamiento de su propia sangre.

En este enlace de acontecimientos, cuatro Covenanters jóvenes, huyendo de un lugar para otro buscando seguridad, llegaron a una vivienda, donde encontraron a cuatro ‘dragoons’ [soldados] que se preparaban para asar un anciano en una parrilla, a fin de poder sacarle información con respecto a su dinero. La escena sacudió cada noble sentimiento en estos jóvenes; su virilidad fue despertada, y su valor era más grande que su prudencia. Ellos desafiaron la conducta de los soldados, y la respuesta que se les dio fue con espadas desenvainadas. Los Covenanters salieron ganando. Ellos rescataron al anciano víctima, desarmaron a los soldados, y los despidieron lejos marchando bajo el filo de sus propios sables. En la pelea uno de los Covenanters disparó una pistola, hiriendo a un ‘dragoon’. Ese fue «el tiro que resonó alrededor del mundo,» y volvió a resonar, hasta que resonó sobre el valle verde del Boyne, entre las rocas de Bunker Hill, y por las riberas del Appomattox.

Los Covenanters sabían que ellos ahora habían precipitado un conflicto, que traería a ejércitos al campo de batalla. Las medidas del rey hasta ahora habían sido severas, pero ahora el horno será calentado siete veces. Los Covenanters ahora deben enfrentar fuerza con fuerza, o ser completamente aplastados. Procuraron levantar un ejército. Al día siguiente, los cuatro hombres fueron aumentados a diez, y un segundo encuentro tuvo como resultado la captura de una tropa regular del rey, con un muerto. El segundo día voluntarios aumentaron el número a 250; las perspectivas se volvían más optimistas. Otro combate resultó en la rendición de Sir James Turner, el comandante local del ejército del rey. Hasta ahora las operaciones habían alentado mucho a los Covenanters; ellos esperaban que ahora al fin sus agravios fueran reparados, y obligar al rey retirar su ejército, así trayendo a un fin los horrores de esos tiempos.

El rey Carlos se preparó apresuradamente enfrentar las nuevas condiciones. El llamó al levantamiento, «Una insurrección formidable». Concentró sus tropas para aplastar a «los rebeldes». Los Covenanters ocuparon su tiempo moviéndose de un pueblo a otro para aumentar sus fuerzas. El Coronel James Wallace, un oficial valiente de experiencia militar considerable, fue escogido como comandante. Los reclutas no eran numerosos. Ellos carecían disciplina, y estaban ineficazmente armados, llevaban mosquetes, pistolas, espadas, puntas de lanzas, hoces, orquillas, desgranadores.

Permanecieron un día en Lanark, renovando su Pacto y publicando una Declaración Pública, indicando que el objeto de su levantamiento en armas era para reparar sus agravios. Al día siguiente se pusieron en acción, entrando en contacto con tropas del enemigo. El tiempo fue desfavorable; la lluvia, la nieve, las lloviznas, y el viento se unieron para empapar, enfriar, y deprimir a los a hombres desnutridos y sin techo, y volviendo los caminos sobre los que marchaban, en fangos profundos. Cuándo había llegado la mañana del 28, el día de la batalla, el Coronel Wallace tenía consigo sólo 900 hombres bajo su mando.

Los Covenanters avanzaban alrededor de las colinas de Pentland, unas pocas millas de Edimburgo, cuando el General Dalziel, con 3,000 de las tropas de rey, surgió de cierta distancia tras ellos, y emprendiendo la batalla. Wallace aceptó el desafío. El formó a sus hombres para la acción en la ladera, teniendo la ventaja hallarse en terreno más alto. La cuesta apacible se extendía hacia abajo al lugar donde el caballo de Dalziel escarbaba la tierra. El sol hundía detrás de las colinas. El día fue frío y el campo estaba cubierto con lloviznas.

Dalziel ordenó un ataque por su caballería. Los jinetes formaron, cada uno con espada en mano, y avanzaron rápidamente al terreno ascendiente. El Coronel Wallace colocó inmediatamente a sus hombres montados a caballo en posición para recibirlos. El espacio entre los dos ejércitos era como un kilómetro. Los Covenanters miraron lúgubremente su llegada. Los momentos de espera fueron cargados con solemnidad, pero los Covenanters sabían cómo transformar momentos atroces en momentos de poder. Ellos llevaban los Salmos en sus corazones. Alguien comenzó a cantar. El Salmo era que requería reflexión y de un tono solemne. Todos corazones respondieron; de las 900 voces una onda de música sagrada cubrió la ladera de la montaña contra los cielos. El sentimiento del Salmo [74:1] parecía batir los corazones, que entraban conscientemente en una batalla acongojada:


«¿Por qué, oh Dios, nos has desechado para siempre? ¿Por qué se ha encendido tu furor contra las ovejas de tu prado?»


Ellos cantaron tres estrofas. Mientras que los ecos desaparecían gradualmente, el valiente Coronel ordenó un ataque. Hacía el campo de batalla precipitó su caballería. Atacaron al enemigo con fuerza tremenda, rompieron sus filas, y los lanzaron de regreso a su propio terreno.

Dalziel ordenó otro ataque. Las tropas se extendieron hacia delante para recuperar su honor perdido. Galoparon sobre la nieve manchada de sangre; más y más se acercaban a la inflexible línea de batalla que los aguardaba en la ladera. Wallace da la orden, y los Covenanters de nuevo se estrellan con sus espadas contra la columna refulgente del enemigo, una vez más haciendo retroceder al enemigo en confusión.

Por tercera vez la caballería dirigió el ataque cuesta arriba, y por tercera vez los Covenanters los hicieron retroceder. Dalziel finalmente movió hacia delante todas sus fuerzas del ejército, que, como olas de marea, barrió todo por delante. Los Covenanters fueron barridos del campo de batalla quedando 50 muertos. Perdieron la batalla, pero no la causa. Estos héroes lucharon bien. La derrota fue cierta, en sus propias mentes, aún antes de que fuese disparado un tiro; pero creyendo que la causa de la libertad ahora demandaba un sacrificio, ellos se ofrecieron libremente a sí mismos en el altar.

¡Rullion Green! ¡Cuán agradable resuena el nombre! ¡Qué música en las palabras! ¡Qué hermoso ramillete de memorias para despertar todo aquello que es heroico y ennoblecedor en nuestros corazones! ¿Apreciamos el fruto de esos campos, fertilizados con la sangre de esos padres? ¿Somos nosotros leales como ellos lo fueron a los Pactos? ¿Acaso nuestras vidas se elevan en un espíritu heroico, y echan mano de la majestad moral exhibida por ellos?

 

La Venganza del Opresor — 1667 d. C.

 

El sol se ocultaba detrás de las colinas de Pentland, cuando el último ataque fue hecho contra los Covenanters en la batalla de Rullion Green. Ellos, dispersados del campo de batalla, fueron perseguidos sin misericordia hasta que la benigna noche extendió su sombra sobre la escena de la matanza. Cerca de 30 fueron muertos mientras que huían, y 50 tomados presos; muchos de estos fueron inmediatamente ejecutados.

Las estrellas surgían pesadamente y extendían su pálida luz sobre el campo ensangrentado. La noche fue amargamente fría. Los muertos yacían dispersados sobre el suelo helado, y el aire se hallaba agobiado con los gemidos de los moribundos. Todos habían sido cruelmente despojados de su ropa por los despiadados conquistadores. La sangre de los moribundos se enfriaba en sus venas, antes de que vertiese de sus heridas para congelarse sobre el suelo. Las mujeres compasivas de Edimburgo vinieron el día siguiente, con ropas para los vivos y lienzos para los muertos. Una piedra vertical, de tres por cuatro metros, marcan el lugar donde estos soldados de Cristo, cerca de 50, duermen tranquilamente, aguardando la resurrección de los justos. Los hermosos pinos que oscilan sus ramas suaves sobre la tumba parecen estar cantando el canto fúnebre de los héroes caídos.

¡Héroes! Esta fue una batalla desesperanzada. La batalla que debía ser perdida, para que otras batallas pudiesen ser ganadas, demanda héroes del tipo más noble; y he aquí tenemos a tales hombres. Ellos estuvieron dispuestos a luchar en la presencia de la derrota. Escuchemos su autodeterminación poco antes de la batalla: «Proseguiremos hacia adelante, hasta que Dios cumpla Su servicio por medio de nosotros; y aunque todos debamos morir al final de ello, creemos que el dar un testimonio es suficiente para todos».

El ejército pequeño de los Covenanters, deshecho y herido, era ahora dispersado sobre las montañas y completamente desorganizado. Uno de estos hombres, vagando solo, vino a una cabaña a medianoche. El se hallaba sangrando, hambriento, fatigado, totalmente agotado, ya listo para morir. Pidió alimento y refugio. La súplica lastimosa le fue negada, ya que un acto de caridad como éste, si las autoridades eran informadas, ponía en peligro a la familia; y la pena podría ser destierro, encarcelamiento, o muerte. Ningún vaso de agua fría para esta alma sedienta; ninguna chispa de caridad para calentar este moribundo hijo del Pacto. Presintiendo el frío helado de la muerte que ya corría por sus venas, dijo conmovedoramente, «Si me halláis muerto por la mañana, enterradme en la ladera, en dirección hacia mi hogar más allá del valle». Por la mañana él fue encontrado muerto, bajo un roble al lado de la casa. El fue enterrado como lo había pedido. Una piedra, con una inscripción interesante, marca la tumba.

Después de esta batalla los Covenanters fueron expuestos a un período de horrores que sobrepasan toda descripción. Esta demostración breve militar fue por el gobierno llamada «La Insurrección de Pentland». Los hombres que se habían puesto a sí mismos bajo el Coronel Wallace, para la reparación de injusticias que les hicieron, habían venido de condados contiguos. El general Dalziel fue mandado inmediatamente con un ejército para castigar al pueblo de estos distritos. Aquí debemos arrojar un velo para cubrir las brutalidades más espantosas y los ultrajes más horrorosos; los crímenes indecibles practicados sobre estos Covenanters, que ya habían sufrido más allá de los límites de la paciencia; sobre hombres, sobre mujeres, y sobre niños que fueron no solo inofensivos, pero también indefensos, bajo la monstruosa tiranía de Rey Carlos y bajo sus soldados despiadados.

La historia del pillaje puede ser pintada en llamas; la historia de la venganza puede ser registrada con palabras violentas; la historia de la matanza puede ser escrita con sangre; pero la historia de los horrores que acontecieron a las familias Pactantes, especialmente a aquellos individuos débiles e indefensos de un hogar, no deben ser mencionados. La manera en que padres, maridos, y hermanos se levantaron y murieron en la puerta de la casa en defensa de madres, esposas, hermanas, e hijas puede relatarse; pero la inhumanidad que le siguió no debe ser mencionada. La pureza misma se estremece ante el horror; el corazón se enferma ante el pensamiento; los ojos se apartan instintivamente.

El general Dalziel dividió su ejército sobre los Covenanters, y envió tropas en toda dirección para saquear el país, para desheredar a los que estuvieron envueltos en la «Insurrección», para arrestar a todos los que eran sospechados, y para reducir al pueblo a la pobreza más extrema. Los soldados se alojaron en los hogares de los Covenanters, obligaron a la familia a suplir provisiones, tiranizar y esclavizar a la familia. Estos devoraron, o destruyeron las cosechas; mataban, o dispersaban los rebaños y las manadas; torturaban, encarcelaban, y mataban a cualquiera que se les antojaba. Las prisiones se hallaron sobre pobladas con ancianos y jóvenes, con hombres y mujeres, con enfermizos y con moribundos.

Tres hombres bajo el rey fueron principalmente responsables de estas atrocidades, y los tres fueron Covenanters réprobos [traidores]. Sus nombres pueden ser mencionados sólo con aborrecimiento y repugnancia; el Conde de Lauderdale, el Conde de Rothes, y el Arzobispo Sharp. Lauderdale, anteriormente conocido como John Maitland, uno de los Miembros de la Delegación Escocesa en la Asamblea de Westminster, brilló en esa galaxia refulgente como un lucero del alba; pero como Lucifer, hijo del amanecer, cayó de esa cima alta de gloria. Rothes fue el hijo del Conde de Rothes, célebre para su parte activa en el Pacto de 1638. El arzobispo Sharp fue un ministro Pactante, antes de la restauración del rey Carlos. Tales fueron los actores principales en estas escenas de crueldad infernal practicada sobre los Covenanters. Ciertamente estos no podrían haber ido a tal grado de maldad atroz, si no hubieran sido antes exaltados al cielo tanto en privilegios como por puestos. Satanás no podría haber sido el diablo, a menos que hubiera sido primero un ángel.

Algunos presos tomados en Rullion Green, después de su ejecución, fueron empleados por el gobierno para intimidar a los Covenanters. Sus cabezas fueron puestas en lugares públicos en varias ciudades, como una advertencia horrible a todos los demás. Estos hombres, cuando iban rumbo a Rullion Green, se habían detenido en Lanark para renovar su Pacto. Allí ellos levantaron su mano derecha al cielo, haciendo su apelación a Dios. Ahora esas manos derechas son cortadas y puestas en puntas de estacas sobre las puertas de la ciudad — como una amonestación cruel a los vivos.

Algunos de los presos fueron reservados para el proceso más lento de la ley, y de las operaciones más severas de crueldad. John Neilson llegó a ser notorio por los tormentos que soportó, por su espíritu noble que demostró, y por la muerte con que glorificó a Dios. El fue un hombre de renombre por su riqueza, así como por su gran corazón. El año anterior Sir James Turner, cuando dirigía las tropas del rey, lo despojó de su propiedad; más cuando ese oficial sin ley y sin Dios había sido tomado preso por los Covenanters, Neilson intercedió por él y le salvó su vida. Ahora Neilson está en sus manos. ¿Le regresará aquella bondad? ¡Ah, qué bondad devuelta! Es más posible obtener latidos de una piedra fría o esperar una sonrisa amorosa del mármol blanco.

El Tribunal interrogó a Neilson, pero sus respuestas no fueron satisfactorias. Lo atormentaron, pero no pudieron extraer nada más de él. Sujetaron una de sus piernas en una bota de hierro, y la aplastaron con una cuña, hendida entre la carne y el hierro; sin embargo nada arrancaron de él más que gemidos. Llenos de ira — pues una confesión que involucraba a otros — no pudieron sacar de él; ellos pasaron sobre él la pena de muerte. El se dirigió alegremente a la horca.

Hugh M’Kail, un joven ministro de Jesucristo, fue otra víctima. El fue un hombre poderoso en las Escrituras y lleno del Espíritu Santo. Sus labios fueron tocados con un carbón vivo del altar de Dios, su elocuencia celestial era encantadora. En uno de sus arrebatos apasionados él había dicho, «La Iglesia en todas las edades ha sido perseguida por un Faraón en el trono, por un Amán en el estado, y por un Judas en la Iglesia». El arzobispo Sharp oyó la declaración breve. El relámpago había dado en el blanco. Sharp aceptó la comparación, y vio a Judas personificado en su propia persona. El nunca perdonó al joven ministro.

M’Kail fue traído a juicio por su conexión con la Insurrección de Pentland. El confesó abiertamente su parte en la insurrección. El Tribunal entonces les demandó información con respecto a los líderes; él no tenía nada que impartir. Entonces lo atormentaron con la bota de hierro; la única respuesta fueron gemidos. El se desmayó durante la espantosa angustia.

Este joven ministro noble fue sentenciado para morir. El recibió la sentencia con una felicidad serena. Cuándo se hallaba en el patíbulo, él fue lleno de una indecible alegría; su victoria sobre el temor y sobre la muerte fue consumada; su alma fue vestida con una dicha inmortal. Sus más sublimes esperanzas ahora se volvían realidad diez mil veces más refulgentes y gloriosas que la mayoría de sus más sanguíneos deseos. El Señor Jesucristo estaba a su lado; los cielos se abrían para recibirlo; en unos pocos momentos su rostro brillaría en la luz que deslumbra a ángeles, y su voz se uniría en el coro de los redimidos alrededor del trono. No es maravilla alguna que notemos el éxtasis derramado en estas sus últimas palabras de un alma transfigurada: «Bienvenido, Dios y Padre; bienvenido, dulce Jesús, el Mediador del nuevo Pacto; bienvenido, bendito Espíritu de gracia, y Dios de toda consolación; bienvenida, gloria; bienvenida, vida eterna; bienvenida, muerte. Oh Señor, en Tus manos encomiendo mi espíritu; pues has redimido mi alma, Señor Dios de verdad».

Estos fueron los días invernales de la Iglesia. Pero el invierno fue como el verano en su aspecto fructífero. ¡Cuán noblemente soportó los tiempos inclementes y aún así dar el fruto de calidad excelente! Ahora disfrutamos el tiempo de verano de paz y de consuelo, de privilegios y beneficios. ¡Cuánto más abundante deberían ser nuestras tareas de amor en el Señor Jesucristo, que las de ellos! Una comparación, tememos, nos pondría a una gran desventaja, quizás para avergonzarnos.

 

Las Indulgencias – un Lazo de Seis Dobleces - d. C. 1665

 

Los Covenanters, después de la «Insurrección de Pentland», fueron puestos bajo ley marcial. Cada distrito fue puesto bajo guarnición y controlado por tropas. El ejército militar, habiendo recibido autoridad para cometer saqueo, pillaje y castigar según su antojo, no titubeaba en matar gente inocente sin ser juzgados, dejándolos revolcarse en su propia sangre. El rey Carlos tuvo a los Covenanters como rebeldes que debían ser subyugados con fuego y espada. Estaba determinado en subyugarlos o destruirlos. Uno de los que estaban bajo servicio dijo, «Mejor es que el país tolere «whins» [matorrales] que «whigs» [Liberales].» Los Covenanters eran llamados whigs [miembros del Partido Liberal, rebeldes]; los whins eran arbustos silvestres inservibles.

¡Los Covenanters rebeldes! Recordemos que Escocia estaba bajo un gobierno constitucional, y la Constitución estaba incorporada en el Pacto. También el rey y el pueblo habían aceptado el Pacto bajo juramento. Sin embargo a la luz de todo esto, el rey Carlos procuró abrogar el Pacto, destruir la Constitución, y asumir un poder absoluto. Pero, ¿no era Carlos el rebelde? ¿No era él el traidor, el revolucionario, el autócrata quien procuró trastornar todo de arriba abajo? Los Covenanters eran la Guardia Antigua, aquellos que defendían las leyes, la justicia, el gobierno y los derechos constitucionales sobre un fundamento aceptado y recibido – a saber, la ley de Dios y el Pacto. Ni tampoco esta Guardia Antigua cedió el campo de batalla, aún lo ocupaban.

¡Es cierto, los Covenanters rechazaron la autoridad del rey en ciertos detalles! Pero, ¿acaso no tenían razones suficientes para hacerlo? Una mirada de la situación resolverá esta pregunta.

El rey, habiendo expulsado a los ministros Pactantes, sustituyó a otros de su propia elección. Los Covenanters se negaron a oírlos.

El rey restringió a los Covenanters a sus propias parroquias en la adoración pública. Pero ellos acudían a donde mejor les parecía.

El rey prohibió los casamientos o los bautismos, salvo aquellos que eran oficiados por ministros Episcopales. Los Covenanters acudían a sus propios ministros para estos servicios.

El rey ordenó que ellos se sujetasen a la forma Episcopal de la adoración. Ellos creían que esto es antibíblico, por tanto se negaron hacerlo.

El rey ordenó al pueblo que entregasen a sus ministros a las autoridades para ser castigados. Esto, ellos, de ninguna manera harían.

Los Covenanters ¿rebeldes porque rechazaban la autoridad de rey en asuntos como éstos? ¿Cómo podrían haber hecho ellos de otro modo? Dos alternativas tenían ante ellos; resistir la voluntad del tirano, o someterse como sus esclavos. Bendito sea el Señor Jesucristo, que les impartió luz, fuerzas, valor, y victoria. Estos padres del Pacto escogieron mejor sufrir y ser libres; escogieron soportar la ira del rey y mantener una conciencia pura; escogieron despreciar toda sugerencia de acomodamientos y continuar con el conflicto. La invitación para bajarse, y consultar en las llanuras de Ono, fue contestada por su propio eco - «O, no».

Los Covenanters, como los israelitas, prosperaron mientras que se hallaban en esta gran tribulación. Fueron fructíferos, y su número aumentó y se multiplicó abundantemente, y se hizo sumamente poderoso; y el país estaba lleno de ellos. Cuanto más eran afligidos, cuanto más se multiplicaban y crecían. Sus ministros se numeraban por centenas; el pueblo, que se reunía en conventículos , era por diez millares. La opresión no los podía aplastar; el horno, aunque calentado siete veces más de lo acostumbrado, no podía tocar sus vestidos. Sus adversarios llegaron alarmarse y comenzaron a idear otras medidas. Sus maquinaciones procedían de sabiduría diabólica. Satanás, que tuvo más de tres mil años desde que él fracasó con Israel en Egipto, ahora estaba mejor preparado para su trabajo. El rey propuso conceder clemencia a los ministros. Esta clemencia concedida de parte del rey ciertamente era un producto del mismo infierno. El lazo se colocó seis veces y atrapó muchas almas ingenuas.

La primera clemencia concedida o Primera Indulgencia, como se conoce, fue otorgada en 1669. A los ministros expulsados se les ofreció perdón, y permiso para volver a sus iglesias con ciertas condiciones estipuladas por el rey. Cuarenta y dos aceptaron la Indulgencia, y por ese mismo acto se le concedió el derecho al rey el expulsar, y hacer volver, los ministros de Cristo, a su propio antojo. Los grandes principios por los cuales ellos habían sufrido fueron de esta manera, sacrificados – que eran la supremacía del Señor Jesucristo sobre Su Iglesia, y la independencia de la Iglesia bajo Cristo.

¿Cuáles fueron las condiciones sobre las cuales estos ministros regresaron? Nosotros los damos en resumen:


1. Ellos deben asistir a las reuniones de los ministros Preláticos [Episcopales].

2. Ellos no deben permitir que ninguna persona de otra parroquia asista a sus servicios.

3. Ellos deben abstenerse de hablar o predicar contra la supremacía del rey.

4. Ellos no deben criticar el rey ni su gobierno.


La Indulgencia, con tales condiciones, fue aceptada por cuarenta y dos ministros. ¿Nos sorprendemos? ¿Nos maravillamos que tantos hayan cedido bajo el cansancio de la persecución, y vuelto a su propia vid e higuera? No dejemos que la reprensión, desde de sus enramadas de la comodidad, sea demasiada severa. Las dificultades de estos hombres fueron grandes, los sufrimientos excesivos, el porvenir sombrío. Se hallaban agotados y enfermos; estaban llenos de dolor por las inclemencias del tiempo, viviendo en cuevas, y durmiendo en el suelo. Sus vidas corrían peligro a cada momento. Sin embargo debemos decir que estos ministros sacrificaron mucho por sus nobles y prolongadas luchas que sostuvieron; ellos se entregaron bajo los términos dictados por el enemigo, rindieron sus derechos de embajadores de Cristo, y aceptaron las condiciones que los hizo esclavos del rey Carlos. Fueron atrapados en el lazo.

La Segunda Indulgencia fue publicada en 1672. Ochenta ministros fueron escogidos por el rey para este cebo, y la mayor parte de ellos lo comieron. Sin embargo entre los ochenta se hallaron algunos hombres inflexibles en quienes la engañosa oferta no tuvo efecto. Ellos sabían cómo soportar penalidades como buenos soldados. Uno de ellos al recibir la notificación legal de la mano de un funcionario dijo, «yo no puedo ser tan descortés como para rehusar este papel que me ofrece su señoría». Luego lo dejo caer al suelo, y agregó, «Pero yo no puedo recibir instrucciones de usted para que gobiernen mi ministerio; pues entonces yo sería su embajador, pero no de Cristo.» Inmediatamente fue arrojado a la prisión, y continuó allí hasta la muerte. La Tercera Indulgencia fue otro lazo, igualmente engañoso e injurioso.

Las otras tres fueron ofrecidas por el rey Jacobo VII, y todas fueron de la misma naturaleza, sólo que cada una más clemente, seductora, y diabólica, que la anterior. La Indulgencia fue una red, atrapando grandes redadas de peces hambrientos, y dejándolos que se retorciesen en las costas de acomodamientos pecaminosos.

Los Covenanters que permanecieron fieles fueron en gran manera disminuidos. Los ministros fueron reducidos hasta que pocos fueron dejados. Y sin embargo, aunque el estandarte del Pacto cayó de la mano del uno, fue tomado por otro, y en manera desafiante alzado al viento. En ningún momento la batalla cesó por falta de héroes.

La Indulgencia logró lo que la espada, el pillaje, la prisión, el tormento, el exilio y la horca no pudieron hacer; quebrantó el ejército del Pacto y disminuyo su poder. Los fuegos más violentos de la persecución sólo fundieron los elementos, y consolidaron la masa del metal. Pero los resultados de la Indulgencia fueron debates, disensiones, confusiones, divisiones y la eliminación de números. El árbol se conoce por su fruto; el fruto fue malo, muy malo. Los que no aceptaron la Indulgencia acusaron a sus hermanos con traición a Cristo y a Su causa. Los que sí aceptaron la Indulgencia respondieron, que la oferta del rey abría de nuevo el camino a las iglesias, y el rehusar en aceptar esto prolongaría los tiempos malos. Así las huestes de Dios fueron divididas contra sí mismas; Judá contra Israel, e Israel contra Judá. El arzobispo Sharp se había jactado, que por la Indulgencia, él arrojaría una «manzana de discordia» entre los Presbiterianos. El juzgó correctamente.

La causa de Cristo demanda sacrificio personal. La fidelidad a Jesucristo es amarga para la carne; siempre ha sido y siempre lo será. La amistad de este mundo es enemistad contra Dios, y contra todos los que aman a Dios sinceramente. Hacer paces con el mundo significa perder el amor de Dios. La Iglesia ha perdido mucho del corazón heroico, del poder militante, de los nervios de hierro y del fuego del Espíritu Santo, por amor a la comodidad, a la complacencia, al acomodamiento y al deseo desmesurado por la amistad del mundo. «Si sufrimos, también reinaremos con Él; si le negáremos, Él también nos negará» [2 Tim 2:12].

 


Las Reuniones de Campo bajo Persecución – d. C. 1679.

 

La Indulgencia del rey hizo doble trabajo con los ministros perseguidos. La Indulgencia fue un cuchillo quirúrgico que quitó el nervio dorsal de los que se sometieron a la Indulgencia; y fue también una espada aguda arrojada al corazón de los que rehusaron la Indulgencia. La proclamación que ofrecía perdón anunciaba medidas angustiadoras contra todos los que rechazaban la oferta. De esta manera la persecución se hizo más violenta y los sufrimientos más insoportables.

La Indulgencia redujo los rangos militares de los Covenanters; muchos ministros se retiraron del Antiguo Estandarte Azul con su lema dorado: «POR LA CORONA Y POR EL PACTO DE CRISTO». ¡El hogar! Un lugar dulce muy dulcísimo que había cautivado el corazón. Los que se sometieron a la Indulgencia ya no eran dignos de ser llamados Covenanters. Ellos habían perdido el celo, el valor, el puesto, y el nombre entre estos valerosos – aunque algunos se arrepintieron y regresaron a las soledades. Éstos cuando habían cruzado el umbral de su hogar, tal hogar ya no era un hogar sino una prisión oscura, un lugar triste, solitario e intolerable, porque su corazón los condenaba, y Dios era mayor que su corazón [1 Juan 3:20]. Pero aquellos otros volvieron con sus hermanos, para sufrir penalidades como buenos soldados por amor a Cristo. La persecución con todas sus dificultades, en la comparación con la aceptación de la Indulgencia, era un paraíso entre tanto que el amor de Jesucristo cautivaba el alma.

Los ministros que permanecieron leales al Señor y al Pacto fueron perseguidos por hombres que marchaban como Jehú con gran ímpetu [2 Reyes 9:20]. Los conventículos, sin embargo, continuaban llevándose a cabo. Los Covenanters concurrían a los lugares donde iba a haber predicaciones. Ellos se rehusaban oír los eclesiásticos de la iglesia episcopal, así como los ministros que se habían vuelto por la Indulgencia del rey. Estos últimos habían perdido su confianza y respeto. El pueblo, abandonando las iglesias parroquiales, viajaba a las praderas y montes para la predicación de la Palabra. Allí ellos encontraban a sus propios ministros, los indomables embajadores de Cristo, los inflexibles mensajeros de Dios.

Un precio fue puesto sobre las cabezas de estos ministros, por el gobierno del rey Carlos. Eran cazados como perdices sobre los montes. El premio se extendía comenzando desde $500 hasta $2,000 sin importar si eran traídos muertos o vivos. Al pueblo se le ordenaba rehusar darles pan, alojamiento, confraternidad, toda bondad y apoyo, para que pereciesen sin la ayuda de una mano protectora o de una palabra consoladora. El asistir a sus predicaciones era tenido como un crimen mayor digno de ser castigado por los jueces, era tenido como un acto de rebelión digna de encarcelamiento o muerte.

Los ministros no fueron intimidados, ni el pueblo desanimado. La predicación por los campos caracterizó tales tiempos. Los conventículos eran más numerosos y su asistencia mucho mayor que antes. Se estima que en un cierto día de reposo, asistieron 16,000 en tres reuniones en un solo condado. Hombres, mujeres y niños viajaban millas y millas a estos lugares alejados entre los montes y praderas, desafiando a toda amenaza y confrontando todo peligro. Allí permanecían por largas horas en el día de reposo, escuchando el rico y dulce Evangelio de Cristo, mientras que los ministros hablaban con una solemnidad y fuego divino como desde los mismos portales de la eternidad.

Los conventículos prosperaron a pesar de todo esfuerzo para suprimirlos. El rey y sus consejeros se alarmaron y mandaron al «Highland host [Ejercito Montañés],» un ejército inclemente de 10,000 soldados, para extinguir esas reuniones campestres tan odiadas. Los Covenanters sufrieron en sus manos, como si hubieran sido atacados por una invasión extranjera. Las atrocidades militares, que antes eran horribles, ahora eran salvajes en extremo. «Fuego, y sangre, y vapores de humo» marcaban el sendero de estos hombres brutales mientras que invadían el país. Sin embargo los conventículos no fueron extinguidos.

Para hacer frente a las condiciones del terror creciente, los Covenanters venían a las reuniones armados y preparado para su defensa propia. Los centinelas eran estacionados en las colinas que se extendían por encima de los adoradores, y con el disparo del fusil significaba la señal de peligro. Cuando se acercaban los soldados, el pueblo se dispersaba calladamente, si es que el escape fuese posible; si no, entonces los hombres armados salían y se ponían en fila para la batalla. Muchas veces las reuniones de adoración eran vueltas de repente en choque de armas.

Las colinas de Lomond formaban buenos lugares para estas reuniones. En cierta ocasión, un gran número de personas se habían reunido entre esos lugares altos de refugio. El Rev. John Wellwood, un joven ministro a quienes los soldados no podían agarrar, alimentaba a estas almas hambrientas con la Palabra de vida. Algunos de sus sermones todavía se hallan hoy día. Estos están ricos en alimento, saturados de solemnidad, y relampaguean con una elocuencia seráfica. Él vivió en días oscuros, pero murió exclamando, «¡Ahora, luz eterna! ya no más noche, ni oscuridad para mí». Mientras que el pueblo en este día se alimentaba de sus palabras, la señal anunciaba la llegada de los «dragoons [soldados]». El pueblo se dispersó calladamente por los valles. Los soldados subieron y dispararon cinco tiros entre la multitud. Los tiros zumbaron entre hombres, mujeres y niños, pero nadie fue herido. Una peña grande y elevada detuvo el ataque. El capitán les ordenó que se dispersaran. «Lo haremos,» ellos contestaron, «cuando termine el servicio, si usted nos promete no hacernos daño». La promesa fue dada, mas las tropas traidoras, les cayó por detrás y capturaron dieciocho personas.

Un ataque también fue hecho en un conventículo llevado a cabo en la pradera de Lillies-leaf. Muchas personas se habían reunido. El famoso John Blackader predicaba. El disparo de alarma se dio cuando el ministro se hallaba en medio del sermón de la tarde. El cerró inmediatamente el servicio con unas pocas palabras para mitigar el temor. Las personas se quedaron en sus lugares, sin mostrar excitación alguna. Las tropas montadas subieron en pleno galope y se formaron en la línea de batalla delante de los Covenanters. Los soldados se quedaron asombrados ante la calma de las personas. Una pausa siniestra le siguió; no hubo palabra alguna, ni movimiento. El oficial rompió el silencio, gritando, «En el nombre del rey, os ordeno que os disperséis». La respuesta fue inmediata: «Estamos aquí en el nombre del Rey del cielo, para oír el Evangelio, y no para dañar a hombre alguno». Tal calma y fortaleza inesperadas abatieron al oficial. Vino otra pausa dolorosa. ¿Y ahora qué? Nadie lo sabía. El suspenso fue roto de repente por una mujer que dio un paso hacia adelante de entre los Covenanters. Ella se hallaba sola; sus movimientos mostraron determinación; sus ojos destellaban; su cara ardía de indignación. Ella se acercó directamente ante el oficial, tomó el freno cerca de la boca del caballo, y lo lanzó a un lado vociferando, «Ay de ti, ay de ti, hombre; la venganza de Dios te alcanzará por estropear una obra tan buena». El oficial se quedo aturdido como por el estallido de un proyectil de mortero. La mujer era su propia hermana. Se apartó cabizbajo, y retiró los dragoons [soldados], mientras que las personas volvían a sus casas sin daño alguno.

Una de estas reuniones armadas se llevó a cabo en Drumclog. Fue un dulce día de reposo de verano, 1 de junio de 1679. Los Covenanters habían venido en gran número. Ellos cubrían el césped verde, sentándose entre montones de musgo y arbustos. Se hallaban lejos en lugares solitarios; allí nada podía romper la calma solemne del día del Señor, sólo las melodías del ruiseñor y del chorlito. La colina de Loudon se elevaba cerca como un poderoso campeón. El aire soplaba suavemente a través del campo, y el cielo se inclinaba silenciosamente sobre los adoradores; los corazones de las personas eran elevados en dulces Salmos que resonaban sobre las colinas, y una alegría serena llenaba todo. El Espíritu Santo cayó poderosamente sobre el pueblo; el Señor estaba entre ellos. Thomas Douglas era el ministro. El fue uno de los tres poderosos, que más tarde publicó la Declaración de Sanquhar que repudiaba al Rey Carlos II como un tirano. El sermón estaba a la mitad cuando la señal de disparo fue oída. El Sr. Douglas cerró inmediatamente la Biblia, diciendo, «Ya tienen la teoría; ahora para la práctica». 250 hombres resueltos saltaron apresuradamente sobre sus pies, se pusieron en fila, y salieron a encontrarse con Claverhouse que venía con 240 dragoons [soldados]. Los Covenanters se detuvieron en una elevación para aguardar el ataque. Mientras que esperaban, cantaron el Salmo 76 a la melodía de «Martyrs». El Salmo era muy adecuado; estaba bien apropiado para despertar el espíritu militar:


«Dios es conocido en Judá;

En Israel es grande su nombre.

En Salem está su tabernáculo,

Y su habitación en Sión.».


Las tropas galoparon hacia adelante y abrieron fuego. Su fuego atrajo una respuesta vigorosa. Los Covenanters apuntaron con precisión mortal; la lucha era intensa; los encuentros cuerpo a cuerpo fueron seguidos. Las tropas se separaron y huyeron, dejando 20 muertos en el campo. Los Covenanters tuvieron 1 muerto y 5 mortalmente heridos. Hamilton, Hackston, Paton, Balfour, Cleeland y Hall fueron los nobles capitanes que ganaron la victoria en el nombre del Señor de ejércitos.

Estos luchadores Covenanters, que podían así luchar como orar, ganaron para su posteridad el privilegio de adorar a Dios en paz. No hay nada ahora que dañe o que moleste en el monte de Dios. ¡Cuán puntuales, diligentes y agradecidos debemos estar en el servicio de nuestro Señor Jesucristo!

 

Una Masacre – d. C. 1679.

 

Los Covenanters prosiguieron con vigor la victoria en Drumclog. Claverhouse, con su ejército dividido, fue perseguido ferozmente. El huyó del campo de batalla en un caballo herido; no se detuvo hasta llegar a Glasgow, a 25 millas de distancia. Los perseguidores lo perseguían a mitad de distancia. El comenzó aquel día de reposo con el golpe de tambores, y lo terminó con derrota y vergüenza.

El día siguiente estos Covenanters habían duplicado su número; 500 hombres estaban preparados para la guerra, determinados en alcanzar al enemigo, renovar la pelea y ganar otras victorias. Esa mañana, con Hamilton al mando del ejército, se precipitaron valerosamente hacia Glasgow para caer sobre el ejército dividido de Claverhouse; pero fueron resistidos. Se retiraron muy abatidos a un campamento. Como era de costumbre con los Covenanters, ellos comenzaron a inquirir en la causa moral de esta desgracia. Ellos creían que por alguna razón Dios estaba desagradado. La investigación reveló el hecho de que Thomas Weir, que se había unido a ellos con 140 soldados de caballería, había sido un dragoon [soldado] en el ejército de Dalziel en Rullion Green, donde los Covenanters fueron derrotados.

Un comité fue designado para encargarse e investigar el caso de Thomas Weir. Fueron recibidos ásperamente. El no dio respuesta satisfactoria por haber estado en el lado del enemigo en otro tiempo. Los Covenanters fueron rápidos para llegar a conclusiones bíblicas y al instante lo clasificaron con Acán quien en los días de Josué trajo derrota sobre Israel. Thomas Weir con su escuadrón fue despedido en breve. Una resolución entonces fue adoptada en que ninguno fuese admitido en el ejército que había abandonado el Pacto o que era culpable de los pecados de los tiempos. Este fue un paso heroico, un regreso a un fundamento sólido, a saber a las bases antiguas del Pacto que había sido abandonado en 1650, cuando el «Acta de Clases» fue cancelada, y las puertas fueron abiertas para admitir hombres infieles en lugares de puestos públicos. Sir Robert Hamilton, al mando de la mitad de un escuadrón de Covenanters, así procuró noblemente reedificar los muros de Sión y levantar sus puertas, aún en tiempos turbulentos. Estos eran hombres de Dios que conocían al Señor de ejércitos, en cuyo ojos la fidelidad es todo y los números son nada. Ellos no tenían miedo de nada más que del pecado.

El espíritu militar de los Covenanters se esparció rápidamente durante la semana; ellos se congregaron bajo el estandarte que se levantaba de nuevo Por la

CORONA y el PACTO de CRISTO.

Bajo el Estandarte Azul ondulante 5,000 hombres se habían congregado cuando el sol del sábado se hundía en el occidente. Tenían un confianza sin límites en la causa por la que habían arriesgado sus vidas; un entusiasmo sacrosanto los unía. Estaban listos para la batalla aún «con golpes de mano,» tal como se lo expresaron a Hackston, uno de sus nobles capitanes. Ellos habían aceptado la responsabilidad de la guerra y estaban determinados a ganar o morir. El día de reposo se acercaba. Ellos habían planeado entrar en su dulce descanso y ofrecer la adoración apropiada; luego marchar el lunes por la mañana contra el enemigo, y combatir por la libertad. ¡Pero, que tan pronto las esperanzas más hermosas pueden ser cubiertas con oscuridad! El sol de ese atardecer se ocultó tras una fea nube.

Hamilton convocó el jueves un concilio de guerra. Él aprovechó la sabiduría y el consejo de Donald Cargill, Thomas Douglas, John King y John Kid, ministros eminentes entre los Covenanters. Ese Concilio adoptó una Declaración pública, declarando sus razones para tomar armas. Esta declaración encerraba lo siguiente:


1. Su propósito para defender la verdadera religión Reformada;
2. Su fidelidad al Pacto y Liga Solemne;
3. Un reconocimiento de pecados y deberes públicos;
4. Una denuncia del papado, de la prelacía, y del erastianismo.

La Declaración fue proclamada al ejército y publicada al mundo. Sobre estos principios inexpugnables el pequeño ejército se fortaleció; se sintieron a sí mismos fuertes en el Señor, y capaces en Su nombre para luchar Sus batallas.

El sábado por la noche, cuándo el silencio había caído sobre el campamento, John Welch llegó con una fuerza adicional de 440 hombres. Esto debiera haber sido una inspiración, pero fue todo lo contrario. John Welch fue un ministro prominente de los conventículos; «un predicador diligente, ferviente, próspero e incansable». El fue un hombre valeroso; un precio de $2,000 había sido puesto sobre su cabeza por el gobierno. Tal hombre no puede ser desacreditado. Sin embargo, él fue quién introdujo la confusión de lenguas que tuvieron como resultado la disipación total del ejército, y la derrota consecuente de los Covenanters en el Puente de Bothwell.

Welch se sintió insatisfecho con la Declaración. Era demasiado dura y rígida para él. En su parecer él la rebajaría para tranquilizar el rey, apaciguar al Duque de Monmouth, absolver a los ministros que recibieron la Indulgencia o clemencia, y restaurar a Weir al ejército. El presentó una nueva Declaración como un substituto para la que ya estaba vigente. Por dos semanas, hasta el momento en que el enemigo se formaba para la batalla, levantó la pregunta. La mayoría siempre estaba contra él. Finalmente Hamilton, el comandante, contrariamente a sus convicciones, se rindió por amor a la paz. El esperaba salvar de esta manera a su ejército dividido, para que con un ejército sólido él pudiese hacer frente al enemigo y ganar la batalla. Pero él confundió tristemente la sagacidad por la sabiduría. La batalla del Puente de Bothwell se perdió en ese mismo instante. La batalla se había perdido antes que se disparara un tiro. Hamilton se rindió antes de llegar a Monmouth. El había cambiado la verdad por conformidad. Su estandarte ya se halla envuelto, nadie emprenderá la lucha ahora, salvo los héroes de la retaguardia. El favor Divino que da victorias se ha sido retirado. El espíritu militar ha huido del líder y sus hombres se hallan débiles como mujeres.

El sábado por la mañana, el 22 de junio de 1679, el ejército del rey, 15,000 hombres, se reunió en la orilla norte del río Clyde; en el lado sur, los Covenanters llegando a los 5,000 los confrontaron. El puente estrecho yacía entre ellos. Hackston, Paton, y Balfour, con 300 Covenanters se mantuvieron en el lado sur. El resto del ejército estaba detrás de ellos en la llanura a tiro de distancia, agrupados en once cuadros sólidos; seis estandartes que ondulaban imperiosamente sobre ellos. Tenían un cañón, dos escuadrones de caballería y un grupo de guerrillas.

Monmouth ordena a sus tropas a marchar a través del puente. Una columna sólida empuja hacia adelante por el puente; paso sigue tras paso en esa procesión de terror, cuando he aquí, un soplo creciente de humo se eleva en la ribera de enfrente, y un disparo de cañón es lanzado entre ellos, mientras que mosquetes emanaban lluvias de muerte. El puente se halla cubierto con hombres heridos y los escuadrones dispersos retroceden. El Duque ordena otro ataque. Una segunda formación se mueve apresuradamente sobre el sendero ensangrentado de sus camaradas caídos para encontrar el mismo destino. Una y otra vez, hay ataque y contraataque. Ellos procuran atravesar el río, pero Balfour con sus tiradores de primera los hacen retroceder, mientras que muchos valientes yacen en la corriente fresca del río para no levantarse jamás. El puente gotea con sangre; el río Clyde se halla enrojecido. Después de tres horas los repuestos y las municiones de los Covenanters faltan, y Monmouth se apresura al puente. Los Covenanters los encuentran con espadas, pero son dominados; retroceden sobre el cuerpo principal y encuentran que está incapacitado para entrar en acción.

El ejército del rey pronto estaba al otro lado. Se forman en fila para el ataque general, pero vacilan entrar en batalla; ellos han probado el valor de los Covenanters, y se encontraron con resultados pésimos. Hamilton aguarda su oportunidad. Su intención es precipitar al enemigo en el río. El ordena un ataque delantero, pero la orden falla. ¿Por qué titubea su ejército? Ah, muchos de los oficiales han desaparecido. El terror se extiende sobre las masas como un frío mortal. Welch y sus amigos se han ido; Weir con sus 140 jinetes se espantan y huyen; Hamilton pierde la cabeza y su caballería se desbarata; el ejército cae en confusión; todo está perdido. En la pelea sólo 15 fueron muertos; en la huida 400 fueron muertos.

Monmouth, viendo el pánico, ordenó una persecución que tuvo como resultado una carnicería extensa, una masacre horrible. Un cuerpo de 1,200 soldados se rindieron; éstos fueron obligados a yacer en el suelo toda la noche. Si en sus heridas o dolores movían tan solo la cabeza o una mano, una reprensión se les entregaba desde un mosquete. Un cambio de posición, luego el zumbido de bala, una víctima sangrando, una lucha de muerte, y finalmente un cadáver pálido.

Ese fue un día de reposo triste para los Covenanters. Derrota, deshonra y angustia convirtieron el día en un recuerdo doloroso. La calamidad, indudablemente, surgió por traición a los principios de los Covenanters. La sabiduría Welch resultó necedad; la fuerza de Weir en debilidad; la conformidad de Hamilton en derrota.

El sacrificio de la verdad nunca puede traer nada bueno. Pérdidas, penas, derrotas, y muerte se encuentran en cualquier sistema que sacrifica principios.

 

Las Prisiones de los Covenanters – d. C. 1680.

 

«Aquellos que profesan a Cristo en esta generación deben sufrir mucho o pecar mucho,» exclamó uno de los mártires escoceses. El enemigo estaba en poder y todo medio se empleó para obligar a los Covenanters a abandonar su Pacto con Dios, quebrantar su relación con Jesucristo y así destruir su testimonio. Para lograr esto, el rey y sus cortesanos sujetaron a estas personas inofensivas a las más espantosas crueldades. Mientras que permanecieron firmes en su Pacto, la violencia aumentaba; cuando alguno de ellos cedía, un paso de traición llevaba a otro, hasta que finalmente caían en el campo del enemigo. El mismo proceso es verdadero en todo tiempo.

La masacre en el Puente de Bothwell trajo sobre los Covenanters las máximas penas. Sus sufrimientos habían sido hasta ahora como gotas continuas que caen en un día muy lluvioso, con vientos espasmódicos que golpean aquí y allá; pero ahora un huracán barría el país, trayendo consigo mismo ruina y desolación en su amplio sendero. Todo recurso disponible fue puesto en operación para la aniquilación total de los Covenanters. Su ardor por Cristo y por Sus derechos reales debe ser extinguido en su sangre, y su testimonio por la verdad debe ser callado. El rey, los tribunales, el ejército, los obispos – todos se unieron para derrocar el sistema Presbiteriano de la fe y del Pacto de Dios. El Rey Carlos se había determinado a construir su castillo de despotismo absoluto sobre las ruinas del templo de la libertad, erigido por los Reformadores. El sabía que la gloria de la supremacía de Cristo nunca se desvanecería del cielo de Escocia, mientras que los Covenanters predicasen, orasen y cantasen Salmos; ni tampoco su despotismo prosperaría mientras que hubiese Covenanters que desafiasen sus reclamos impíos de autoridad sobre la Iglesia, y sus intenciones inicuas para gobernar las conciencias de los hombres. Fue de ahí que se originó la intención temeraria de intimidarlos y suprimirlos.

Después de la batalla del Puente de Bothwell, el primer golpe de la excesiva crueldad cayó sobre los 1,200 presos que se habían rendido en el campo. Fueron puestos toda la noche sobre el suelo frío como ovejas amontonadas, rodeados por un guardia fuerte. Fue una noche de horror. Los centinelas observaban cada movimiento, y disparaban a cualquier mano o cabeza que se atreviese a mover. Por la mañana fueron tomados, dejando el verde campo manchado con enrojecidos estanques de sangre, y regado con muertos que habían recibido los disparos fatales; allí yacían en vestidos arrollados en sangre.

Los presos fueron atados juntos, de dos en dos, y llevados a Edinburgh, como ganado al matadero. El viaje fue penoso, durante el cual padecieron hambre, fatiga, burlas crueles y tratamientos brutales. En el cementerio de Greyfriars, estos presos fueron arrojados como animales mudos en un pequeño cerco que hasta hoy día permanece. Aquí fueron encerrados para aguardar su sentencia. Mil doscientos hombres, apenas con un espacio cómodo de posición, sin ropa decente, sin alojamientos sanitarios, sin alimento apropiado, sin techo alguno, encerrados por meses dentro de éstos muros de piedra bajo un guardia despiadado – ¿quién puede imaginar sus sufrimientos? Se les había despojado de todo excepto su ropa interior; el suelo duro fue su cama; el cielo raso fue su techo; fueron expuestos al calor de día, y al frío de la noche; las lluvias de julio los empaparon; las nieves de noviembre los cubrieron.

Durante estos meses fatigosos el número de presos cada vez se hacía menos, y en su mayor parte por medios descorazonados. Algunos de ellos se sometían a una fianza en que se confesaban a sí mismos ser rebeldes y prometían una obediencia incondicional al rey. Las penalidades de su condición, las amenazas contra sus vidas y los ruegos de parientes abrumaron sus conciencias. Fueron liberados sólo para ser reprochados, afligidos, atormentados, y para ser saqueados en sus casas por soldados que dominaban el país. Su fianza impía sacrificó su paz con Dios, y no les trajo protección del hombre. Tal es el resultado de todo acomodamiento que hace el pueblo de Dios con el mundo.

Las enfermedades redujeron también el número. Enfermedades que surgían por el clima, el descuido y maltrato, trajo desolación con su vidas. Los vivos velaban con gran cuidado a sus compañeros moribundos, mientras que yacían en el suelo duro y frío, destituidos de todo alivio y consuelo terrenal. Pero poseían en abundancia el Bálsamo de Galáad; las consolaciones de Dios eran abundantes; las promesas destilaban dulzura sobre sus labios; las oraciones llenaban el lugar con incienso; los Salmos eran como la música celestial en sus oídos; las puertas de gloria se les abrían de par en par al morir; el dolor, la pena y las tinieblas desaparecían del alma, mientras que ascendían del tabernáculo terrenal para entrar en la Ciudad Eterna.

Un cierto número de ellos fueron condenados a la muerte y ejecutados en la horca. Prominentes entre éstos, fueron John Kid y John King, dos ministros de Cristo. Ellos recibieron su sentencia con serenidad y caminaron mano a mano, al lugar de la ejecución. Su conversación era alegre. Su perspectiva se extendía mucho más allá de la horca, de las torres de la ciudad, de las colinas elevadas que se extendían en el horizonte, e incluso más allá del sol resplandeciente que entonces brillaba en el occidente. ¡Qué paisaje magnífico sus ojos deben haber percibido entre tanto que ellos ahora habían venido al Monte de Sión, a la ciudad del Dios vivo, a la compañía innumerable de ángeles, a los espíritus de los justos hechos perfectos! Ya triunfantes en fe caminaban sobre las calles de oro, con palmas en sus manos, coronas en sus cabezas y cánticos en sus corazones. John Kid era un hombre ingenioso, que poseía generalmente un humor inocente; aún a la vista de la horca su humor era irresistible. Mirando el rostro del rey compuso un juego de palabras con sus propios nombres, diciendo, «Yo a menudo he oído y he leído de un cabrito [kid] sacrificado, pero raras veces o nunca he oído de un rey [king] que sea hecho un sacrificio».

Cuatrocientos de estos Covenanters permanecieron tranquilos ante las amenazas, promesas, sufrimientos, o penalidades prolongadas. Las semanas y meses dolorosos podían haberles agotado su paciencia, pero ellos continuaron firmes en la fe y en el testimonio, resueltos a honrar a su Señor y a Su Pacto mientras que tuviesen aliento. Ellos recordaron la promesa, «Sé fiel hasta la muerte, y yo te daré la corona de la vida». Ellos eran de un tipo inflexible.

El concilio del rey, desesperanzado en procurar a traerlos a un acuerdo, se resolvió a terminar la tarea molesta enviándolos a todos a tierras lejanas. Colocaron 243 en un pequeño barco de vela, sacudido en el Océano Atlántico hasta que fue sumergido entre las olas. Los demás nunca fueron transportados.

Muchos Covenanters fueron encerrados en lugares aún más intolerables que estos. El Castillo de Dunnottar llegó a ser uno de estos lugares notables. Este castillo se encuentra en una roca que se proyecta al mar. Todavía existe aquí un espacio oscuro y profundo, llamado la Bóveda de los «Whigs», donde 167 Covenanters fueron amontonados. Cuarenta y cinco de éstos eran mujeres. El cuarto tiene 56 pies de longitud, 16 de ancho, y 12 de alto, teniendo dos pequeñas ventanas. Esta despreocupación atroz entre sexos, decencia, salud, y de todo derecho natural, despertó aún la indignación de la esposa del gobernador, quien demandó que las mujeres, después de algunos días, fuesen puestas en otra bóveda. Los presos sufrieron los horrores de estos hoyos asquerosos y oscuros por tres meses. Pero el Señor Jesucristo no los abandonó; ellos fueron sostenidos por Su gracia abundante. El oyó sus gemidos y los sostuvo en su fe. Algunos exhalaron su último suspiro en el piso duro de piedra, sin ninguna almohada en que reposar sus cabezas del dolor. ¡Bendito fin de tal horrible crueldad! Pero aún allí las «puertas de perla» se les abría de par en par, y el alma redimida se levantaba en poder para andar en la esplendente luz del mundo de arriba. Los que sobrevivieron la muerte se les ofrecía libertad a condición de tomar el juramento del rey, y de reconocer su supremacía sobre la Iglesia y sobre la conciencia. Ellos se negaron tenazmente a hacer esto. ¡Cuán grande fue la lealtad de estos hombres y mujeres al Señor Jesucristo! El encarcelamiento con todas sus amarguras les era más dulce que la libertad comprada con una conciencia contaminada.

Bass Rock, también, fue una penitenciaría para los Covenanters. Esta es una gran roca verde que se eleva notablemente del mar cerca de Edimburgo, teniendo los lados rocosos y elevados, y que son accesibles por un sólo lugar. Allá llevaron, en los años más tarde de la persecución, el exceso de presos después de que las cárceles interiores habían sido llenas. La Roca es un lugar muy desolado. Esta fue la Isla de Patmos para los Covenanters. Aquí Alexander Peden, John Blackader y muchos otros pasaron meses y años, caminando alrededor de los precipicios azotados por tempestades, o sentándose en los arrecifes contemplando hacia la tierra pensando en sus hogares desolados, en sus familias rotas, en la Iglesia arruinada y en la nación culpable. Cuándo las olas se estrellaban contra la Roca, y la marea se elevaba en alto; cuando las tempestades oscurecían la tierra, y las olas blanqueaban el mar; cuándo nada era oído por el ruido de las aguas, el rugido de la tempestad, y del chillido de las ave del mar, aún el Espíritu Santo estaba allí para iluminar a estos prisioneros de esperanza. Ellos tenían comunión con Dios; visiones de la gloria venidera iluminaban su hogar triste; ellos movían entre los paisajes celestiales; Bass Rock vino a ser habitada con ángeles. Blackader ha dejado registrado algunas experiencias ricas que él allí disfrutó.

Tenemos libertad para adorar a Dios de acuerdo a nuestra conciencia y a la Palabra. Pero no nos olvidemos que nuestra libertad es la flor, y nuestros privilegios son el fruto, que brotaron de la negra y áspera raíz de la persecución sufrida por nuestros antepasados. Si ellos no hubieran sido fieles, habríamos tenido que luchar las batallas que ellos lucharon, y sufrir como ellos sufrieron, o haber perecido en tinieblas. Por amor a las generaciones venideras, ¿no procuraremos ser nosotros igualmente fieles? Que el Señor Jesús nos conceda fuerzas y éxito.

 

La Declaración de Independencia – d. C. 1680.

 

La persecución de los Covenanters bajo el rey Carlos II había continuado veinte años. Estos fueron años de masacre, y sus horrores aún se profundizaban.

La batalla del Puente de Bothwell fue seguida por un punto culminante de sufrimiento y sacrificio. La ira del rey, descargada por los dragoons, cayó sobre cada distrito donde los Covenanters eran hallados y perseguidos a sus escondites. Se les requería tomar el juramento de lealtad, o sufrir consecuencias espantosas. Algunos eran arrastrados a los jueces para ser sentenciados, a otros se les disparaba como tiro al blanco donde fuesen hallados. Como un fuego que se extiende en una ciudad y devora despiadadamente mientras que sus llamas encuentran combustible, de este modo este fuego parecía estar destinado a esparcirse y devorar hasta que la última gota de sangre de los Covenanters se secase en las brazas.

Los perseguidores tuvieron gran éxito. Cuatrocientos ministros, en 1662, rehusaron recibir órdenes del rey en la ejecución de su ministerio; renunciaban el hogar y todos sus consuelos, antes que admitir los reclamos de supremacía del rey sobre la Iglesia de Cristo. Estos ahora habían sido reducidos a menos que a cien ministros. Algunos fueron martirizados, algunos fueron desterrados, algunos murieron de vejez y algunos por la inclemencia de los tiempos; pero muchos, si no la mayoría, habían sido forzados a aceptar la Indulgencia y regresado a casa. Su primer amor había sido apagado por los estragos invernales. Su celo por el Señor Jesús y por Su testimonio decaía en tanto que las dificultades aumentaban. Agotados con el sufrimiento, enflaquecidos por el hambre, expuestos a los peligros, envejecidos con penas, mientras que la oscuridad se extendía sin esperanza alguna de alivio, se debilitaron y aceptaron los términos de una falsa paz. Pero no los juzguemos con severidad. Nuestro Señor ha dicho de tales, «El espíritu está ciertamente dispuesto, pero la carne es débil». La lucha duró otros ocho años, durante este tiempo hubo sesenta ministros que se sostuvieron firmes por su Pacto en vez de cuatrocientos, e incluso estos sesenta, casi para cualquiera, consideraron conveniente suspender su testimonio y mantener silencio.

Los verdaderos Covenanters sin embargo no fueron conquistados. La muerte había dado muerte a sus miles, y la apostasía a sus diez miles, mas los fieles no habían perdido su ánimo. Había todavía una fuerza vigorosa de hombres y mujeres leales, personas calladas y serias, que se sostenían valientes por el Pacto y el Testimonio de Jesucristo. Ellos eran llamados, «El remanente». Con estos, el Espíritu Santo le plació revestirse, para la buena batalla de la fe que continuaron con un ardor constante. Se presentaron en la línea de fuego donde el lugar de la guerra se hallaba más intenso, y llegaron a ser el partido agresivo, demandando del rey sus derechos del Pacto. El Señor estaba siempre con ellos; ellos lo podían escuchar, diciendo, «Ten ánimo; he vencido al mundo». Su celo y energía eran más que las olas encrespadas de la Omnipotencia de Dios, el propio poder del Señor extendiéndose por el hilo del tiempo, y golpeando contra las rocas de la maldad y del desorden – olas de energía Divina que aún han de derramarse sobre cada nación, que ha de vencer el mundo entero, y que ha de cubrir la tierra con gloria, como las aguas cubren el mar.

Estos valerosos e indómitos Covenanters creían que el tiempo había llegado para avanzar hacia adelante, y ellos aceptaron la tarea como del Señor. Ellos no solamente eran inconquistables; ellos estaban determinados a conquistar. En el principio de la persecución fueron pasivos, sometiéndose sumisamente al reproche, al robo, al encarcelamiento y a la muerte, por amor a Cristo. Esto continuó hasta que su paciencia fue agotada.

Su segunda actitud fue la de defensa propia. La opresión vuelve a un hombre sabio indignado. El pueblo venía armado a los conventículos para hacer frente con espadas y mosquetes a las tropas que atacaban sus reuniones. Estos actos de defensa propia se convirtieron en dos esfuerzos distintos para levantar un ejército para confrontar los abusos. Durante todo este tiempo los Covenanters reconocieron a Carlos II como su rey.

La tercera actitud fue de revolución. Ellos ahora habían alcanzado este punto. Desafiaban el derecho del rey de reinar. Se determinaron tomar la corona de su cabeza, y colocarla sobre la frente de un hombre que fuese digno de tal honor, de uno que «teme a Dios, y que aborrece la codicia». ¡Qué tarea tan atrevida! ¡Qué valor exhibido por estos hombres! ¡Qué confianza sin límites contra toda fuerza superior, ventaja terrenal y sabiduría humana en la integridad de su causa que proclamaba la pérdida del rey de su trono y tener que confrontar las consecuencias de esta proclamación!

Esta batalla prometía pocas esperanzas. El panorama lejano era optimista y su éxito final estaba asegurado; pero la lucha presente debe ser sangrienta y el sacrificio de vidas humanas espantoso. Cada hombre que se recluta en el ejército en esta etapa debe esperar morir en el campo de batalla. Esta posición valerosa de los Covenanters ciertamente será desafiada por todos los poderes de las tinieblas que puedan ser reunidas contra ellos. Ellos ahora despliegan el Estandarte a favor de la Corona y del Pacto de Cristo sobre los terrenos más altos posibles; la persecución, por consiguiente se emprenderá, si es posible, con un furor diez veces más grande. El rey con toda su maquinaria de destrucción los combatirá en la manera más despiadada; Satanás con todas sus huestes los asaltará ferozmente. ¿Cómo podrá escapar de ser aniquilado este noble ejército?

Pero, ¿quién dirigirá a los Covenanters en tal lucha? ¿Quién guiará este «pequeñas rebaño,» cuando las huestes de Siria llenan por todas las partes el país? ¿Dónde están los ministros ahora, cuando el toque de trompeta proclama una guerra revolucionaria contra el rey? Mientras que las noticias estremecedoras resonaban de montaña en montaña, la mayor parte de ellos se hallan en cuevas, escondidos – como los profetas de Abdías. Tres, sólo tres, salieron hacia adelante. Estos leones del Pacto son Cameron, Cargill, y Douglas. Ellos echan mano del antiguo estandarte de batalla, y levantándolo a un nuevo puesto convocan a los hijos Pactantes de la libertad para marchar bajo sus dobleces flotantes. El «remanente» dio una respuesta noble.

Este ejército abnegado era simplemente el avance de un gran ejército que ahora era preparado por la providencia de Dios para la restauración de libertad civil y religiosa. Poco esperan ellos ganar bajo las condiciones de ese tiempo, pero ellos podían retener las masas de las tinieblas, hasta que el Señor Jesús trajese Sus fuerzas poderosas a la batalla decisiva. Ellos podían arrojarse a sí mismos sobre el enemigo, y con el impacto detener su progreso. Ellos plantaron principios y comenzaron un movimiento que ocho años más tarde tuvo como resultado la Revolución bajo el Príncipe de Orange. Cameron, Cargill y Douglas empezaron la Revolución, y William, el Príncipe de Orange la terminó.

Los Covenanters que entraron a este movimiento de ahora en adelante fueron llamados Cameronians. Richard Cameron fue el líder. En el primer aniversario de la batalla del Puente de Bothwell, el 22 de junio de 1680, él, con 21 hombres montados, cabalgó hacia el tranquilo pueblo de Sanquhar. Entraron con un espíritu militar; cada caballo montaba a un soldado cristiano; estaban armados para la guerra. Al llegar al centro del pueblo, se apearon y reverentemente hicieron una oración. Luego leyeron en voz alta una Declaración de Guerra contra el rey Carlos. Esta declaración la clavaron en el poste de la intersección principal de la ciudad. ¡Qué celebración tan heroica del primer aniversario de su derrota más grande! El papel llevaba esta declaración:


Repudiamos a Carlos Estuardo como alguien que tenga derecho, autoridad, o parte a la corona de Escocia para gobernar.

Nosotros, hallados bajo el Estandarte de nuestro Señor Jesucristo, declaramos guerra contra este tirano y usurpador, y contra todo hombre de este tipo como enemigo de nuestro Señor Jesucristo de Su causa y de sus Pactos.


Luego los hombres salieron calladamente, mientras que el pueblo leía la Declaración con una mezcla de alegría y de terror. Los leones rugieron sobre las colinas de Sanquhar, y el trono del rey se estremeció; dentro de unos pocos años el monarca y su dinastía habían desaparecido de la faz de la tierra.

Estos Covenanters prepararon también otra declaración que fue llamada el Papel de Queensferry. Contenía la siguiente declaración de los principios, por los cuales ellos contendían:


La admisión de las Escrituras como la única regla de fe y de conducta;

La promoción del Reino de Dios por todo método posible y legítimo;

Un apego a la Reforma Pactante de la Iglesia Presbiteriana;

Un repudio de toda autoridad que se oponga a la Palabra de Dios.

Con un valor intrépido, agregaron lo siguiente:

«Nos ligamos y nos obligamos a defendernos y los unos a los otros, en la adoración de Dios y en nuestros derechos naturales, civiles y aquellos dados por Dios, hasta que triunfemos o pasemos estos derechos bajo debate a nuestra posteridad, para que ellos pueden empezar donde terminamos».


Los padres han terminado su trabajo. Ellos defendieron noblemente la causa en sus días; ellos ofrecieron su sangre voluntariamente para su éxito; pero no se les permitió ver la victoria final. Los principios del Pacto por los cuales ellos contendían son la esperanza del mundo. El Pacto extiende la norma, el estándar más alto para la Iglesia y para la nación. Este estándar debe ser alcanzado, o la palabra profética fracasará. La lucha ha descendido sobre nosotros en la forma de «debate». ¿Seremos fieles a la tarea que nos ha sido impuesta por los padres, quienes alzaron resueltamente el Estandarte del Pacto entre las batallas más feroces? ¿Seremos un eslabón fuerte, o seremos un eslabón roto, que conecta el ilustre pasado con el glorioso futuro? ¿Cuál de estos, seremos?

 

Ayrsmoss – d. C. 1680.

 

Ayrsmoss es una palabra común entre los Covenanters. Aquí tenemos uno de esos numerosos lugares donde una derrota momentánea había sido transformada en gloria permanente. Un monumento de granito con una inscripción conveniente marca el lugar y el honor a los héroes caídos. Este es el campo donde Richard Cameron con un grupo fuerte de Covenanters confrontó al enemigo, y luchó la primera batalla de la guerra Revolucionaria de Escocia contra el rey Carlos II.

Ayrsmoss yace en el centro de una amplia soledad. El panorama se extiende sobre una tierra solitaria y desierta en todas las direcciones. La soledad se cierne sobre el aire mismo. El corazón se vuelve cansado y los ojos soñolientos, mientras nos sentamos en un copete de arbusto y miramos el monumento que lleva los nombres de los ilustres muertos. La meditación rehabilita fácilmente el paisaje, y en la visión, el campo vuelve a cubrirse con los horrores del conflicto. Los jinetes se estrellan uno contra el otro, el aire es cubierto con los disparos de fusiles, las espadas destellan a la luz del atardecer, los hombres caen, la sangre fluye, los Covenanters huyen, y – Cameron yace muerto en el campo.

Richard Cameron había pronunciado el principio de la libertad, que resonó por todas partes de Escocia, y hacia Inglaterra, y sobre Holanda, y llegó por fin a los oídos de William, el Príncipe de Orange. Cameron y sus compañeros Pactantes, habiendo repudiado la autoridad del rey Carlos, disputó por fuerza de armas su derecho de reinar. Ellos le habían plantado tres acusaciones en su contra. Estas fueron:


(1) Perjurio; (2) Usurpación; (3) Tiranía.


El rey había violado enormemente el Pacto al cual le había dado su juramento. El Pacto fue la constitución escocesa del gobierno, pero su violación deliberada fue traición.

El había usurpado la autoridad sobre la Iglesia, arrebatando la autoridad del Señor Jesucristo y pisoteando los derechos del pueblo en la adoración de Dios.

El había empobrecido, encarcelado, desterrado, e incluso matado despiadadamente sus súbditos en grandes números, sin ningún otro crimen más que el rehusar someter su conciencia a su voluntad tiránica.

Por lo tanto, como perjuro, el usurpador, y el tirano debe confrontar las determinaciones de guerra. La proclamación ha sido publicada; los hijos intrépidos del Pacto han llegado a una decisión. En el nombre del Señor de los ejércitos han desplegado el Estandarte para la Corona y el Pacto de Cristo. Este Estandarte a menudo puede ser roto con balas y manchado con sangre, pero nunca será doblado hasta que la causa de Cristo y la libertad prevalezcan. Estos Covenanters se han resuelto «continuar la lucha hasta que ellos venzan, o entregarla a la posteridad, para que cada generación pueda empezar donde la última terminó». Tal fue el voto solemne que ligó a estos Covenanters por su propia acción voluntaria el uno al otro, y todos a Dios y a la libertad en la adoración de Dios por Jesucristo. Unió también todas generaciones venideras en una solidaridad indivisible e invencible para la defensa de la libertad, para el triunfo de la justicia, y para la gloria de Cristo en Su Iglesia.

La Declaración de guerra había sido proclamada en Sanquhar. Allí Cameron con su grupo de veintiún hombres imploraron al Dios de las batallas, y tomaron la espada. Se detuvieron por unos pocos momentos contemplando solemnemente su Declaración; ahora clavada en un poste, y hablando a la nación. Teniendo sus caballos por el freno, se detuvieron lo suficiente para cantar un Salmo al Dios de las naciones, luego montaron. Antes que el ruido de sus corceles desapareciera gradualmente en las calles de Sanquhar, las noticias del acto atrevido se esparcía sobre las colinas. El ejército del rey, más de 10,000 hombres, se hallaba rápidamente tras las huellas de estos atrevidos revolucionarios.

Cameron no tembló ante los resultados del trabajo de ese día. Su alma estaba en fuego por el honor del Señor Jesucristo. El había expresado un deseo de morir luchando contra los enemigos declarados de su Señor. El nunca dudó del resultado final; la victoria estaba segura al final, sin importar cuales fuesen los obstáculos en el principio y las pérdidas por el camino. «QUE CRISTO REINE,» él exclamaba con fuego profético; «QUE CRISTO REINE, es el pendón que un día derrocará todos los tronos de Europa;» y él habló como si sus ojos refulgentes viesen los tronos tambaleándose, y sus oídos prestos oyesen el estrépito de su caída.

Una mes breve yacía entre la fecha de Sanquhar y de Ayrsmoss. Cameron y su pequeña compañía avanzaron cautelosamente sobre los lugares desolados. Ellos anduvieron a través de las tristes praderas, durmieron entre los arbustos florecientes, y recostaron sus cabezas fatigadas en el musgo. El suelo frío era su colchón; la niebla helada era su cobija; el cielo raso era su techo; las silenciosas estrellas eran sus centinelas; el Señor Dios Todopoderoso era su guardián. Así aguardaron el día de la batalla. Cameron gozó a buena hora la hospitalidad de amigos que se arriesgaron sus vidas al recibirlo bajo su techo.

El 22 de julio de 1680, fue el gran día memorable. La pequeña banda había entrado al centro de esta pradera solitaria. Aquí se hallaban sesenta hombres esforzados, hombres esforzados de Israel. «Todos tienen espadas, diestros en la guerra; cada uno su espada sobre su muslo, por los temores de la noche» [Cantares 3:8]. El número actual eran sesenta y tres hombres, veintitrés de ellos a caballo. Ellos se asieron de Cameron quien nunca se cansaba de predicar a Cristo a sus almas hambrientas. En este día su voz era inusualmente solemne. El tenía una certeza interna que el sol, que ahora inundaba el paisaje con esplendor y que quitaba el frío de la noche de sus venas, sus rayos ponientes mirarían su sangre y la sangre de ellos derramada sobre ese campo. Eran ahora las 4 en punto; los hombres descansaban en las pequeñas lomas que adornaban la pradera; sus caballos pacían a su lado; todo ojo a menudo escudriñaba el horizonte; en cualquier momento el peligro podría llegar.

«¡Ya vienen!» gritó uno quien vio una tropa que se acerba por la pradera. En un momento los sesenta y tres estaban en pie; los caballos fueron montados y cada hombre sacó su arma. El capitán Hackston, un veterano en la causa Pactante, asumió el mando. Cameron ofreció una oración; su oración registrada no era una súplica para seguridad ni para victoria, sino para que Dios «guardase el árbol verde y que tomase el maduro.» Ellos tomaron su posición, y aguardaron la llegada del Capitán Bruce con 120 soldados de caballería. Con determinación inflexible observaban a los dragoons cubrir el campo. Todo hombre estaba listo, todo ánimo firme. El valor de los Covenanters procedía de su conciencia; ellos sabían que su causa era justa; sus corazones los sostenía; su Pacto los fortalecía; tenían la certeza de la victoria final. Ellos ciertamente lograrán todo lo que es bueno para este momento, y para esta ocasión. Aún una derrota abrumadora será una victoria moral. El resultado será de acuerdo a la voluntad de Dios, y un acontecimiento necesario en el progreso del reino de Cristo.

Estos hombres fueron enviados para presentarse en la línea de fuego, y mostrar el espíritu, el valor y la fe de los soldados de Cristo; detrás de ellos el mundo espiritual se hallaba lleno de los ejércitos de Dios. Sus veinte-mil carruajes y millares de ángeles se acercaban para los combates sucesivos, que aún han de llenar el mundo con justicia y los cielos con alabanza.

Bruce y su tropa fueron recibidos con una lluvia mortal de balas; muchos corceles quedaban vacíos de sus jinetes. Hackston dirigió a sus jinetes en un ataque temerario; él casi partió la fuerza del enemigo en dos; pero sus hombres siendo pocos, los dragoons lo rodearon. Su caballo se atascó; él se apeó, y empleó su espada con resultados tremendos. Por fin cayó sangrando de muchas heridas. Los Covenanters fueron abatidos y vencidos en el campo de batalla. Nueve yacían muertos, entre ellos estaba Richard Cameron. Veintiséis fueron muertos en el otro lado, así fue tan firme el ánimo y el objetivo de los Covenanters ante las desventajas abrumadoras. La guerra por la libertad estaba ahora en pie; la primera sangre se había derramado, y había consagrado a Ayrsmoss. Pero el precio de la libertad es de valor muy alto; otros campos de batalla deben aún ser enrojecidos con sangre que fluirá de muchos corazones.

Nuestro disfrute de libertad civil y religiosa es tan permanente y ordinario que raras veces pensamos cual fue su sacrificio. ¡Qué dolores de tristeza, qué años de penalidades, qué arroyos de sangre nuestros padres pagaron por la herencia de la verdad y de la libertad que han dejado a sus hijos! Cuidemos en apreciar las bendiciones compradas con sangre, no sea que las perdamos.

 

Los «Cameronians» - d. C. 1681.

 

Richard Cameron había caído en la batalla en Ayrsmoss; pero la causa no había fallado, ni sería olvidada. «En memoria eterna será el justo» [Sal. 112:6]. Sus años fueron breves, pero su trabajo fue grande. El era un joven vigoroso y robusto, se hallaba en la flor de su juventud cuando encontró la muerte. El sol había alcanzado sólo el meridiano del cielo. Mientras que sus facultades resplandecían con energía divina, y su ministerio hacía la impresión más profunda, el Señor lo llamó a la gloria. El traslado de la tierra al cielo fue repentino y sublime. Uno de los poetas ha pintado su propia concepción del acontecimiento en un poema brillante, titulado, «El Sueño de un Cameronian». Esa vida noble, tan llena de celo, de acción y de poder, dejó una impresión permanente en la Iglesia de los Covenanters. Tan poderosa fue su influencia que las personas que se mantuvieron fieles al Pacto de ahora en adelante serían llamadas Cameronians.

El campo de Ayrsmoss presentó un panorama triste esa noche. El día de partida pudo haber lanzado sobre él un atardecer resplandeciente, pero nada podía aliviar la tristeza. La luz se retiraba entre tanto que los soldados partían tomando con ellos al Capitán Hackston y otros pocos presos heridos. La noche se asentó suavemente sobre la pradera; el grito de los capitanes había dado lugar al silencio de la muerte. Nueve defensores nobles del Pacto yacían muertos en el pasto cubierto de rocío. Los amigos, pronto como la seguridad se los permitió, vinieron; y reuniendo los cuerpos, solemne y tristemente, los enterraron en una amplia tumba. El monumento presente marca el lugar donde el polvo precioso aguarda la resurrección.

La cabeza y las manos de Cameron fueron cortadas y llevadas en triunfo ignominioso por las calles de Edinburgh. La cabeza fue elevada en la punta de una lanza y puesta delante de los presos en la cárcel de la ciudad. El padre de Cameron estaba preso allí en aquel tiempo. La cabeza y las manos le fueron presentadas, con un interrogante despreciativo, «¿Conoces esto?» El golpe enorme dio rápidamente lugar a una efusión del cariño paternal. La sangre, la palidez y aún la mirada fija del rostro sin vida parecían desaparecer en el afecto benévolo del anciano padre; para él el semblante era dulce como siempre, los ojos brillaban, los labios parecían moverse, la frente estaba ceñida con dignidad sacrosanta. Mil escenas tiernas del pasado deben haberse precipitado sobre el alma del padre agitado. Él tomó esas partes frías, más preciadas para él que su propia carne, y mientras que las lágrimas fluían abundantemente, las besaba diciendo, «yo las conozco; son de mi hijo; mi propio hijo querido: el Señor no me puede dañar ni a mí ni a lo mío; la voluntad del Señor es buena.»

Cameron vivió en el período más crítico de la causa Pactante. Su vida de servicio y de sacrificio se elevó en fuerza monumental justo apenas cuando la Reforma Pactante parecía estar lista para el entierro. La inundación de las Indulgencias casi había sumergido el testimonio de los Covenanters. Muchos de los ministros habían sido arrastrados en ese lazo satánico. El resto fue intimidado, o fue incapacitado con la enfermedad y vejez. Pero había un ejército de hombres valientes y mujeres honorables, miles en número, que sin líder alguno confrontaban el furor creciente de la persecución, y continuaban su testimonio por Cristo desafiando la ira del rey. Estos fueron llamados Society People [la confraternidad de hermanos], y Cameron durante su ministerio público era su líder.

Cameron y la Society People, después conocidos como los Cameronians, han sido criticados severamente por su exclusividad. Rehusaban tener compañerismo con los ministros que aceptaron las Indulgencias y que habían consentido a la supremacía del rey sobre la Iglesia, y de igual manera con los ministros de campo que habían enmudecido el testimonio Pactante. A menudo son representados como severos, intolerables y poco caritativos en extremo. Al lanzar una mirada a la comisión de Cameron mostrará cuán infundada es la acusación.

Richard Cameron recibió la ordenación en Holanda, cuatro meses después de la batalla del Puente de Bothwell. El servicio de la ordenación fue muy solemne y conmovedor. El presbiterio sentía que estaban delegando a un siervo de Dios para hacer una obra que le costaría su vida. Mientras que los ministros ponían sus manos sobre la cabeza de Cameron en el acto de la ordenación, le fue dicho por uno de ellos, que la cabeza en que sus manos estaban colocadas un día sería cortada de su cuerpo y puesta ante el sol y luna a la vista pública. Tal fue la visión de sangre que se movía ante sus ojos durante los ocho meses de su ministerio. En ese mismo tiempo, él también recibió la exhortación: «Ve, Richard; el Estandarte público del Evangelio se haya caído en Escocia; ve a casa y levanta el Estandarte caído, y exhíbelo públicamente ante el mundo. Pero antes que pongas la mano a ello, ve a cuantos ministros de campo puedas encontrar, y extiéndeles tu invitación cordial para que vayan contigo.»

Fiel a su comisión, Cameron fue. El buscó los ministros de campo. El número de ellos ahora era cerca de sesenta. Estos se mantenían cerca de sus escondites; sus voces apenas iban más allá de la boca de sus cuevas; ellos estimaban su sangre más valiosa que su testimonio por Cristo y por Su Pacto. Veinte años de incesantes dificultades los habían desalentado; la inundación reciente de la ira del rey los había agobiado; en su mayor parte habían sido enmudecidos en su testimonio por Cristo, como las piedras en las que se escondían.

De los sesenta ministros Cameron encontró sólo dos que estuvieron dispuestos a unirse con él, y con él sostener el Estandarte del Pacto ante los ojos de la nación. Uno de éstos, Thomas Douglas, pronto desapareció, dejando a Cameron y a Cargill para dirigir solos el pueblo Pactante de Dios en su lucha que se volvía más dura cada día. Estos dos intrépidos ministros de Cristo aceptaron la responsabilidad, conociendo muy bien que el precio se pagaría, sería su propia sangre. Y ellos han sido reprochados por su exclusividad.

Veinte años antes, los ministros Pactantes llegaban a los mil. Más de la mitad de éstos habían violado el Pacto por una resolución en 1650 que concedía puestos de cargo civil a hombres que carecían requisitos morales. ¿Acaso será reprochada la minoría por no seguirlos? En 1662, la fraternidad ministerial fue de nuevo divida en dos por el decreto del rey que les requería someterse, o abandonar la casa parroquial. Cuatrocientos se negaron a obedecer. ¿Acaso serán reprochados estos por separarse de sus hermanos que se quedaban? En años subsiguientes que les siguieron a las Indulgencias, uno tras otro fueron capturados, todos menos sesenta. ¿Acaso los sesenta serán reprochados por no seguir a los otros en someterse a la supremacía del rey sobre la Iglesia? Y ahora todos, menos dos abandonaban el testimonio público por la corona de Cristo. ¿Acaso estos dos serán reprochados por separarse de los sesenta, y levantar en alto el Estandarte de Cristo?

Cameron y Cargill, con la Society People, se mantuvieron en una base separada de sus hermanos que se habían alejado de esa base, y que los habían dejado luchar solos en condiciones desfavorables y contra enemigos feroces, para una Reforma Pactante a la cual todos se habían sometido por un juramento solemne. Estos hombres, con la Society People apoyándolos, se sostenían firmes por su Pacto y juramento de Dios, los demás se habían alejado. ¿Reprochar los Cameronians por su exclusividad? Más bien, seamos sinceros y reprochémoslos porque no resbalaron, ni tropezaron, ni cayeron de los avances y logros del Pacto como sus hermanos. Estos hombres ilustres se sostuvieron en alturas de donde los otros se habían apartado; y agitando los colores del Estandarte del Pacto envejecidos por las batallas, los llamaban a que se levantasen y ocupasen el terreno donde se habían mantenido anteriormente.

Los Cameronians mantuvieron una posición alta; pero no fue ilusoria ni imaginaria; fue práctica y bíblica; aquí había tierra firme, un fundamento de piedra. En ella no hubo descarríos, ni desviaciones ni fangos. Las verdades que ellos sostuvieron eran claras, bien pulidas, inflexibles, fundamentales e inalterables. Su juramento los obligaba a defender la soberanía de Cristo, el reino de Dios y la religión Reformada.

El Estandarte flota todavía allí en el cuidado de unos pocos sucesores. Bajo el Señor de los ejércitos, el Capitán del Pacto, ellos continúan hasta este día sin ningún pensamiento de volver atrás o de arrastrar por el polvo los colores de su Estandarte. Ellos están seguros que iglesias y naciones aún subirán alturas de la doctrina del Pacto y de fidelidad bajo el Señor Jesucristo. La plaga que hoy día azota a las iglesias es un retroceso hacia abajo, lo cual es una influencia mala que atrae constantemente a la gente más y más abajo. Pero en los postreros días el Espíritu Santo será derramado sobre toda carne; entonces el mundo tendrá una resurrección espiritual, y una ascensión gloriosa a los terrenos del Pacto, por medio del Señor Jesucristo, «a quien sea el dominio y majestad eternamente». «El monte de la casa de Jehová será confirmado como cabeza de los montes, y será exaltado sobre los collados, y correrán a el todas las naciones.» [Isa. 2:2].

 

La «Estrella Solitaria» – d. C. 1681.

 

Donald Cargill fue por este tiempo el único ministro de la Society People. El fue la «Estrella Solitaria» apareciendo en el firmamento de la Iglesia Pactante. La noche se hallaba muy nublada. La tempestad de la persecución había oscurecido la tierra; la apostasía de la iglesia había profundizado la oscuridad; la ira del Señor contra la nación perseguidora y contra la iglesia apóstata, cubría a Escocia con una noche triste. Las estrellas habían desaparecido dejando una sola, un orbe solitario, que tenía el poder suficiente para romper la lobreguez mortal con sus rayos resplandecientes.

Donald Cargill fue el «Elías» de su día, el líder solitario del Pacto después de la muerte de Cameron. Indudablemente había siete mil, sí siete mil repitamos, que no habían doblado la rodilla a Baal; pero se hallaban escondidos en cuevas y en cavernas, aguardando la manifestación portentosa del poder y de la gloria del Señor. Había muchas estrellas, pero la noche era demasiado oscura para que brillasen; también ellas se habían vuelto opacas. Aún Alexander Peden el profeta fervoroso de Escocia, que nunca se había debilitado en el Pacto ni había disminuido en su carrera brillante – ni aún él se identificaba con los Cameronians en la declaración de guerra contra el rey Carlos, ni en la demanda para que bajase del trono. Cargill fue el líder solitario de los intrépidos Covenanters en su nuevo y agresivo movimiento.

Los últimos años de Cargill fueron sus mejores años, y sus últimos servicios fueron sus más grandes. El creció como el cedro, aumentando en fuerza, en servicio y en dignidad hasta que lo cortó la muerte. Su celo se elevaba en llamas con los vientos adversos: él hizo sus trabajos más nobles cuando fue más dolorosamente agobiado. El llevaba a cabo los servicios de adoración pública aún cuando se hallaba herido y sangrando; él llevaba consigo las heridas de la espada al púlpito y finalmente las cicatrices de la batalla a la tumba. Una mirada a su carrera maravillosa debe ser inspiradora.

Aún en la niñez Cargill era conocido por la oración. El creció en una granja hermosa donde los campos se sumergían en los valles y se elevaban sobre las altas colinas. La austera naturaleza enseñó al niño a desarrollar esplendor, grandeza y dignidad. Se recreaba a menudo en los linderos de ese mundo del más allá en sus meditaciones y en la oración. Pero especialmente la adoración en el hogar, la Biblia de la familia, el catecismo hogareño, la disciplina rigurosa, y los solemnes días de reposo moldearon al chico y despertaron las facultades que distinguirían al hombre. La religión en el hogar, que era estricta, solemne y una que inspiraba reverencia, formaba héroes de los hombres del Pacto. Si no hay la religión en el hogar, puede esperarse a que los niños lleguen a ser mentecatos moralmente y menesterosos espirituales.

Cuándo Cargill era aún joven, se conocía por pasar noches enteras en oración. ¡Qué noches han de haber sido para ese corazón joven! ¡Qué manifestaciones del Evangelio y del amor de Dios! ¡Qué revelaciones de la hermosura de Cristo, de la preciosidad de Su sangre y de los tesoros de Su Pacto! ¡Qué discernimiento en el valor del alma y de su comisión de parte de Dios! ¡Qué pensamientos de mayordomía, de responsabilidad, de recompensas, de castigos, del día del juicio, de la eternidad! ¡Qué visiones del reino del Señor Jesucristo, de Sus derechos como Rey, de Su gloria y majestad, de Su celo por la Iglesia, de Su indignación contra el mal, de Su defensa de lo bueno! ¡Cómo habrían sido esas noches de oración para ese corazón pequeño! El Espíritu Santo descendió sobre el tierno suplicante; la gloria del Señor resplandecía a su alrededor; el cielo se inclinaba y derramaba bendiciones sobre su cabeza; hizo muchas excursiones a ese mundo de arriba. ¡Qué vida tan maravillosa no podríamos esperar que surgiese de un comienzo como éste! ¡Observad atentamente aquel muchacho que pasa noches enteras en oración, o aún horas enteras hablando con Dios! Ciertamente el resultado será admirable.

El valor era prominente entre las cualidades que pusieron a Cargill al frente, y lo constituyó en uno de los muchos poderosos de Escocia. Él, de nada tenía temor más que del desagrado de Dios. Su intelecto monumental, pulido con educación, instruido en la Biblia y radiando con el Espíritu Santo, le dio un amplio horizonte. Él hizo el trono del Señor Jesucristo su punto de enfoque, y por lo tanto vio las cosas en su relación verdadera. El tuvo una comprensión poderosa y espiritual de las verdades de Cristo y de Su dominio universal. El vio a Jesús coronado con muchas coronas; la Iglesia unida a Cristo en matrimonio; y todo el universo sujeto a Cristo por causa de la Iglesia. La perspectiva clara y extensa de Cargill sobre Cristo y sobre Su dominio universal le permitió tomar la posición correcta en la gran lucha que en ese tiempo sacudía los fundamentos de Escocia. El escogió sabiamente el lado fuerte. El compartió su suerte con el pobre «remanente», que era perseguido, capturado y ejecutado tan rápido como los soldados sanguinarios del rey Carlos podían llevar a cabo su obra cruel. La mayoría de los hombres consideran éste el lado débil, pero los ojos de Cargill lo contemplaban desde el mundo espiritual. El contempló el poder infinito de Dios, la omnipotencia de la verdad y las huestes celestiales. El sabía que todas las fuerzas de la justicia avanzaban en armonía inigualable a favor del «remanente» que se mantenía fiel al Señor Jesucristo. Al estar consciente de este poder infinito, que reposaba sobre sus hombros, ¿cómo podría él tener miedo?

Cargill aceptó el oficio del ministerio del Evangelio con un sentido profundo de indignidad. Cuando fue instado a entrar al ministerio titubeaba, y pasó un día en ayuno y oración para conocer la voluntad del Señor. Dios le habló enviándole al corazón el mandato irresistible: «Hijo de hombre, come este rollo, y ve habla a la casa de Israel.» El tomó esto como la respuesta mientras que estas palabras resonaban en sus oídos día y noche. Ya no titubeo más; desde ese tiempo se consagró a la obra del Evangelio, y su celo lo constituyó como un punto reluciente para el enemigo.

Su servicio regular en cierta ocasión cayó en el aniversario de la restauración del rey al trono. El lugar de reunión se llenó; el país se regocijaba con el rey, aunque éste ya se había arrojado sobre la marea carmesí de la persecución. Lanzando una mirada a la audiencia y juzgando que muchos habían venido para rendir honores al rey, su alma ardía en indignación, y sus ojos destellaban con desprecio hacía el asesino que tenía la corona. «No estamos aquí,» dijo él, «para celebrar este día como otros lo celebran. En un tiempo creímos bendecir el día cuando el rey regresaba a casa, pero ahora tenemos razón suficiente para maldecirlo. Si alguno de ustedes ha venido para solemnizar este día, deseamos que se retire.» Entonces elevándose en vehemencia apasionada, clamó, «¡Ay, ay, ay del rey! Su nombre será un hedor mientras el mundo permanezca, por la traición, por la tiranía y por la lascivia.» Desde ese día buscaban su vida para quitársela; mas él vivió y predicó veinte años más.

La vida de Cargill fue sacudida por las olas más violentas. El hizo muchos escapes por un cabello. Cerca del hogar de su niñez yace un valle profundo, y abajo hay una corriente que proviene de las montañas que se precipita por un canal rodeado de piedras, batiéndose como blanca leche. En cierta ocasión estaba siendo perseguido por soldados desde Dundee, por un trecho de nueve millas. El huyó hacia abajo por el precipicio escarpado y saltó la sima. Los soldados que le seguían vinieron al lugar pero no se atrevieron a saltar. Cargill subió al dique opuesto y escapó. Cuando le fue recordado un día que él había hecho un buen salto, él contestó en una manera graciosa, «Sí, pero me di una buena carrera antes de saltar».

En otra ocasión él vio un grupo de soldados que se acercaban en busca de él. El avanzó hacia adelante serenamente, y mirándolos fijamente, siguió su camino. Ellos que no lo conocían personalmente nunca pensaron que un hombre de semblante tan alegre podría ser el que buscaban. En Queensferry la casa todavía permanece donde él y el Capitán Hall fueron arrestados. El valiente Capitán se interpuso entre Cargill y el oficial. La lucha fue regida; Hall fue herido mortalmente; Cargill también fue herido gravemente pero escapó. Pero esto no lo detuvo de cumplir con su compromiso que tenía en una reunión de conventículos; él predicó aún hallándose herido. Parecía que nada detenía a este hombre de Dios en la obra del Evangelio mas que la muerte. Sin embargo su servicio más grande aún tenemos por contarlo.

¿Habremos incorporado en nosotros el elemento del poder Divino en nuestras vidas? ¿Hacemos el trono de Jesucristo nuestro enfoque, de donde vemos todas las cosas relacionadas con El, y por El una con otras? ¿Defendemos lo que es recto, por muy débil que pueda parecer, sabiendo que toda autoridad que es de Dios están en ese lado? Los tiempos demandan vidas heroicas, hombres que no titubean bajo el reproche, ni evaden sus convicciones; hombres que sostendrán la verdad a toda costa, y que denunciarán el pecado en cada peligro. ¿Puede proveer ahora la Iglesia tales hombres?

 

Un Servicio Extraordinario – d. C. 1681.


La severidad de la persecución ahora había llevado a los conventículos a los lugares más solitarios. Muy pocos ministros en este tiempo se arriesgaban, en cualquier caso, a predicar en las reuniones al aire libre. Cargill vivió más tiempo que Cameron, lo cual fue un poco más de un año. Ellos se habían acostumbrado a asistir a estas reuniones juntos; su confraternidad en el ministerio de Cristo era un gozo mutuo. Se hallaban unidos igualmente, y constituían un equipo poderoso. Donde los dos predicaban los oyentes tenían un gran banquete. Pero la muerte los había separado; Cargill sentía intensamente el desconsuelo. El llegó a ser después como una paloma que llora la pérdida de su compañero. El predicó un sermón conmovedor en el día de reposo después de la muerte de Cameron, tomando su texto del canto fúnebre del rey David sobre la muerte de Abner: «Un príncipe y grande ha caído hoy en Israel» [2 Sam. 3:38].

Cargill era ahora de setenta años de edad; con su pelo plateado, acabado y debilitado con las experiencias terribles que habían llenado su vida perseguida. Su último año fue un punto culminante apropiado, el mejor de todos sus años en el servicio del Señor. Los toques de su trompeta fueron siempre vigorosos y decisivos; una explosión, sin embargo, fue especialmente fuerte, larga y clara, cosa semejante que el mundo nunca había oído.

Este predicador de justicia denunció el pecado con una agudeza inflexible. El no era uno que hacía acepción de personas; el rey recibió su parte de reprensión y amonestación, igualmente como el más humilde de la tierra. El tenía un gran celo por el Señor Dios de los ejércitos, y no toleraría ultraje alguno contra Cristo.

El rey Carlos había cometido la deshonra más baja contra el Señor Jesucristo. El había arrebatado la corona de Cristo, había quebrantado el Pacto santo, había aplastado la Iglesia, y había derramado la sangre de los santos. El espectáculo de semejante horrible maldad hizo que hirviera la sangre de Cargill, y en momentos oportunos sus sermones se elevaban en elocuencia apasionada contra el rey malhechor. En cierta ocasión asentó una invectiva triple sobre la cabeza del rey. Esto nunca podría ser perdonado por el rey asesino que destruía el pueblo de Dios. El rey lo persiguió con ira implacable. Un precio de $1,200 se ofrecía por su cabeza, vivo o muerto. Por veinte años y más los perseguidores sanguinarios iban tras sus huellas. Veinte años, con la espada colgando sobre su cabeza, hace una vida solemne. Veinte años, entre las dificultades y los horrores de la persecución, imparten una experiencia rica. Veinte años, en el horno calentado siete veces más de lo acostumbrado, purifica un alma. Veinte años, ocultándose bajo la sombra del Altísimo, hacen a un predicador poderoso. Se decía de él, como de su Maestro, aunque en un sentido menor, «Nunca ha hablado un hombre como éste». Su voz alcanzaba círculos vastos, resonaba a través de los extensos bosques, y hacía eco en los lados rocosos de las montañas. Miles se derretían con sus tiernas palabras; y muchos marchaban en línea bajo el Pacto por su lógica poderosa. El hablaba de una experiencia profunda, implorando como un hombre que se sostenía ante el resplandor del tribunal de Cristo. Mientras que predicaba, el mundo eterno parecía brillar a su alrededor. Algunos de sus discursos han sido preservados por la prensa.

Los sermones de Cargill y sus oraciones eran generalmente cortos. El recibió una vez una amonestación apacible por su brevedad. El estaba llevando a cabo un conventículo; las personas habían venido de una larga distancia para oír la predicación; tenían hambre y sed de Dios y de Su Palabra. La gran congregación se rebosaba con la abundancia rica del Evangelio, y pendían en suspenso de los labios del ministro, cuando de repente paró. El había terminado. Uno de los oyentes, que creía que sólo una raja de pan había sido dada, cuando lo que se necesitaba era una barra entera, se le acercó y le dijo, «Ah, señor, el tiempo es largo entre las comidas, y nosotros nos hallamos en una condición hambrienta, y es dulce, bueno y sano lo que está dando; pero ¿por qué nos priva tanto con algo tan poco?» Cargill contestó, «Desde que me arrodillo solícitamente para orar, yo nunca me atrevo a orar ni a predicar con mis talentos; y cuando mi corazón no se siente conmovido ni viene de mi boca, yo siempre he creído que es tiempo para parar. Lo que no viene de mi corazón, tengo poca esperanza que llegue al corazón de otros». El podía distinguir entre el producto de sus propios talentos y lo que es del Espíritu Santo. Lo uno es como burbujas sobre el agua a almas hambrientas; lo otro como las uvas de Escol [Num. 13:24].

El acontecimiento más notable en la carrera de Cargill fue la excomunión del rey y seis de sus cómplices de la Iglesia Pactante. Estos siete hombres fueron los perseguidores principales por aquel tiempo. Anteriormente ellos habían sido Covenanters, pero habían abandonado el Convenio [Pacto], y habían caído en extrema maldad. La Iglesia nunca había tratado con sus casos; ella había perdido el poder. Los tribunales de la Iglesia eran controlados por el rey. Pero ¿acaso, por esto, la disciplina fallará? ¿Acaso la Iglesia ya no puede sostener más sus leyes y administrar sus reprensiones? ¿Acaso se ha vuelto incapaz? Las condiciones extraordinarias justifican los métodos extraordinarios. Cargill formó el osado propósito de publicar estos casos; y de infligir las reprensiones, solo y por sí mismo, como un ministro de Jesucristo. No en espíritu de venganza, ni como un anatema vano, sino con la autoridad de Dios en el nombre de Cristo; y con un sentido profundo de responsabilidad, asignó la pena espiritual a estos impenitentes transgresores manchados con sangre. La vitalidad indestructible de la Iglesia así reapareció en ese acto solemne.

Esta acción fue tomada en uno de los conventículos celebrados en Torwood a principios del otoño de 1680. La asistencia fue grande. El pueblo no sabía lo que venía. Cargill se hallaba muy alentado. Después de un poderoso sermón, él prosiguió con el acto de la excomunión. La forma fue esta:


Yo, siendo un ministro de Jesucristo, y teniendo la autoridad de parte de El, en Su nombre, y por Su Espíritu, excomulgo, hecho fuera de la Iglesia verdadera y entrego a Satanás a Carlos II, por estos motivos: (1) Su burla de Dios; (2) Su gran prevaricación; (3) Su revocación de todas las leyes para establecer la [Segunda] Reforma; (4) Su ejército tiránico en destruir el pueblo del Señor; (5) El ser un enemigo de los Protestantes verdaderos; (6) Su consentimiento en otorgar perdón a hombres asesinos; (7) Sus adulterios.


Cargill sabía que él sería juzgado desfavorablemente, por generaciones futuras, por lo que él había hecho; muchos considerarían la excomunión como algo irrazonable e injustificable. El, por consiguiente, arriesgó su reputación y autoridad en una profecía que él pronunció en su sermón en el siguiente día de reposo: «Si estos hombres mueren la muerte ordinaria de los demás hombres, entonces Dios no ha hablado por mí.» El rey Carlos fue envenenado; el Duque de York murió delirando bajo la sentencia; McKenzie murió con la sangre fluyendo de muchas partes de su cuerpo; el Duque de Monmouth fue ejecutado; Dalziel murió bebiendo, sin recibir un momento de advertencia; Lauderdale se hundió en decrepitud por desenfreno excesivo; el Duque de Rothes entró a la eternidad en la desesperación misma. La profecía tuvo su cumplimiento terrible, hasta el último hombre. «¡Horrenda cosa es caer en las manos de un Dios vivo!» [Heb. 10:31]

Ya no quedaba mucho para Cargill que hacer. Unos pocos más conventículos, el reconocimiento de la supremacía de Cristo ante los jueces, un testimonio público en la horca; entonces la sangre puede fluir y sellar la verdad que tanto amaba predicar. Sus perseguidores por fin lo descubrieron. Gran fue la alegría de sus enemigos cuando fue hallado, y atado, y precipitado a la prisión. Su juicio fue rápido, resultando en la pena de muerte. Su ejecución le siguió rápidamente. Cuándo él vino a la horca, él colocó su espalda contra la escalera, y dirigió palabras a la multitud que se había reunido para presenciar su última lucha. El rostro venerable emitía alegría. Esa mañana él había escrito algunos de sus ricos y copiosos pensamientos. Aquí está uno de ellos: «Este es el día más alegre que jamás yo he visto; mi gozo ahora comienza que nunca será interrumpido». Su alma fluía con arrebatos celestiales; la gloria del cielo prorrumpía a su alrededor. La emoción de su juventud de nuevo aceleraba su pulso; él ascendió al lugar de la horca y volteando el rostro, dijo, «El Señor sabe que subo por esta escalera con menos temor e inquietud mental de la que jamás tuve cuando subía al púlpito para predicar». Habiendo llegado a la plataforma, donde el lazo esperaba su cuello, se despidió de la tierra, y dio la bienvenida al cielo. «Adiós,» él exclamó; «Adiós, a todos mis parientes y amigos en Cristo; adiós a mis conocidos y todos los placeres terrenales; adiós a toda lectura y predicación, oración y fe, a peregrinaciones y reproches y sufrimientos. Bienvenido el gozo inefable y glorioso. ¡Bienvenidos Padre, Hijo y Espíritu Santo! en Tus manos encomiendo mi espíritu». ¡Qué era la muerte para un hombre como él sino como el comienzo de la gloria! La negra horca fue iluminada con el resplandor que brotaba de las puertas celestiales de perla.

¿Cuánto del espíritu de celo, valor, testimonio y de disciplina, aviva hoy en día a los descendientes de los Covenanters martirizados?

 

Las Sociedades – d. C. 1682.

Después de la muerte de Cameron, los Covenanters del tipo «Cameronian» se formaron a sí mismos en sociedades para el culto de Dios, para su propia edificación espiritual y para la defensa del Pacto. La mitad de una docena de familias o más, teniendo la misma fe, espíritu y propósito, se reunía en el día de reposo para compañerismo y adoración. Esto se llamaba una «sociedad».

Esos fueron días de triste decadencia. La apostasía había arrastrado al gran cuerpo de Covenanters de su fundamento. Bajo la presión de la persecución y los lazos de la Indulgencia real, muchos ministros y personas habían abandonado enteramente, o hasta cierto grado, el terreno logrado de Reforma. Las personas de las Sociedades rehusaron hacer concesiones por las cuales la verdad sería suprimida, la conciencia contaminada, o algún principio bíblico sacrificado. Ellos se mantuvieron firmes a favor del Pacto, y aceptaron las consecuencias incluyendo la más dura servidumbre y los sufrimientos más grandes.

Las personas de las Sociedades han sido reprochadas para su exclusividad; rehusaron asociarse con otros en el culto de Dios, y a ningún ministro escuchaban a menos que fuese uno de los suyos. Pero, ¿por qué? Considérese sus razones, luego sean juzgados. Estas personas se mantenían solas simplemente por el hecho de que ellas habían sido dejadas solas; estos soldados de Cristo habían sido desamparados mientras que se mantenían en el terreno ganado por sus padres a costa de mucha sangre. Se mantuvieron donde el Señor Jesucristo los había puesto, dándoles un encargo solemne de guardar el juramento, y defender Sus derechos reales. Entonces, ¿deben ser reprochados, por no unirse a la apostasía general? ¿Qué dice el Señor? «Si alguno retrocediere, no agradará mi alma»[Heb. 10:39].

Desde la fortaleza del Pacto estos soldados veteranos de Cristo agitaban heroicamente el Estandarte Azul, declarando a sus hermanos, y al mundo, que por la gracia de Dios ellos nunca se rendirían. Ellos fueron los verdaderos Covenanters, los del verdadero [Estandarte] color azul, los de la estirpe antigua. Ellos no eran una secta; ellos eran el «remanente». Ellos se mantenían firmes en el terreno original; los otros habían roto el Pacto y se habían alejado. Estos eran el centro, el núcleo, la sustancia, la fuerza integrante, el cuerpo organizado, la forma visible de la Iglesia Pactante en aquellos días. Las Sociedades eran la continuación de la Iglesia que había prosperado en los días de Knox, y que tomó la postrera y mayor gloria en los tiempos de Henderson [líder en la Asamblea de Westminster]. Ellos eran la misma Iglesia, que tenía la misma fe, el mismo Convenio y los mismos servicios.

Las personas de las Sociedades no eran la rama, eran el tronco de donde las ramas habían caído. Las ramas se hallaban regadas alrededor; pero el tronco, aunque quebrantado y desfigurado, todavía estaba profundamente arraigado en la tierra del Pacto y lleno de vida.

Los perseguidores concentraron más que nunca su ataque sobre estas personas. Ellos fueron perseguidos y cazados como si fuesen animales de presa. Abundantes recompensas se ofrecían por sus líderes. Mas ellos se mantenían firmes al lado de su Pacto; no sacrificarían ni un cabello. La fidelidad a Cristo devoró toda otra consideración; esta fidelidad fue la pasión ardiente de sus vidas.

Estas sociedades eran numerosas que se extendían a través de una zona extensa. Eran mantenidas juntas por delegados que se reunían cada tres meses. De esta manera la armonía del espíritu, el propósito y el movimiento eran preservados. Se mantenían firmes como una cuadrilla de soldados veteranos, confrontando al enemigo en cada lado. Aún tomaban pasos agresivos, entregando en la manera más pública su testimonio contra la tiranía del rey y la apostasía de la Iglesia. Las minutas de estas Reuniones Generales han sido preservadas; ellas proporcionan una interesante lectura.

Después de la muerte de Cargill, estas personas no tenían a ningún ministro. Unos pocos ministros, como Alexander Peden, aun se mantenían limpios, pero ellos no se unían a estos Covenanters intrépidos en su guerra contra el rey. Ellos consideraban a las personas de las Sociedades como extremistas y fanáticas. Las Sociedades sufrieron más gravemente por los reproches y calumnias por otros hermanos que por la persecución misma, aunque ésta se volvía más violenta cada día. Pero éstos fueron hombres que tomaban más en cuenta a Dios y a su conciencia; no las consecuencias ni los hombre. La fidelidad a Cristo era su primera y única opción.

Estos Covenanters inconmovibles ahora estaban pasando por la prueba más severa de su fe. Ellos eran cazados, arrestados, atormentados, abaleados, colgados, destruidos en la manera más infernal. No se les mostró misericordia ni justicia. Pero la pena más agonizante fue el reproche que les fue lanzado por Covenanters apostatas. Por estos ellos eran difamados como hombres peligrosos, desleales a su país y una vergüenza a la religión. Todos los ministros, por el temor o con desprecio, los habían desamparado. Esto fue más duro soportar que el fuego, la horca, y la espada combinados. Ellos publicaron un llamado conmovedor a los pastores para que regresasen y apacentasen este rebaño de Dios. El llamado fue como el gemido de niños perdidos que lloran por el cuidado y la compasión de un padre. El llamado contenía estas palabras prometedoras:


Oiremos a todo ministro, ya sea en casas o por los campos, que prediquen conforme a la Palabra de Dios, a nuestros Pactos, a la Confesión de fe, y a los Catecismos, Mayor y Menor, que abracen este, nuestro llamado.


El llamado fue presentado a cuantos podrían ser hallados, pero fue rechazada por todos. Estos que rechazaron su llamado eran ministros que, veinte años atrás, habían sido expulsados de sus iglesias, porque ellos no estuvieron dispuestos abandonar su Pacto y someterse al rey. Y éstos fueron las personas que los habían seguido al desierto, que se reunían alrededor de ellos en grandes conventículos, que disfrutaban los maravillosos tiempos de comunión bajo su ministerio, y que arriesgaban sus vidas en su defensa. Ahora el rebaño había sido abandonado; los pastores habían huido.

Estas personas, sin embargo, no podían ser ignoradas. Ellas eran numerosas; unos pocos años más tarde, debido a una emergencia, reunieron un regimiento para su defensa del país sin los golpes de tambor, y anunciaron que otro regimiento o dos les seguirían después si los necesitasen. Ellos fueron valientes; dieron un testimonio muy agresivo en Lanark contra el rey y las apostasías de los tiempos. Ellos fueron inteligentes; defendieron hábilmente sus principios y su posición tanto en discurso como por escrito. Ellos fueron dedicados; hicieron su apelación siempre a Dios, al Pacto, a la conciencia y al juicio esclarecido de la cristiandad.

El Junta General determinó en 1682 educar a cuatro jóvenes para el ministerio, entre los cuales estaba James Renwick. Estos fueron enviados al colegio. Renwick fue ordenado en 1684.

Cada sociedad procuró tener una reunión cada día de reposo para el culto Divino. Esto sirvió mucho en proveer el alimento espiritual que los ministros habían fracasado dar. La «Sociedad» es un recuerdo dulce, que aun perdura en los corazones de algunos de nuestros ancianos. Hay Covenanters que aun pueden recordar las antiguas reuniones de oración, conocida en ese entonces como la «Sociedad» que descendió desde los tiempos de persecución. Ellos pueden recordar, cómo una media docena de familias, a veces más, a veces menos, que llegaban juntos calladamente por la mañana en el día de reposo a uno de sus hogares. La atmósfera, por dentro y por fuera, estaba saturada con una solemnidad sacrosanta. Un deleite silencioso, dominado con seriedad, brillaba en cada rostro. El cuarto más grande de la casa estaba lleno con hombres, con mujeres y con niños; las sillas eran complementadas con tablas, cubiertas con colchas, para asientos. A las 11 de la mañana la adoración de Dios comenzaba.

El orden del culto era el siguiente:


Un Salmo anunciado, una bendición invocada, el canto del Salmo, la lectura de un capítulo y la oración por el líder.
El versículo bíblico anunciado, la declaración de la doctrina y las observaciones.
Un segundo Salmo, el capítulo, y la oración.
La lectura en la Confesión de Fe o en un sermón.
Un tercer Salmo, el capítulo, y la oración.
Los niños recitando Salmos y Preguntas.
El Catecismo Menor recitado por toda la casa.
Un cuarto Salmo, seguido por una oración corta.
La despedida a las 3 de la tarde.

Estas sociedades fueron las raíces profundas de la Iglesia Pactante. Por medio de ellos, ella llegó a ser completamente adoctrinada en la Palabra de Dios y en Su santo Pacto. En estas reuniones los ancianos llegaron a ser como ministros en el conocimiento de Cristo, y el pueblo como los ancianos. El débil en Israel se fortalecía como la casa de David, y la casa de David como el ángel del Señor. Había gigantes en aquellos días.

La Iglesia Pactante debe revivir el espíritu y los ejercicios de la sociedad si desea recuperar su vitalidad; ella debe reanudar estos ejercicios espirituales si desea sentir de nuevo el resplandor de un vigor sano. Estas raíces han sufrido decaimiento; invariablemente los árboles son desarraigados con facilidad. Cuándo la adoración de Dios en el compañerismo cristiano caracteriza la Iglesia, el pueblo tomará fuerzas y podrá sostenerse entre los derrumbes espirituales y la apostasía general que caracteriza los tiempos en que vivimos.


Traducido por Joel Chairez